Monte Longdon: las horas finales, el fuego enemigo, la rendición

de derecha a izquierda, soldado, Daniel Diarte, Sargento 1º Pascual Blanco, teniente Alejandro Dachary, soldado Alberto LLamas.
Foto: Malvinas por Siempre http://historiasdemalvinas.blogspot.com.ar

POR MARCELO LARRAQUY en Clarín

Crónica de la batalla decisiva. Los ex soldados del Regimiento 7 de La Plata volvieron a las islas a homenajear a los caídos y recordaron su experiencia bélica. El diálogo en prisión con Mario Benjamín Menéndez. 
ISLAS MAL VINAS. ENVIADO ESPECIAL – 01/04/12 – 00:01

Todo ex soldado que llega a las islas Malvinas después de 30 años va a buscar su lugar en el mundo. Su puesto de combate, el lugar donde comenzó todo, donde el mundo se partió.

Un ex soldado que vuelve a su posición en la guerra vuelve a su origen. La va buscando por el monte, con paciencia, tomando como referencia detalles de un paisaje que conoció cuando nunca paraba de llover, las bengalas iluminaban la noche y él tomaba agua de los charcos.

Tiene que ser el pozo exacto. No es el agujero de una bomba, que es un diámetro más redondo. Es el pozo que cavó con su pala. Allí vuelve ahora, empujado por el viento, y se interna en silencio para escuchar otra vez el sonido de la guerra. Y se queda quieto, dispuesto a ver todo otra vez.

Si sobrevivió a su posición, el ex soldado vuelve a ella. O yace hasta ser encontrado. Como sucedió con el soldado hallado por un isleño seis meses después de que el fuego cesara. Estaba montando guardia en el monte Tumbledown, su lugar en la guerra. O como el cuerpo del teniente Miguel Ángel Giménez, encontrado en su avión Pucará cuatro años después de la caída.

“A mí me toca ir abajo del Monte Longdon, en Wireless Ridge -explica Juan Salvucci, del Regimiento 7 de Infantería Mecanizada, a Clarín en Wireless Ridge-. Escucho el primer tiro, estoy a menos de un kilómetro, y veo los fuegos iniciales, bombas, bum bum, se escuchaban los gritos de locura y dolor, los de ellos y los nuestros. Me acuerdo que tenía una tableta de tranquilizantes y me la clavé toda. Me dije “bueno…”.
Ahora arquitecto, Salvucci llegó a las Islas en 1982 habiendo sido detenido-desaparecido. Un caso poco frecuente. “Era militante del PST, me secuestraron durante el gobierno de Isabel, la Triple A. Me despertaron en casa con una Itaka en la cabeza. Se me cortó el habla”. Salvucci estuvo casi dos semanas en condición de detenido ilegal. Después pidió la prórroga en la conscripción, hizo la carrera en la facultad y, ya casado, a los 26 años, le llegó la orden de combatir en Malvinas. 

Treinta años después Salvucci tiene la noche de la guerra en la cabeza, la noche del Longdon. “Tiraba con fusil liviano, pesado, con una 9mm. Llegué a envidiar al herido que se iba, mientras yo seguía. Envidiaba al chico que caía, porque yo seguía… En el momento del repliegue, me cruzaba con fuego propio. Sabía que un sargento venía tirando y me la iba a poner… A nadie le gusta rendirse. Desnutrido, con 25 kilos menos, me hubiese gustado caer en combate”.

Jorge Bratulich, abastecedor de Mortero pesado del Regimiento 7, pasó la noche del 11 de junio dando apoyo de fuego al Monte Longdon. “Teníamos un observador adelantado que nos iba dando la información. A partir del quinto tiro, la placa base del mortero se va hundiendo y ya no se puede seguir disparando. En ese momento, empieza a caer la réplica del fuego enemigo. Un fuego muy intenso. Los ingleses tenían detectores de calor, sabían desde dónde tirábamos. Entonces nos ordenan sacar los morteros, y replegarnos. Cuando estoy cumpliendo esa orden, me explota un proyectil de 81mm. en la zona abdominal. Todo el mundo estaba ocupado en ese momento. Pero mis compañeros me acercaron detrás de una roca y siguieron combatiendo. Yo me arrastro hasta la posición del jefe del Regimiento. Me evaluaron, me bajaron con una camilla, no pensaba si iba a morir, pero estaba asustado por el contexto de la situación”. Bratulich fue operado en la madrugada del 13 en Puerto Argentino por “perforación de colon por esquirla”. Un avión lo llevó a Comodoro Rivadavia ese mismo día.

