Historia de la guerra: Una dinámica siniestra

El devenir del mundo parece movilizarse al ritmo de la metralla. A lo largo de los siglos, los hombres y sus naciones pelearon para delimitar territorios. Nuevos conflictos y armas sofisticadas llevan a destrucciones masivas.

POR JORGE SABORIDO en Revista Ñ

En 1914, imágenes de los informativos cinematográficos de la época mostraban el entusiasmo con el que los soldados franceses se montaban en los trenes para marchar hacia el frente, vitoreados además por sus familiares. Por supuesto, ese fervor desapareció en poco tiempo pero ha sido utilizado como un elemento más en una polémica que parece no tener fin, y que puede resumirse en la respuesta a la pregunta ¿el hombre es belicoso y tiene una tendencia natural a pelear con sus semejantes? A lo largo de la historia y hasta la actualidad las respuestas se han agrupado en dos grandes líneas, cada una de ellas defendida por pensadores ilustres: mientras que, por ejemplo, para Thomas Hobbes (1588-1679) el hombre en su estado natural se encuentra en una situación de enfrentamiento con los otros hombres –“una guerra permanente de todos contra todos”–, haciendo imprescindible la existencia de una autoridad para controlar esos impulsos y conformar una sociedad; para Juan Jacobo Rousseau (1712-1788), “el hombre es un ser naturalmente bueno, amante de la justicia y el orden”, siendo las instituciones políticas y sociales –en particular la propiedad– las grandes corruptoras de su inocencia; autores tan influyentes como Karl Marx (1813-1883) han reforzado esta idea. Emanuel Kant (1724-1804) planteó la cuestión de una manera diferente, puntualizando lo que denominaba la “insociable sociabilidad” del hombre, que lo lleva a necesitar de la vida en común pero a la vez a aborrecer la presencia de los demás, que le sirven de estorbo.

Sin embargo, –está claro que las estructuras económicas, sociales y políticas, así como las concepciones ideológicas, crean las circunstancias, proveen las motivaciones y brindan las justificaciones necesarias para desencadenar una guerra.

Hacia el comienzo del tercer milenio antes de Cristo el desarrollo de la agricultura de regadío en Egipto y el Oriente Cercano cambió las características de la guerra, que hasta entonces se reducía a pequeñas escaramuzas entre los integrantes de tribus nómadas, o a conflictos de carácter ritual en los cuales luchaban unos pocos. Sólo cuando los excedentes alimenticios superaron las necesidades de la población se crearon las condiciones como para que una parte de ésta estuviera en condiciones de dedicarse a combatir. Pero como esta relativa “prosperidad” dio como resultado un importante crecimiento demográfico del grupo humano asentado, la defensa de las tierras en las que estaban instalados y más aún la búsqueda de nuevas extensiones cultivables se convirtieron en motivaciones para la conformación de una fuerza militar –una casta liberada de las necesidades de proveer a su subsistencia–, en condiciones de dedicarse a la guerra “a tiempo completo”. A pesar de la significación de este proceso, el hecho más importante fue tal vez la aparición de concepciones políticas y religiosas que justificaban tanto la existencia de un ejército como la necesidad de acabar con quienes eran presentados como “enemigos”.

Desde ese momento, la guerra acompañó a la evolución de las sociedades, con independencia de su organización socioeconómica, de las formas de ejercicio del poder político y de las concepciones ideológicas dominantes. Las motivaciones para su desencadenamiento han sido objeto de estudios variados, que han dado por resultado una amplia gama que van desde las consideraciones ligadas estrechamente a cuestiones económicas hasta las que afirman que la existencia de dificultades domésticas difíciles de resolver generan tensiones a las que se encuentra salida a través de la guerra.

A lo largo de la historia, la guerra fue con harta frecuencia aceptada y valorada positivamente, y no sólo en términos militares: para los griegos, el hombre sólo podía mostrar su verdadera condición moral en el campo de batalla; quien no combatía o se oponía a la guerra era colocado en un rango inferior. Incluso para el cristianismo, a pesar del mensaje pacifista que emerge de las palabras de su fundador, la guerra no es objeto de cuestionamiento; sólo se preocuparon por establecer los requisitos de una “guerra justa”. El pacifismo, entendido como la “no resistencia”, durante siglos quedó limitado a sectas muy minoritarias.

Génesis

Si nos remitimos a Occidente, los hoplitas de las ciudades-estado griegas –campesinos organizados en grupos compactos tanto para defender su territorio como para conquistar el vecino; las legiones romanas, que asombraron a su época por su capacidad de conquista, y los caballeros medievales embarcados en interminables guerras de asedio, fueron etapas en un proceso evolutivo en el cual las innovaciones fueron numerosas e importantes, desde la ballesta al estribo y desde las gruesas armaduras a los castillos fortificados. Las tácticas de combate, sin embargo, no experimentaron cambios de importancia desde la época del Imperio Romano hasta los últimos siglos de la Edad Media. En ese largo período de más de un milenio, Europa se vio sometida a sucesivas invasiones, y además se produjeron continuos enfrentamientos entre los numerosos estados que conformaban un verdadero mosaico territorial. Justamente la existencia de múltiples zonas en disputa por parte de varios oponentes es considerada una de las razones principales de la búsqueda continua de innovaciones, y la introducción de armas de fuego y de defensas artilladas fueron en los siglos XIV y XV factores fundamentales de la “revolución militar” que marcó la superioridad de Occidente a partir de ese momento.

