La Academia cuenta los 70

Separar el análisis de la pasión impone a los historiadores medio siglo de distancia para abordar una época. Parece haber llegado la hora de los turbulentos 70. Aquí, opiniones de investigadores, títulos y una entrevista con Jorge Jinkis sobre la memoria histórica.

POR HECTOR PAVON en Revista Ñ

Fascinación. Pocos sucumben al encanto de una década que permanece, o se recrea, dorada en los recuerdos. Los 70: época incierta pero revivida, al menos su primer lustro, como la de los sueños políticos casi logrados. O la de la primavera de los 49 días, que duró el camporismo o el tiempo de la espera existencial del retorno del líder exiliado. Pero los 70: también tuvieron un segundo lustro: el del terror. Impensado, al menos, en su magnitud y que también se empieza a analizar y a revisar.

Esa época, ya en términos de indagación, vuelve hecha ensayo, libro, investigación, paper, monografía y tesis. Las organizaciones armadas, el clima de la época, la vida cotidiana, la violencia, las publicaciones, el exilio, y, por supuesto, el peronismo, devinieron objetos de estudio.

En los últimos años se ha publicado un número importante de libros que hablan de ese gran momento. Pero esta vez tienen una marca fundamental: son trabajos que provienen del circuito académico, de historiadores, muchos  de ellos doctorados. Algunos de ellos han tenido, incluso, ventas importantes o gran difusión para lo que se espera de un ensayo de estas características. Entre esos casos se cuenta la excelente investigación de la historiadora Vera Carnovale con su libro Los combatientes, historia del PRT-ERP; o también el de Alicia Servetto con 73/76. El gobierno peronista contra las “provincias montoneras”. Otros autores como Emilio Crenzel han publicado trabajos como Memorias enfrentadas: el voto a Bussi en Tucumán o La historia política del Nunca Más. También el ensayista Hugo Vezzetti colaboró en esta empresa con sus libros: Sobre la violencia revolucionaria y Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina.

En los tiempos de la investigación formal siempre se supuso que la toma de distancia, el dejar reposar los documentos, la maduración de los métodos profesionales eran necesarios para abordar un objeto de estudio. Hoy, sin embargo, esa idea parece cuestionable cuando no, dejada de lado. Historiadores formados aquí y en universidades extranjeras plantean como posible el abordaje de todo aquello que sea investigable por el camino de la Historia más allá de los límites temporales.

El reconocido historiador Luis Alberto Romero, que no se siente interpelado cuando se habla de “Academia”, señala que esta idea de la distancia investigativa “ha circulado sólo entre los historiadores. Sociólogos, economistas y antropólogos explican libremente el presente y el futuro y no dudan de sus credenciales científicas. Los etnógrafos inclusive están presentes en el momento mismo en que ocurre lo que estudian. La historia es una disciplina más vieja, y efectivamente esas ideas existían en la época en que se creía en una objetividad posible, similar a las de las ciencias experimentales (que hoy tampoco creen mucho en eso) y que requería separar el análisis de la pasión. De allí la idea de los cincuenta años. A lo largo del siglo XX esa idea se fue desvaneciendo y en general se piensa que nadie que estudie lo humano puede estar a salvo de alguna perspectiva o sesgo, ya sea estudiando el presente o el lejano pasado. En suma, la objetividad está relativizada, y convertida en una ‘aspiración a la objetividad’, respaldada –igual que en el periodismo– en la honestidad, las reglas del oficio –el doble chequeo– y sobre todo el control de los otros historiadores. Con ese recaudo, ya hay mucha gente que está haciendo lo que llaman ‘historia del tiempo presente’ (un recurso de marketing, en realidad)”.

Pero el interés por los 70 siempre estuvo presente entre los historiadores, por lo menos entre quienes manifestaron un interés particular por la pasión y el fuego de esos años. Sorprendentemente uno de los primeros trabajos clave y fundamental de estos tiempos lo escribió el historiador inglés Richard Gillespie. Soldados de Perón, fue su tesis, producto de la investigación que realizó en la Argentina entre 1975 y 1976. Presentó el trabajo final en 1979 en la universidad de Warwick y lo publicó en 1981 de forma temprana pero contundente. Aquí llegó por primera vez en 1986. En el prólogo a la tercera edición de 2008, escribe: “La publicación de una tercera edición de Soldados de Perón –veinte años después de la primera edición en castellano y algo más de un cuarto de siglo después de la edición original en inglés– me brinda el placer de saber que esta obra sigue teniendo relevancia en la Argentina, a pesar del cambio generacional. Me agrada comprobar que un libro que fue una pieza de análisis contemporáneo, escrito durante la última fase de la insurgencia montonera, hoy reaparece más como un libro de historia: pero al mismo tiempo me pregunto: ¿por qué? ¿Es posible que en la Argentina, un país con fama de vivir más en el presente que pensando en el pasado, haya aumentado el interés del público por los libros sobre historia nacional? En el mundo universitario argentino, sí tengo la impresión de que ha habido más interés entre los investigadores en la época de los sesenta y setenta, aprovechando la libertad para incursionar en este terreno a partir de la época militar. Mientras que, para un público más amplio, el interés potencial del libro ahora parece residir más bien en la influencia política que ha tenido el período de la guerrilla con relación a la Argentina de hoy y al pasado reciente”. El interés se mantiene y hoy trasciende a los libros periodísticos que, con éxitos dispares, retrató esa década.

