Un museo de viejas destrezas

Sobre “Obsolete skills” y los saberes inútiles. Navegar por un museo de destrezas que el progreso volvió ineptas.

POR RAQUEL GARZON en Revista Ñ 

Hace algunos días encontré, estacionada en un placar y protegida de la curiosidad de los chicos, mi última máquina de escribir. No es tan vieja, aunque para ellos pueda competir con el tiranosaurio por entregas que están armando. Eléctrica y con la posibilidad de almacenar información en un diskette de 3½, aquel procesador de textos –tal su santo y seña– permitía ver lo escrito en una pantallita ínfima antes de imprimir, superando la mecánica sin dilación de las máquinas tradicionales. La compré a principios de los 90 y aunque poco después la computadora superó sus beneficios, siempre será única para mí porque en su teclado hallé las líneas de mi primer cuento.

Investigando sobre cosas que el devenir vuelve vanas di con Obsolete Skills, un blog donde el estadounidense Robert Scoble se solaza coleccionando habilidades muertas. En el listado conviven algunas remotas como navegar guiado por las estrellas con otras caídas en desuso antes de ayer –escribir cartas– y muchas cuya desaparición cambió el paisaje cotidiano: usar teléfono a disco (acto caído en desgracia cuando se generalizaron los botones en 1980), revelar fotografías, emplear papel carbónico para hacer copias o colocar la púa del tocadiscos justo al comienzo del surco. Al cliquear sobre el título se obtiene una descripción de la conducta y datos sobre qué vino después. Algunas entradas (como la de afeitarse con navaja) se acompañan con estimulantes imágenes retro e invitan al visitante a participar del juego, delineando la artesanía o el saber malogrados. Navegar por ese museo de destrezas que el progreso volvió ineptas me recordó un libro de Mario Levrero, El discurso vacío (Interzona), donde el protagonista se ejercita en el arte de la caligrafía para recuperar su letra, la escritura y con ellas, cierta fibra esencial, indispensable de sí mismo (“hay una cantidad de cosas inútiles que son imprescindibles para el alma”). Lo digital eliminó el ruido e inauguró la distorsión, oí una vez. Es un sustantivo perfecto, pienso ahora, para dar idea de lo perdido.

 

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