Táctica y estrategia

Desde luego, los cambios que se fueron introduciendo tuvieron una consecuencia inevitable: las guerras fueron cada vez más costosas, con la participación de un número cada vez mayor de combatientes, hasta el punto que sólo una estructura política centralizada dotada de amplios recursos podía embarcarse en ellas con éxito. Los estados nacionales que se consolidaron en los siglos XV y XVI fueron los encargados de organizar la vida económica de tal manera que estuviera en condiciones de sostener un ejército permanente (el primero fue el ejército español instalado en Flandes, movilizado desde 1567 hasta 1706). En este aspecto, el amplio desarrollo del comercio y las primeras manifestaciones de la industria capitalista moderna hicieron posible el desarrollo de un sistema fiscal centralizado, a lo que habría que agregar los cuantiosos recursos provenientes de la explotación colonial.

Justamente, a la hora de explicar la supremacía militar occidental es preciso siquiera hacer referencia a la importancia que tuvo el control de los mares, producto de la utilización de embarcaciones cada vez mejor preparadas para incorporar con éxito un arma letal, los cañones, que si bien fueron utilizados por primera vez por los chinos tuvieron su aplicación más eficaz en Europa.

Los ejércitos que se enfrentaron en las guerras europeas que se libraron entre los siglos XVI y XVIII estaban compuestos por oficiales de carrera ordenando el accionar de miles de soldados voluntarios que no necesariamente eran de la nacionalidad por la que luchaban; en algunos casos se recurría a la leva forzosa, generalmente en poblaciones campesinas. Los únicos países en los que existía un sistema similar al servicio militar obligatorio que se generalizó en el siglo XIX eran Finlandia y Suecia.

Los métodos de combate, a pesar de las innovaciones producidas en la tecnología militar, permanecieron sin mayores variantes hasta la Revolución Francesa: la mayor parte de las guerras que se libraron se caracterizaron por una estrategia de desgaste, de lenta acumulación de pequeñas victorias y un ejercicio “controlado” de la violencia, de la cual quedaba excluida la población (salvo que residiera en el lugar donde se desencadenaba una batalla).

La “doble revolución” que se produjo a partir de fines del siglo XVIII –la Revolución Francesa en el campo político y la Revolución Industrial en el escenario productivo– tuvo una enorme incidencia en los conflictos armados.

–Los acontecimientos que se desencadenaron en 1789 y que dieron lugar a una serie de guerras que se prolongaron casi sin interrupción hasta 1815 tuvieron como consecuencia la introducción del nacionalismo como argumento para convocar a los ciudadanos a la defensa de la patria, “hasta que todos los enemigos hayan sido expulsados del suelo de la República”. A partir de ese momento, la apelación a la nación en peligro, convenientemente manipulada desde el poder, se convirtió en una justificación para la adopción de medidas destinadas a encuadrar en términos militares a todos los habitantes de la nación, a la vez que se procedía a alimentar el odio hacia el “enemigo”, el (real o supuesto) “ofensor”.

–Las innovaciones tecnológicas de la Revolución Industrial tuvieron repercusión directa e indirecta sobre la actividad militar. Por una parte, la utilización del acero mejoró enormemente la calidad del armamento, y nuevos avances como el fusil de repetición y la ametralladora ampliaron las posibilidades de matar. Pero además, el desarrollo del ferrocarril cambió la manera de hacer la guerra, al extender los teatros de operaciones, facilitar la rápida concentración de tropas para el ataque o la defensa, su aprovisionamiento, la evacuación de heridos y prisioneros y otros aspectos de importancia. A su vez, la invención del telégrafo permitió establecer redes de comunicación que incidieron en la toma de decisiones.

Las nuevas guerras, de las cuales la Guerra de Crimea (1854-1856) que enfrentó al imperio zarista con una coalición anglofrancesa fue la primera manifestación significativa, constituye el arranque de un proceso que se desarrolló paralelamente en la expansión colonial europea que se inició a fines de la década de 1870. Lo que se produce es el comienzo de una progresiva “deshumanización” de la guerra a partir de la idea de exterminio del enemigo, al que no sólo hay que vencer sino que hay que destruir. En el ámbito de las campañas imperialistas, el darwinismo social sirvió como justificación de las masacres que se perpetraron, de las cuales fueron víctimas “razas inferiores”, pero la idea también se plasmó en la guerra generalizada que dio comienzo en 1914. En ella se alcanzó un nivel de violencia extrema sin precedentes, en el que la muerte anónima en masa, los atentados contra los derechos de los civiles, se convirtieron en prácticas habituales. Fue en ese momento en que el general Erich Ludendorff, responsable del esfuerzo bélico alemán durante el conflicto, expuso la noción de “guerra total”, que suponía la completa subordinación de la política a la guerra y la asunción de que la victoria total o la derrota total eran las únicas opciones. La guerra no sólo hizo tambalear las estructuras políticas; influyó de manera decisiva en los comportamientos de las sociedades involucradas durante las tres décadas siguientes.

