Un diplomático y un periodista en la campaña presidencial de Perón

BRADEN Y PERÓN. EL EMBAJADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS Y EL POLÍTICO ARGENTINO (IZQUIERDA); JOHN MOORS CABOT, EN SU PASO POR BUENOS AIRES, EN 1945 (DERECHA).

El autor de “Braden o Perón. La historia oculta”, de próxima aparición, devela el rol de John Moors Cabot, diplomático estadounidense, y del corresponsal de The New York Times, Arnaldo Cortesi, en la campaña electoral de 1945/46.

POR FABIAN BOSOER en Revista Ñ

Fue el segundo hombre de la Embajada en aquellos turbulentos meses del 45, junto a Spruille Braden en Buenos Aires. Estuvo en la primera línea de fuego durante las jornadas del 17 de octubre. Fue el primero en informar sobre las movilizaciones obreras y advertir que se estaba gestando “una revolución social”. Partícipe involuntario de la campaña electoral que llevó a Perón a la presidencia, se vio envuelto en la guerra psicológica entre el Departamento de Estado y la Secretaría de Información Pública de la Presidencia, aquella que tuvo como episodios culminantes la publicación del Libro Azul, inspirado por Braden, y su respuesta, el Libro Azul y Blanco, firmado por el coronel y candidato presidencial del laborismo.

John Moors Cabot, de él se trata, descolló en la historia de la diplomacia norteamericana del siglo XX. Como uno de sus más experimentados representantes, estuvo en todos los destinos imaginables; de México a Shangai, de Estocolmo a Varsovia. Representará a su país en las conferencias que dieron origen a las Naciones Unidas. Como cónsul, estará en China en pleno desenlace de la lucha entre las tropas de Chiang Kai Shek y el Ejército Rojo de Mao. Pero su paso por Buenos Aires, en 1945, le dejaría sus marcas más fuertes. Brindará su testimonio en memorias celosamente cuidadas en una biblioteca que lleva su nombre en la Tufts University de Boston, su ciudad natal. Los más importantes trabajos historiográficos sobre la época –en la Argentina, los libros de Félix Luna, Mario Rapoport, Joseph Page, Carlos Escudé, Norberto Galasso y Hugo Gambini, entre otros– registran su participación secundaria en los acontecimientos que signaron las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos en aquel momento.

Quedaron en el tintero, sin embargo, algunos detalles y datos significativos sobre los que echan luz otros documentos e investigaciones de archivos más recientes. Entre ellos, el papel que tuvo Cabot en sus relaciones con la prensa extranjera y los más altos jerarcas del gobierno argentino, y en particular, con el corresponsal del New York Times en Buenos Aires, Arnaldo Cortesi. Periodista italiano, Cortesi había sido el corresponsal del diario estadounidense en Roma durante gran parte del período fascista y luego, en México, desde donde cubrió el asesinato de León Trotsky. De tal modo que quien le contó a los lectores norteamericanos lo que pasó el 17 de octubre en la Plaza de Mayo fue el mismo cronista que había relatado veintitrés años antes la marcha sobre Roma de los camisas negras liderados por Mussolini. Las asociaciones entre ambos acontecimientos estaban inscriptas en su propia vivencia directa, sus percepciones y prejuicios.

Cortesi y Cabot, el periodista y el diplomático, coinciden en Buenos Aires entre abril del 45 y febrero del 46. Tras la partida de Braden, en agosto, Cabot quedará al frente de la delegación y mantendrá reuniones con funcionarios, opositores, periodistas y corresponsales extranjeros. Sus notas enviadas desde Buenos Aires a Washington permiten distinguir cómo se percibían en un centro de la política mundial acontecimientos ocurridos en un país periférico pero estratégicamente significativo. Permiten, también, colocar el foco de análisis en un momento en elque estaban cambiando en dicho centro de poder mundial los propios prismas de observación a partir de los cuales se definen amistades y enemistades, países aliados y adversarios, temas y hechos relevantes o irrelevantes. Los fenómenos que estaban sucediendo en la Argentina pusieron a prueba sus prejuicios y estereotipos.

