Uriburu: el origen de la tragedia argentina

El golpe de 1930 inició una serie de rupturas democráticas que, durante más de medio siglo, dio protagonismo a los militares. Nacían las antinomias en torno del poder.

POR FABIAN BOSOER en Revista Ñ

El año 30, se sabe, fue la primera gran ruptura histórica e historiográfica de la Argentina del siglo XX. Crisis del orden político de la república liberal conservadora, plasmado en la Constitución de 1853. Crisis del modelo agroexportador que le daría al país un lugar en el mundo a partir del proyecto de la Generación del 80. Interrupción de la primera experiencia democrática, que había echado a andar con la Ley Sáenz Peña y las presidencias radicales. Y crisis, también, en las narrativas dominantes sobre la construcción de la Nación.

El primer golpe y la implantación de una dictadura militar, resume esta confluencia de derrumbes y emergencias que fraguaron los derroteros y extravíos de décadas siguientes. Allí nace la secuencia de inestabilidad político institucional, el papel tutelar de las Fuerzas Armadas y la confusión entre liberalismo, nacionalismo y autoritarismo que marcará el pulso del país hasta 1983.

Cada movimiento militar triunfante se autodenominará a partir de entonces “revolución” camuflando sus contenidos restauradores, y con la anuencia de sus socios civiles –económicos, políticos e intelectuales– pisoteará la vigencia del orden constitucional pretendiendo que así estaba custodiando dicho orden y beneficiará intereses económicos oligárquicos esgrimiendo la defensa del interés nacional.

También encuentra allí el revisionismo histórico una plataforma de incubación, aliento e inspiración formada por el general Uriburu, Leopoldo Lugones y Federico Pinedo: la espada, la pluma y el oro. Allí se cruzan los destinos de los dos grandes líderes políticos del siglo XX: el viejo presidente Hipólito Yrigoyen, destituido sin oponer resistencia, y el joven capitán Juan Perón, acompañando el auto que llevaba al golpista Uriburu a la Casa Rosada. Perón fue sorprendido por el desorden de los preparativos militares para esa “revolución”, lo cual da la razón a Yrigoyen, quien calificaba como “palanganas” a los organizadores del movimiento para derrocarlo. “Palanganas”, vasija de gran boca y poco contenido, aludía en este caso a los hombres alborotados, de escaso juicio y talante envalentonado que se alzaban con la política a golpe de arrebatos, comentarios periodísticos exaltados, conspiraciones y discursos inflamados.

Desde entonces, pese a la aparente nitidez de las antinomias que definieron los campos de enfrentamiento entre visiones de país contrapuestas, sus líneas y agrupamiento estuvieron entremezcladas y superpuestas. Confluyeron conservadores y radicales, socialistas y anticomunistas, liberales y nacionalistas, en coincidencias tácticas, divergencias profundas y disputas enconadas, según las razones coyunturales de cada momento en las disputas por el poder. Luego, el antagonismo peronismo-antiperonismo marcó una nueva divisoria de aguas que no subsanó, sin embargo, la ruptura entre república y democracia en la vida institucional y política. Con el derrocamiento de Yrigoyen se iniciaba una experiencia traumática, en la que el gobierno ya no representaría al pueblo de la Nación sino a sí mismo y a las fuerzas que lo habían consagrado. Se ingresaba en la ley de la selva de la que la Argentina no habría de salir sino medio siglo después, a raíz de una guerra perdida y del desprestigio militar.

Dos libros tratan sobre ese ciclo que abre el año 30 y se cierra con la recuperación de la democracia en 1983 y el final del golpismo como herramienta de acceso al poder, que puede fijarse con el aplastamiento del último levantamiento “carapintada” en 1991. En La revolución de los palanganas. 1930: el primer traspié de la Argentina democrática (Capital Intelectual), Alvaro Carlos Otero revisa lo escrito sobre el tema y reconstruye los sucesos que desembocaron en aquel fatídico 6 de setiembre y el clima social y político nacional e internacional en el que ocurrieron esos hechos. Cuenta para ello con un recurso apreciable: las memorias del general José María Sarobe, figura clave en el armado de la conspiración y hombre de confianza de Agustín P. Justo, que dejó documentado con lujo de detalles cómo se gestó aquel primer golpe.

Tres son los principales aportes del libro de Otero al debate histórico. El primero es reportar que el apoyo civil –políticos, empresarios, periodistas que pidieron a coro la defenestración del Presidente– no contradice la idea de que se trató en esencia de un movimiento militar, protagonizado por los jefes de las Fuerzas Armadas. El segundo es recordar que Yrigoyen tenía recursos para defenderse, no estaba tan solo ni tan debilitado y que decidió no ofrecer resistencia pese a la opinión en contrario de su ministro de Guerra, el general Dellepiane. El tercero es brindar una lectura alternativa sobre los orígenes del revisionismo histórico, que podrá ser explicado tanto como una reacción al dominio de la historia oficial liberal cuanto como una consecuencia de su primera gran derrota. Gestado como una corriente intelectual de resistencia y crítica, el revisionismo terminó oficiando también como una ideología al servicio de la imposición del poder autoritario.

En una mirada retrospectiva, otro alto jefe militar con actuación política reciente, en democracia, marca el principal corte con aquel ciclo autoritario y lo testimonia en su libro Mi historia argentina. Violencia, impunidad y justicia (Norma). Su autor, Martín Balza, resume en su trayectoria el camino que los militares tuvieron que recorrer para reencontrarse con la civilidad política en el lugar del que ésta última no debió haber salido.

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