Un iluminista en la copa de los árboles

El barón rampante es una de las novelas más conocidas del gran escritor Italo Calvino, publicada originariamente en 1965. Su argumento ha sido sintetizado por el autor de la siguiente manera: “Un chico se encarama a un árbol, trepa por sus ramas, decide no bajar nunca más.” Pero la loca decisión, lejos de resultar en una existencia rutinaria y sin sentido para Cosimo, el protagonista,  lo llevará a vivir maravillosas experiencias y a conocer muchas personas desde su reino vegetal.

En la nota preliminar, Calvino explica que: “El hecho de que se desarrolle e el siglo XVIII brinca de entrada al libro tan sólo un escenario propiado, luego el autor acaba zambulléndose en el mundo que ha evocado, para proyectarse en el siglo XVIII. Entonces el libro tiende por momentos a parecerse a un libro escrito en el siglo XVIII (a ese especial género de libro que fue el «cuento filosófico», como el Cándido, de Voltaire, o Jacques el fatalista, de Diderot), y por momentos a convertirse en un libro sobre el siglo XVIII, una novela histórica alrededor de cuyo protagonista gira la cultura de la época, la revolución francesa, Napoleón…” Aunque Calvino no tarda en aclarar que su novela no es un cuento filosófico ni una novela histórica, al leerlas nos es dado representarnos bastante vivamente las ideas iluministas de su curioso personaje:

“Convaleciente, inmóvil en el nogal, volvía a sumirse en sus estudios más serios. Comenzó por esa época a escribir un Proyecto de Constitución de un Estado ideal fundado en los árboles, donde describía la imaginaria República de Arbórea, habitada por hombres justos. Lo inició como un tratado sobre las leyes y los gobiernos, pero al escribir se vio arrastrado por su inclinación de inventor de historias complicadas y salió un florilegio de aventuras, duelos e históricas eróticas, insertas, estas últimas, en un capítulo sobre el derecho matrimonial. El epílogo del libro habría debido ser éste: el autor, tras fundar el Estado perfecto en lo alto de los árboles y convencer a toda la humanidad de establecerse en ellos y vivir feliz, bajaba a habitar en la tierra, que se había quedado desierta. Habría debido ser, pero la obra quedó inacabada. Le mandó un resumen a Diderot, firmado sencillamente por Cosimo Rondò, lector de la Enciclopedia. Diderot le dio las gracias con un billete.” (El barón rampante, Madrid, Siruela, 1998, pp. 175-176.)

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