Dos siglos de historia en Montserrat

Cerca de la Plaza de Mayo, las residencias del virrey Liniers y del editor Estrada acercan a la antigua vida porteña

Por Silvina Premat  | LA NACION

Después de medio siglo de estar cerrada, la casa que fue del virrey Santiago de Liniers, donde los ingleses firmaron la rendición luego de la reconquista de la ciudad, en 1806, atrae cada vez más turistas y vecinos deseosos de conocer la historia del país. Desde diciembre, cuando se abrió al público, se registran unos 2500 visitantes por mes.

A pocas cuadras de Plaza de Mayo, la Casa del Virrey, una construcción de estilo colonial típico del siglo XVIII, está unida por medio de un patio con otra edificación de valor histórico para la ciudad y el país, dado que allí funcionaron los primeros talleres de diarios argentinos y perteneció a Angel Estrada, un mentor de la educación y pionero de la industria gráfica nacional y de los textos escolares.

El gobierno porteño adquirió en 2009 ambos inmuebles ubicados en Venezuela 469, la Casa del Virrey, y en Bolívar 466, la de Estrada, y trasladó allí la Dirección General de Patrimonio Cultural e Instituto histórico, cuya titular trata de unificar las dos viviendas bajo el denominación: Casa del Historiador y Espacio Virrey Liniers.

“La gente no sabe que ambas casas están conectadas”, contó a LA NACION la directora de Patrimonio, Liliana Barela. “Entran en la casa de Liniers como si lo hicieran a un templo, pero este templo fue tirado abajo y quedaron sólo pocos muros y algunas cosas de gran valor simbólico”, admite la funcionaria.

“Para que los visitantes no vengan a buscar algo que no existe”, la funcionaria advirtió que “no está la cocina, la cama, la mesa, las pantuflas del Virrey, como generalmente se espera encontrar en una casa histórica”, sino que hay dos salas donde se hacen exposiciones temporarias, un salón y un patio.

Ingresar en la casona que perteneció a la familia Estrada, recorrer sus pasillos y ambientes es viajar al pasado. Allí Angel de Estrada vivió con su familia. En 1869 fundó una empresa comercial que fue el origen de la editorial que lleva su nombre y, en 1871, inauguró la primera fundición nacional de tipos de imprenta.

La editorial y la imprenta funcionaron en la casona de la calle Bolívar donde los inmensos vitraux con motivos florales, los pisos, las puertas y ventanas de madera y los techos altos transportan al visitante al siglo XIX, cuando esa casa de familia era visitada por otros ilustres ciudadanos, como Domingo Faustino Sarmiento, Emilio Mitre, Amancio Alcorta y Miguel Cané.

En el lugar en el que ahora está la biblioteca de la Dirección de Patrimonio se conserva una pequeña imprenta instalada con la intención de mostrar, sobre todo a los niños, cómo se imprimían los libros de antaño.

Después de pasar por las oficinas vidriadas de arqueólogos y paleontólogos y verlos trabajar con piezas rescatadas de algún rincón porteño, los visitantes acceden a un típico patio colonial de la Casa del Virrey.

Allí, los baldosones, los gruesos muros y los techos de tejas españolas trasladan al visitante al siglo XVIII. Antes de Santiago de Liniers vivía en esa casa la familia de Martín Simón de Sarratea, un comerciante dedicado a la venta de sedas. Su “local a la calle” estaba en lo que hoy es la sala más pequeña, sobre la calle Venezuela.

El patio conduce a un salón donde se da un curso sobre la historia del barrio Montserrat. “Queremos recuperar la identidad de este barrio que fue un poco fagocitado por San Telmo”, explicó Barela, al recordar que la Casa del Historiador está a 200 metros del límite con San Telmo.

Un retrato de Martina Sarratea, segunda esposa de Santiago de Liniers, preside el salón donde el 13 de agosto de 1806, un día después de la reconquista de la ciudad, el general británico Guillermo Beresford firmó allí la capitulación de su tropa. Por ese motivo, en 1942, la vivienda fue declarada monumento histórico. Y, desde pocos años después, permaneció cerrada al público en general.

Ambas casas se pueden visitar gratis, de 12 a 18, de martes a domingos, y se organizan recorridas con grupos escolares que pueden revivir costumbres de la vida porteña en los siglos XVIII y XIX.

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