Cleopatra y Marco Antonio: leyenda y realidad

 

 

en Diario ABC de España

Cleopatra y Marco Antonio murieron con una semana de diferencia. Él tenía 53 años. Ella, 39. Corría el año 30 a. C. Los dos se decantaron por el suicidio cuando todas sus opciones de mantener el poder en la tumultuosa Antigüedad se esfumaban. No tenían otra opción. Era la ley del más fuerte. El romano, derrotado por los ejércitos de Octavio en una de las tantas guerras por el poder de Roma, eligió clavarse en el estómago su propia espada. De esta manera no perdía un ápice de su honor. La teoría más extendida es que se quitó la vida porque había recibido un mensaje anunciándole la muerte de su amada Cleopatra.

La reina de Egipto se tomó más tiempo para matarse. Siete días. Necesitaba estudiar la situación en el país del Nilo, entrever los movimientos de sus enemigos y salvar la vida a sus cuatro hijos (uno con Julio César y otros tres con Marco Antonio). Para Cleopatra, este juego de piezas no era ninguna novedad. Tenía sobrada experiencia en matar, sobrevivir y volver a matar. Llevaba veinte años en el trono (subió apenas cumplida la mayoría de edad), una eternidad en aquellos tiempos, soportando intrigas palaciegas.

“Era un auténtico animal político”, reflexiona el escritor inglés Adrian Goldsworthy. “Consiguió expandir su reino, que durante unos años fue casi tan extenso como en tiempos de sus más gloriosos antepasados”, comenta el historiador.

Sin embargo, este alarde de poder estaba condicionado. “Cleopatra no fue tan importante. Su mundo estaba sometido. Egipto era rico y estaba muy poblado, pero era un cliente de Roma y nunca llegó a ser independiente. Solo llegó al poder porque las legiones restauraron el poder a su padre. Si tuvo más importancia más allá de las fronteras de Egipto fue solo por sus amantes romanos”, apunta Goldsworthy. Esa relevancia se tradujo en numerosas historias y leyendas de todo tipo sobre Cleopatra y Marco Antonio.

Uno de los tópicos es el de imaginarnos a la monarca egipcia con el bello rostro y el flequillo de Elizabeth Taylor. Lo único que se sabe de su aspecto físico es que tenía una nariz afilada, gracias a algunas monedas que se han encontrado en las excavaciones arquitectónicas y a las pinturas murales que realizaron a sus antepasados.

Son las únicas herramientas de trabajo para los historiadores, ya que la época de Cleopatra es un extraño solar literario. “Todas las fuentes fueron escritas por romanos o griegos que vivieron bajo el Imperio romano como poco un siglo después”, señala Goldsworthy, autor de ‘Antonio y Cleopatra’ (La Esfera de los Libros). Tampoco hay que imaginarse a la reina vestida con una falda larga sujetada con dos tirantes, como sus súbditas. Ella era griega, como toda la dinastía de los ptolomeos, y su vestimenta era la típica de Atenas, Esparta o Macedonia: túnica, pelo hacia atrás y diadema. Su lengua materna era la misma que Aristóteles o Platón. Ni sus padres ni sus hermanos quisieron aprender la lengua vernácula de los habitantes del Nilo. Cleopatra, en cambio, sí la aprendió. Fue el único rasgo original en su política, ya que mantuvo la misma línea que sus antecesores: construir templos para contentar al pueblo y no tocar las narices a Roma.

Propaganda

Marco Antonio fue una de las primeras víctimas de la propaganda. Sus coetáneos lo pintaron como un soldado fanfarrón, poco ducho para cuestiones militares y abducido por Cleopatra en la toma de decisiones. “Lo confrontan con Octavio, el político de sangre fría, cobarde e intrigante. Es verdad que Marco Antonio no poseía ni rastro de la sutileza de César”, apunta Goldsworthy. Sin embargo, el general romano, a pesar de sus limitaciones, supo moverse muy bien en ese tiempo tan convulso lleno de guerras civiles. Hasta que su suerte se terminó. “Ninguno de ellos actúo sin al menos cierto grado de cálculo político”, apunta el autor inglés. Empero reconoce que además de política, guerra y ambición, hubo amor. Una historia que marcó sus vidas y que todavía perdura dos mil años después.

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