Sin compartir la tesis de la existencia de una “guerra civil europea” entre 1914 y 1945, hay sin duda una continuidad entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial en cuanto a la idea del exterminio: los horrores de la guerra en el frente oriental y la matanza de judíos muestran la persistencia de esta voluntad de destrucción del enemigo.

La ciencia y el mal

El conflicto que estalló en 1939 introdujo una nueva realidad: el advenimiento de la ciencia como factor dominante en la práctica bélica. El extraordinario desarrollo tecnológico tuvo una estremecedora manifestación con el lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y de allí en adelante el imparable desarrollo de las armas nucleares creó las condiciones como para que se pensara que era posible la destrucción del planeta. La carrera armamentista fue la manifestación de un nuevo tipo de enfrentamiento. Con notable percepción, el teórico prusiano Carl von Clausewitz (1789-1831) definió a la guerra como “un camaleón”, que cambia adaptándose a las condiciones sociopolíticas en que se libra. Al poco tiempo de concretada la derrota de las potencias del Eje, los vencedores se embarcaron en la denominada “guerra fría”, un enfrentamiento ideológico entre las dos grandes potencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética, o también entre el capitalismo y el modelo económico que se autodefinía como “socialista”. En esta guerra particular, caracterizada por la inexistencia de un enfrentamiento directo entre los dos adversarios, se sucedieron una serie de conflictos localizados en los que el mundo vivió sometido a un “equilibrio del terror”, pendientes de la posible puesta en marcha de un mecanismo de destrucción del que nadie se iba a librar.

Simultáneamente, los horrores de 1939-45 dieron lugar a la aparición de una serie de iniciativas destinadas a humanizar la guerra, de las cuales la Convención de Ginebra de 1949 fue la más importante; sin embargo, los horrores vividos en Vietnam y en algunos otros conflictos muestran que las mejores intenciones no son acompañadas por resultados equivalentes. Por otra parte, las ideas pacifistas fueron ganando fuerza, sobre todo a partir del ejemplo de figuras como Mahatma Gandhi.

La Guerra Fría finalizó en 1989-91, y para algunos analistas el triunfo del capitalismo y de la democracia occidental marcaba el comienzo de una era en la que si bien no podía asegurarse la paz, se había dejado atrás el riesgo de una guerra generalizada, ante la inexistencia de un desafío de orden ideológico a la potencia triunfante. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 mostraron hasta qué punto estaban errados los pronósticos. Desde ese momento se materializó el desafío de quienes carecen de desarrollo tecnológico en escala comparable a las de las potencias occidentales pero en cambio, a partir de una convicción religiosa que los lleva incluso a entregar su propia vida, están en condiciones de utilizar los logros del enemigo en su provecho, a la vez que elementos rudimentarios –una navaja puede servir para secuestrar un avión y estrellarlo contra un edificio– pueden hacer temblar los cimientos de una superpotencia.

La agresión perpetua

Una vez finalizado este apresurado recorrido histórico cabe formular una pregunta: a la vista de lo ocurrido en la primera década del nuevo siglo, ¿qué puede aventurarse respecto de las (inevitables) guerras futuras? En principio, habría que afirmar que nos encontramos ante “guerras asimétricas” –con importantes desequilibrios en el desarrollo tecnológico de los contendientes–, lo que implica que la parte más débil utiliza recursos excepcionales –la guerrilla, los atentados terroristas– para agredir a un aparato militar superior. Esto implica hablar de una “desmilitarización” de la guerra, es decir, que no se librarán exclusivamente con soldados y, ya se ha visto, no estarán dirigidas sólo contra objetivos militares.

Por otra parte, se ha empezado a utilizar la expresión “guerra transnacional”, un conflicto en el que los límites entre los estados ya no son determinantes, las autoridades fracasan en su responsabilidad de mantener el orden y con frecuencia se llega a un punto en el que los actos de guerra no se distinguen de la pura criminalidad.

Finalmente, no caben dudas respecto de que el mundo venturoso prometido por los partidarios de la globalización no se ha hecho realidad y todo indica que amplios sectores de la población mundial, afectados por la escasez de agua, la desertización, la persistencia (y en muchos casos el crecimiento) de las desigualdades, pueden pensar en el uso de la fuerza para superar su situación, incluso librando guerras asimétricas contra enemigos superiores. Y es muy difícil que penetren los mensajes pacifistas en sociedades en las cuales la difusión de los medios de comunicación permite apreciar los enormes desequilibrios sociales, y su persistencia.

Un comentario en “Historia de la guerra: Una dinámica siniestra

  1. Que profundidad de pensamiento, en pocas palabras se dice lo que ha sido el Mundo en los siglos XIX y XX

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