La hermandad de la calle Reconquista

POR LAURA RAMOS en Clarín

22/04/12

La calle Reconquista número 72, en junio de 1837, albergó a un grupo de intelectuales románticos tan exaltados y ambiciosos como sus contemporáneos ingleses, los miembros de la hermandad prerrafaelita, pero aquéllos eran escritores, vivían en Buenos Aires y tenían la pretensión desmesurada de fundar una idea de patria. El club se reunía en la trastienda de la librería de Marcos Sastre, quien traía y difundía libros europeos, bajo el pomposo nombre de Salón Literario. El salón literario, germen de biblioteca, era el punto de reunión de la generación que fue la primera en utilizar lo joven como categoría.

Tan revolucionarios como los prerrafaelitas, estos jóvenes ilustrados querían modificar los modos de pensar la política, la cultura y la literatura. Las proclamas románticas proponían una ruptura definitiva con España y la búsqueda de temas, motivos y hasta de un idioma nacional. En la trastienda de la librería Juan María Gutiérrez leyó una proclama tan encendida como cipaya, si debemos calificarla en términos modernos: “Nula, pues, la ciencia y la literatura española, debemos nosotros divorciarnos completamente con ellas, emanciparnos a este respecto de las tradiciones peninsulares, como supimos hacerlo en política, cuando nos proclamamos libres. Quedamos aún ligados por el vínculo fuerte y estrecho del idioma; pero éste debe aflojarse de día en día, a medida que vayamos entrando en el movimiento intelectual de los pueblos adelantados de la Europa. Para esto es necesario que nos familiaricemos con los idiomas extranjeros, y hagamos constante estudio de aclimatar al nuestro cuanto en aquéllos se produzca de bueno, interesante y bello.” Esta arenga no sólo llamó a la ruptura con la herencia española: Gutiérrez propuso además la creación de un nuevo programa estético literario: “Si hemos de tener una literatura, hagamos que sea nacional; que represente nuestras costumbres y nuestra naturaleza, así como nuestros lagos y anchos ríos sólo reflejan en sus aguas las estrellas de nuestro hemisferio”.

Los unitarios exiliados en Montevideo se alarmaron: Florencio Varela le escribió a Juan María Gutiérrez: “El señor Gutiérrez quiere que no leamos libros españoles, de temor de impregnarnos de sus ideas menguadas (…) Yo no puedo comprender que para expresar nuestras ideas, con claridad, con vigor, con belleza, sea necesario tomar frases ni vocablos, del extranjero, y pienso que, si los franceses y los ingleses, pueden expresar esas ideas, como lo han hecho Voltaire y Hume, Dupin y Burke, Lamartine y Byron, valiéndose de idiomas mucho menos ricos y sonoros que el nuestro, nosotros las podremos expresar con más facilidad, mayor pureza y lozanía mayor, manejando un idioma más caudaloso y lleno de armonía. Amigo mío, desengáñese usted: eso de emancipar la lengua no quiere decir más que corrompamos el idioma. ¿Cómo no la emancipa Echeverría?”. En su artículo “Cultura y literatura en la temprana Buenos Aires”, Graciela Batticuore y Klaus Gallo observan que Florencio, aunque era joven en edad, participaba del ideario y la sensibilidad de la generación de antirrosistas que miraban con preocupación a Esteban Echeverría, el líder del grupo de Sastre.

El 17 de octubre de 1825, con veinte años, Echeverría había viajado a Europa en un viaje de estudios a bordo del barco “La joven Matilde”. Llevaba consigo una gramática y un diccionario de francés, un ejemplar de las lecciones de aritmética y álgebra de don Avelino Díaz, la Retórica de Blair, la Lira Argentina y una carta geográfica de la República Argentina. Se instaló en el barrio parisiense de Saint-Jacques, donde estudió política, filosofía, literatura y economía. Volvió cinco años después con la suficiente formación iluminista y una sofisticada nostalgia por la pampa como para poner en escena una política y una narrativa: hacer del vacío del desierto el espacio sobre el que construir la nueva literatura nacional. “El Desierto es nuestro, es nuestro más pingüe patrimonio, y debemos poner conato en sacar de su seno, no sólo riqueza para nuestro engrandecimiento y bienestar sino también poesía para nuestro deleite moral y fomento de nuestra literatura nacional” escribió en la Advertencia a La cautiva. La perspectiva europea le permitió apropiarse de lo que ya había comenzado a perfilarse como un tópico en la narrativa de los viajeros: la mirada a la pampa. El fragmento de La Cautiva leído por Juan María Gutiérrez la noche de la inauguración del Salón no podía ser más apropiado para las necesidades artísticas del movimiento romántico. “Exótica y a la vez familiar, la llanura puede convertirse además en el sustento de color local que necesita una literatura nacional incipiente” señalan Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano (“Esteban Echeverría, el poeta pensador”).

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