Los informes que transmite Cabot son detallados y contienen datos de primera mano, pero irán cambiando su óptica a medida que se fue haciendo más evidente que algo nuevo estaba sucediendo en este país. “Parece ser que Perón y su camarilla han decidido volver a la política de represión más generalizada”, escribe el 27 de septiembre. Horas después de los inesperados sucesos del 17 de octubre, con la Plaza de Mayo colmada de manifestantes aclamando al coronel, señala: “Es impresión generalizada que, a menos que la oposición reaccione rápidamente, el apoyo popular a Perón crecerá como una bola de nieve, permitiéndole competir electoralmente como candidato del pueblo con mejores posibilidades de las que se le asignaban hasta ahora. Un observador sugiere que esto representa la muerte de los partidos Radical y Socialista y el nacimiento del Partido Laborista, organizado por Perón”.

Un mes más tarde, en telegrama redactado el 17 de noviembre, el diplomático se permitía dudar de la veracidad y eficacia de los argumentos sobre el carácter nazifascista del movimiento liderado por Perón: “Me parece que nuestra actitud actual hacia el régimen argentino está basada en gran parte en una serie de factores que no nos han llevado a conclusiones enteramente lógicas”. Reconoce que “históricamente la Argentina fue el chico malo entre las repúblicas americanas durante muchos años” y que este país “necesita ahora urgentes reformas sociales”. Señala que “la gente que más vocifera en la oposición no se destacó justamente por sus inclinaciones democráticas” y comenta que “hay otro factor y es que los argentinos se están dando cuenta cada vez más firmemente de que éste es un problema argentino que deben resolver ellos mismos”. Durante las primeras semanas del verano del 46, ya en plena campaña rumbo a las elecciones de febrero, Cabot advierte que “en este país ha comenzado una revolución. Hasta dónde llegará, sólo la historia podrá decirlo…” Y añade un comentario inquietante: “Afirmar que la reforma social debe ser lograda a través del proceso democrático es ignorar el hecho de que en la Argentina los procesos democráticos del pasado han fracasado lamentablemente (…) La tragedia de la Argentina es que no cuenta con un gran dirigente democrático a quien pueda volcarse creyendo en sus objetivos sociales y en su capacidad y determinación para hacerlos efectivos”.

Cabot será el encargado de dar a conocer los contenidos del comentado Libro Azul del Departamento de Estado, que contenía genéricas acusaciones contra el gobierno argentino por sus complicidades con la Alemania nazi y denuncias más concretas sobre cómo se había operado con la manipulación del papel prensa para financiar diarios oficialistas favorables a la neutralidad durante la guerra. Intentaban detener la carrera ascendente de Perón, quien con astucia recogerá el guante y estampará el eslogan que le faltaba a su campaña presidencial: “Se está conmigo o se está con Braden”. Tras conocerse los resultados electorales del 24 de febrero Cabot se agarrará la cabeza por el papel que le tocó cumplir y dirá que todo el asunto del Libro Azul fue un lamentable error.

Confesará que “fue en ese momento cuando comencé a revisar mis propias ideas. Envié una serie de duros mensajes diciendo que Perón había sido elegido en elecciones limpias y, nos gustara o no, debíamos tratar con él y hacer las mejores paces que pudiéramos”. Siete años más tarde podría decírselo personalmente. Ya como secretario adjunto para Asuntos Latinoamericanos, Cabot regresará fugazmente en 1953, integrando la misión encabezada por Milton Eisenhower, hermano del entonces presidente, y se encontró con otro Perón, un presidente que transitaba su segundo mandato deseoso de mejorar las relaciones con Washington. Pero claro, para entonces, el problema de los Estados Unidos no eran ni los nazis, ni los fascistas, ni los militares ni los caudillos populistas sino la Unión Soviética y “la amenaza comunista”, en nombre de la cual otras distorsiones orientarían las miradas sobre América latina y las intervenciones norteamericanas en la política hemisférica.

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