Marcelo Postogna, que estuvo en Apple Pay, también tuvo cinco disparos de mortero como experiencia de combate. 74 días, 5 disparos. “No teníamos información. Sabíamos que los ingleses habían desembarcado, pero no sabíamos dónde. Nadie nos dio un mapa y mucho menos, una explicación. La guerra, para nosotros, era nuestro lugar. La percepción de alguien que puede ver 200 metros. Pero conociendo el maltrato de los militares, supuse que no nos iba a ir bien. Hacerle el pozo al cabo, llevarle el bolso, eso ya lo conocíamos…”

“Yo tampoco -interviene Salvucci- Vinimos a combatir con chicos de 18 años que recién salían de su casa y no sabían manejar un arma, sin experiencia de vida; con militares que estaban acostumbrados a que la hipótesis de conflicto era su propio pueblo, no fronteras afuera… ¿no habíamos perdido antes de ir?”

La guerra es un espectáculo visual muy fuerte, continúa Postogna. “Explosiones constantes, tiros, todo infantería, millones de balas cruzándose…”. Hasta que en la noche del Londgon, le tocó intervenir a él.

“El de mortero es un tiro indirecto, vos no sabés a quién matás. El mayor miedo es matar a tropa propia. Nuestro jefe se alejó y tiramos el primer tiro con carga hueca, trazante. Nos pidieron corregir el tiro y tirar 20 más en el mismo lugar. Había sido exitoso. Tenía 32 tiros. Pero después del quinto tiro, se rompió el cañón. Intentamos arreglarlo, pero no teníamos luz. Mi compañía tenía dos cañones. El otro nunca funcionó. Y los de la compañía C y B, tampoco”.
Alfredo Rubio atesora las imágenes del final de la guerra, en el Wireless Ridge. “Cada uno bajaba como podía. No hubo una organización, no había nadie que te dijera, “andá para allá”. Era el Titanic que se estaba hundiendo… Esa

imagen, para mí, la tuve cuando pasé por una carpa redonda que habíamos apodado ´El Circo´. Tenía muchas provisiones. Estaba a cargo de un capitán que manejaba la logística del Regimiento, uno de los oficiales que se hacía poner los borceguíes por los soldados -agrega Rubio, como al pasar-. En el desbande, con muchos bombardeos, nos acercamos a la carpa y escuchamos las radios al rojo vivo, ´manden refuerzos… tenemos heridos”, Todo el mundo sabía que en la carpa se recepcionaban los pedidos de ayuda. Pero entramos y estaba vacía, con todos los micrófonos colgando. Ahí me dije: “Se acabó. Fuimos”. Eso fue el 13 de junio a la noche.

Raúl Ronco está con Salvucci al pie del Monte Longdon, ahora como hace 30 años. El también había pedido la prórroga y combatió a los 26. “Después de dominar el Longdon, del 13 al 14, los ingleses atacan todas las posiciones.

Nuestro jefe nos dice que nos vayamos. Tengo amigos que se despertaron el 13 y ya no estaban ni el teniente ni el sargento. Sólo los soldados. Y los ingleses vienen avanzando con bombardeo, artillería, tiran con todo, todo el tiempo.

Y ya no había ningún espíritu de defender la posición, no había instrucción, no había jefe. Todos se iban replegando, nos decían “no tiren, somos de la Compañía “A”. Cuando vi que nos estaban recagando a tiros y no había nadie, nos fuimos a la mierda…”

Ronco desandó los pocos kilómetros a Puerto Argentino con la certeza de que lo fusilarían por desertor. Se presentó a la policía militar apostado. “¿Regimiento?” “Siete”. “Vaya al gimnasio…”. Allí fue Ronco. Y se encontró con el jefe de su compañía, con el jefe del Regimiento, que se había ido del combate para manejar una ambulancia en el pueblo. A Ronco lo trataron como un héroe. “Arriba quedan cinco o seis más”, avisó. “Un mayor se mandó el cacareo de volver arriba… ´¿Quién me acompaña a recuperar la posición?´, gritó. Yo les dije, ´volvamos a morir todos, los ingleses ya están encima´. Y de hecho salieron, caminaron cinco cuadras y volvieron…”.

Nadie vio un general argentino durante la guerra de las Malvinas, excepto Salvucci. Estuvo prisionero junto a Mario Benjamín Menéndez en Bahía San Carlos durante 45 días, aunque todavía no sabe por qué, dado que era un conscripto. “Fui muy crítico con la conducción de la guerra y Menéndez me respondió: ‘soldado, usted necesita apoyo psicológico, usted está mal… Y cómo no voy a estar mal si estuve combatiendo, vi la realidad. Usted estuvo en una casa, yo estuve en la guerra… la guerra no fue su realidad”.

Osvaldo Sabadella, abastecedor de mortero, busca en el monte las cartas que recibió hace treinta años y escondió en una bolsa plástica, entre las piedras. Lo acompaña su hijo. Encuentran pilas, sogas, latas de bebidas, pero no las cartas.

Después, los ex soldados ingresarán en silencio al cementerio de Darwin a rendir homenaje a los caídos. Y en silencio, despliegan una bandera argentina. El único lugar de las islas Malvinas donde se puede desplegar una bandera argentina: el cementerio.

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