Las huellas del hielo en el agua

¿Cómo vivieron la Guerra de Malvinas los escritores ingleses? Alan Bennett, Bruce Chatwin y Angela Carter releídos 30 años después de la toma de Puerto Argentino honran el recuerdo de un bisabuelo del autor nacido en las afueras de Londres, que eligió ser vecino de Almagro.

POR MATÍAS SERRA BRADFORD en Revista Ñ

Mi bisabuelo materno, nacido en Croydon, en las afueras de Londres, había llegado al puerto de Buenos Aires a los 15 años, casi siete décadas antes, para trabajar en los ferrocarriles. Nunca perdió el acento, como si todos los años acabara de cruzar el Atlántico. En abril de 1982 vivía en un tercer piso de la calle Valentín Gómez al 3600, tenía más de 90 años y detestaba, como lo hace la gente a partir de cierta edad –en cantidades parejas–, a Thatcher y a Galtieri. De todos los parroquianos del bar que frecuentaba en Almagro, esos meses el único que le retiró el saludo fue, no tan irónicamente, un comisario retirado. Cuando nos lo contó, quise creer o entender eso como un percance lingüístico. Algo referido a que o no le entendían su castellano o él no entendía el de los otros: hostilidades a menor escala. Como sea, una guerra –cuya semilla no es tan disímil a la de una pelea callejera– se produce cuando una de las dos partes decide que las palabras no alcanzan.

Para mí la Guerra de Malvinas fue, entre otras cosas, un problema de idioma; un problema grave porque me costaba creer que un malentendido –para resumirlo en un término demasiado piadoso para las circunstancias– matara a chicos apenas más grandes que yo en ese momento. Los antagonistas no se entendían, eso es lo primero que, candoroso, creí deducir. Lo que los argentinos decían de los ingleses, pensaba, era por equivocación: debían querer decir otra cosa. No podían tenerle tanto odio a otro pueblo, o no, por lo menos, si conocieran a mi bisabuelo, repasando sus visitas nocturnas al Abasto de Gardel, riéndose a carcajadas con Tom y Jerry, dos criaturas en guerra permanente aunque prefirieran prescindir de cualquier idioma.

Tampoco aportaba gran cosa la historia, encarnada en la figura del profesor que esa fría mañana del 2 de abril gritó “¡Viva la patria!” en el patio del colegio, enfervorizado a costa de la muerte de personas que merecían otra cosa que inmolarse por palabras abstractas como patria, que a esta altura de la historia podría ir dejándole a otra su lugar en el diccionario. Nadie puede ser tan ingenuo de creer en una noción de patria que provenga de la política o del poder. No habría que olvidar que Mirage –el nombre de los aviones franceses utilizados por el Ejército argentino– también significa “espejismo”. En todo caso, como decía Rilke, la única patria, la verdadera, es la infancia. Más saludable es que el nacionalismo se reduzca a personas y paisajes queridos; el resto es literatura, de la mala.

A propósito de literatura, hubo en la época de Malvinas voces menos oídas en estas costas: las de escritores de lengua inglesa (de los buenos) antes, durante y después de la guerra. Con diez años de anticipación, en 1972, Argentina y el fantasma de Eva Perón de V. S. Naipaul advertía: “La nación parece estar jugando un juego consigo misma; y la vida política argentina es como la de una comunidad de hormigas o la de una tribu del bosque africano: llena de acontecimientos, llena de crisis y muertes, pero la vida es sólo cíclica, y el año siempre termina como empieza”. Acaso la cúpula militar quiso aplicar en 1982 lo que Naipaul le atribuyó al peronismo: “Ofrece el odio como esperanza”.

Del otro lado del océano, el sábado 3 de abril la invasión de las Malvinas por tropas argentinas despertó la fiebre patriótica del dramaturgo Harold Pinter, que conocía los años del Proceso gracias a su militancia en favor de los derechos humanos y apoyó la lucha contra “la odiosa Argentina fascista” de ese entonces. El mismo día, el novelista Kingsley Amis le escribía a su amigo el poeta Philip Larkin: “Qué gracioso este fandango de las islas Falklands, con todos los zurdos haciéndose fanáticos de Churchill y de nuestras obligaciones para con nuestros parientes en lugares remotos”.

Uno de los más contrarios a la gesta fue Alan Bennett, autor de Una lectora nada común , que el 4 de junio escribió: “Nosotros (¡nosotros!) les arrojamos volantes a las tropas argentinas rodeadas en Puerto Stanley, urgiéndoles que depongan las armas. Si esos volantes hubieran sido arrojados a nuestras tropas los consideraríamos despreciables y ridículos; nuestros pasquines están vistos como un gran gesto humanitario”. Once días más tarde, Bennett anotó en su diario: “La señora Thatcher anuncia la rendición de Puerto Stanley en tonos bien modulados. A continuación, imágenes del funeral de los comandos caídos en Goose Green, la ceremonia simple y la juventud de los heridos es intolerable. El piloto de uno de los Harrier habla de la efectividad de los misiles Sidewinder. ‘Algo que te hacía abrir los ojos’, es lo que dice. También cerrarlos. No inglés, así me siento ahora. Este lugar es sólo donde me depositaron. Ningún país. Ningún partido. Ninguna iglesia. Ninguna voz”.

Ya en junio de 1983 el autor de En Patagonia , Bruce Chatwin, le mandaba esta carta a un amigo argentino: “Dejando de lado el muy obvio derecho de la Argentina para con las islas, y la obvia amenaza que el nido ‘pirata’ representa para la seguridad argentina, [la guerra] demostró que los británicos siguen siendo la nación militarista que fueron siempre; que estaban ansiosos por ir a la guerra contra alguien, no importa dónde; y que cuando la oportunidad surgiera, allí irían, cegados, sin siquiera considerar lo cierto y lo equivocado. El episodio del Belgrano debe ser uno de los hechos más cobardes del siglo, o una ineptitud necia, pero en ninguno de los casos es perdonable”.

Ese mismo año, Angela Carter observó: “La última primavera vi a británicos, que en la superficie no parecían psicóticos, usando remeras con ‘Bombardeen Buenos Aires’ en el frente… ¿Cómo puede usarse esa ropa atroz en las costas de Albión sin que una población enfurecida se las arranque de las espaldas?”. Y la autora de Héroes y villanos remata ese texto con una conclusión que convendría considerar definitiva: “La mayoría de nosotros cree que el Ejército británico es Algo Bueno y ahora, revolcándonos en la gloria de nuestra famosa victoria en las Falklands, debe ser el peor momento para sugerir que no es algo bueno matar o morir por el país de uno. Al contrario, es algo profundamente obsceno y monstruoso”. Oigo esas voces desempolvadas y vuelvo a oír la de mi bisabuelo inglés, en su local de máquinas de escribir de la calle Sarmiento, y de pronto unas voces se disuelven en otras, como un idioma se resuelve en otro en una buena traducción, como el sentido común diluye la irracionalidad, o el hielo se hace invisible en el agua.

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