Marina Franco, doctora en Historia (UBA y París 7) está por sacar a la luz su libro Un enemigo para la Nación (FCE) donde analiza la violencia en el lapso que fue desde mayo de 1973 hasta marzo de 1976. Allí examina la relación entre las prácticas estatales de carácter autoritario y represivo y los discursos políticos y periodísticos dominantes de entonces. Se pregunta por las razones por las que la sociedad llegó a un grado tal de violencia que después de varias décadas desembocó en la dictadura militar de 1976. El resultado fue el plan de eliminación del enemigo interno.

Franco, también autora de El exilio, se refiere a cierto público que trasciende a los lectores especializados: “Creo que hay un público fascinado por la historia en general y probablemente más aún por la historia y la política recientes. Me preocupa que una parte de ese público pueda ser seducido por relatos fáciles (¡la historia es demasiado compleja para cualquier relato lineal!) y sobre todo por relatos que distorsionan la verdad histórica de esos años. Me refiero a libros que hoy son best-séllers y autores que, por ejemplo, terminan legitimando lo hecho por las Fuerzas Armadas. No se trata de que haya muchas verdades y todas son válidas según la mirada de cada uno; la verdad fáctica sobre el terrorismo de Estado no es discutible.”

Los textos de origen académico recientes pretenden, de algún modo, revertir la mirada superflua que han tenido algunos de estos best-séllers setentistas. La tarea no es fácil, el lenguaje doctoral siempre estuvo alejado de la decodificación popular. Sigue Franco con críticas y autocríticas: “El problema es qué hacemos los historiadores para ayudar a crear otras lecturas del pasado que no sean estos best-séllers que se proclaman ‘derribadores de mitos’ y en última instancia terminan defendiendo lecturas cercanas a ‘memoria completa’. Creo que mientras no colaboremos con una mirada crítica de algunas cuestiones, mientras no aceptemos que hay ciertas cosas que efectivamente han sido calladas por ‘conveniencia democrática’ y mientras no construyamos una historia accesible a un público no erudito… seguiremos contribuyendo a mantener en el primer lugar de ventas a esos autores y sus ideas.”

Un aporte fundamental en la difusión de la temática desde diferentes posiciones lo viene haciendo desde 2004 la revista Lucha armada en la Argentina (Ejercitar la memoria editores). Poco a poco, y especialmente desde que publica sus anuarios, la revista –dirigida por Sergio Bufano y Cacho Lotersztain– dio más espacio a las voces de cientistas sociales e historiadores, entre otros, además de los militantes que aportaban los retazos de la gran tela histórica. Allí han tenido voz los principales protagonistas y se han reproducido fotografías y documentos de la época, muchos de ellos desconocidos. A ellos se sumaron los aportes analíticos de historiadores, sociólogos, antropológos, etcétera.

A diferencia de la colaboración investigativa militante, los académicos gozan de la ventaja del ejercicio del análisis de laboratorio en el que pueden permitirse, por ejemplo, discutir sobre el uso de la palabra terrorismo. Hoy, la mayoría de los historiadores acepta hablar del terrorismo en sus diferentes versiones: tanto la del  terrorismo de Estado como la que produjeron, en ciertas ocasiones,  las organizaciones armadas, por ejemplo.

También se produjo un aporte clave al debate setentista a fines del año 2004, cuando la revista La Intemperie, de Córdoba, publicó fragmentos de una entrevista realizada a Héctor Jouvé, ex integrante del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), un grupo asentado en Salta en 1964 que contaba con el apoyo del Che Guevara y se encontraba bajo las órdenes de Ricardo Masetti. Allí, Jouvé relataba cómo fueron condenados a muerte y ejecutados los militantes del EGP Adolfo Rotblat y Bernardo Groswald por sus propios compañeros. En consecuencia, el filósofo Oscar del Barco envió una carta a la misma revista cuya publicación inició un debate que se mantuvo por más de un año y medio donde se manifestó en contra de la decisión que terminó con la vida de esos dos militantes. Los escritos aparecieron en revistas como Conjetural, Confines; Lucha Armada; Acontecimientos; El Ojo Mocho y el sitio web El interpretador. Del Barco impugnaba toda política basada en el terror. “No existe ningún ideal que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio que funda toda comunidad es el de ‘no matarás’”, escribió.

Entonces comenzó un largo debate que dio participación a una serie de ex militantes y destacadísimos intelectuales como Horacio Tarcus, Héctor Schmucler, Diego Tatián, Jorge Jinkis, Eduardo Grüner, Tomás Abraham, Nicolás Casullo, Horacio González, León Rozitchner y Sergio Bufano, entre muchos otros. Pablo Belzagui compiló dos libros que reunieron una cantidad importante de artículos que se tituló No matar. Sobre la responsabilidad I II.

Y a su vez, estas temáticas son cruzadas por los estudios sobre la memoria, individual y colectiva. El historiador inglés Daniel James sostiene que en Estados Unidos y también en Europa, hay una moda intelectual que impone que no haya tesis de historia que no contenga la palabra memoria en su título o subtítulo. Una marca de la época. El historiador francés Jacques Revel escribió sobre el aumento de la demanda de construcción de memoria. Entrevistado en Buenos Aires, Revel sostuvo: “Eso corresponde a situaciones como la de la gente que en la Argentina está preocupada por la memoria de los desaparecidos; franceses que tratan de encontrar sus raíces campesinas, comunitarias. Está el caso de memoria política, la sociedad necesita recordar y mirar los cadáveres o los fantasmas que están en los armarios”.

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