El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires: advertencias para viajeros italianos

Entre 1870 y 1929, la Argentina recibió alrededor de 6 millones de inmigrantes. De ellos, 3.250.000 se radicaron en nuestro país. Este asombroso movimiento humano tuvo un peso decisivo en nuestra demografía.

Desde 1810 se había intentado proveer al alojamiento de los recién llegados. Después de utilizar varios edificios en distintas ubicaciones (desde el asilo de La Chacarita de los Colegiales al “Hotel de la Rotonda”), en 1906 la empresa Udina y Mosca comenzó a construir en Buenos Aires un edificio destinado a recibir, alojar y distribuir a los recién llegados. El proyecto del llamado Hotel de Inmigrantes, elaborado por el Ministerio de Obras Públicas, comprendía un complejo de pabellones destinados al desembarco, colocación, administración, atención médica, servicios, alojamiento y traslado de los extranjeros arribados a nuestro país.

Muchos de los recién llegados provenían de Italia. La inmigración italiana, junto a la española, conformó más del 80% del total de esos hombres jóvenes, solteros y en edad de trabajar que integraron aquella marea humana que tanto contribuyó al carácter nacional. Desesperados, audaces, ambiciosos o buscavidas, provenían de regiones del joven estado italiano donde la idea de abandonar el país estaba en el aire, como Lombardía, Piamonte, Calabria y Sicilia.

En aquellos años de aventuradas travesías, las Guías y Manuales destinados a aquellos campesinos o muchachos de suburbios que aspiraban a cruzar el océano se sumaron a tantas sociedades laicas, ordenes religiosas y organismos públicos que intentaron organizar la gran escapada general. Entre ellos apareció en 1913 El Manual del Emigrante Italiano a la Argentina, escrito por el profesor Arrigo De Zettiry por cuenta del R. Commisariato dell′Emigrazione. En seis capítulos, con un lenguaje de aire moralista, desplegaba consejos prácticos para el inadvertido viajero. “Con lenguaje sencillo y coloquial -dice Diego Armus-, se les explica cómo adquirir el pasaje, qué equipaje llevar, qué precauciones tomar contra timadores y “cuenteros”, cómo conseguir empleo o aprender el idioma.”

Decía allí sobre el Hotel de Inmigrantes: “Será huésped del Hotel por el lapso de cinco días. El actual edificio no es más el antiguo caserón de madera que estaba en la estación Retiro; ahora se encuentra junto a la Aduana y es de material más decente y mucho más cómodo.” Pero no todos son rosas, pues “El Hotel no tiene camas ni colchones. Le podrá parecer extraño, pero yo le aseguro que no es así. Aún más, es mejor que no los tenga ya que sería muy difícil mantener la higiene con colchones que no se cambiaran todas las semanas.” (Obsérvese el tranquilizador tono coloquial.)  No se haga el delicado, adviertía: “No será la primera vez que duerma en el piso y recuerde bien que es necesario tener paciencia. De todos modos se trata de un sacrificio que dura poco tiempo.” (Fomentaba la esperanza…)

El Manual recomendaba cumplir el reglamento del Hotel a rajatabla: diríjase al Hotel inmediatamente después de desembarcar, no lleve alcohol, limpie sus cubiertos, no sea promiscuo, no haga alboroto. “¡Bien alto el buen nombre italiano!”  Advertía que el establecimiento estaba abierto a “todo tipo de nacionalidades” y por ello era necesario que sus “maneras educadas y respetuosas” honraran a su patria de origen frente a extranjeros y nacionales.

Fuente:  Diego Armus (Traducción, selección y prólogo), Manual del emigrante italiano, Historia Testimonial Argentina, Documentos vivos de nuestro pasado, 8, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983.

Enlaces recomendados: Infografías sobre el Hotel de Inmigrantes.

Nora V. Iglesias

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