Niñas (sobre las maestras norteamericanas traídas por Sarmiento)

por Laura Ramos en Diario Clarín

Para contar la historia de las maestras norteamericanas traídas a la Argentina por Sarmiento podríamos situarnos en los alrededores de Boston, donde estudiaron, plantaron sus huertas, escribieron sus libros y se enamoraron los filósofos y filósofas trascendentalistas de Nueva Inglaterra. En la misma geografía, durante los mismos años, el abogado Horace Mann había abandonado un bien remunerado estudio jurídico para dedicarse a la pedagogía. En 1840 fundó, en un suburbio de Boston, una de las primeras escuelas para la formación de maestros en el hemisferio Norte. Su esposa Mary era una de las tres extraordinarias hermanas Peabody, artistas y pedagogas, esposas, o amantes, de Hawthorne y de Thoreau, entre otros, unas aventureras que se cruzan una y otra vez en esta fábula.

Sarmiento, que ya había leído a Horace Mann, fundó una escuela normal en Chile -la primera del hemisferio sur- y en 1845 viajó a Europa para conocer los métodos educativos extranjeros. Luego de dos años de viaje y con sólo 600 duros como capital, le quedaban aún por visitar las escuelas de Inglaterra y de Estados Unidos. Pero sólo el viaje a través del istmo costaba 700 duros. De modo que resolvió sacar pasaje de ida y ganar, durante el viaje, el dinero para la vuelta. Después de recorrer los colegios ingleses, en Liverpool se embarcó para Nueva York en el Montezuma, “un rápido velero que hubiera hecho once nudos con la más leve brisa”, consigna su volumen de Viajes .

Cuando visitó la escuela de Horace Mann en West Newton quedó atónito al encontrarse con escasos varones y en cambio decenas de muchachas que estudiaban matemática, química, botánica y anatomía, casi todas jóvenes pobres que habían pedido dinero prestado para invertirlo en educación. En ese momento se le ocurrió la idea de llevar maestras norteamericanas a San Juan, a Catamarca, a La Rioja, a Corrientes, para crear escuelas normales. Mann le mencionó el perverso (y conveniente) hecho de que las mujeres podían ser remuneradas con un salario menor al de los hombres. Pese a que su bolsa era cada día más liviana, Sarmiento remontó el río Hudson en un lujoso barco nocturno que le costó 1 dólar. Visitó escuela tras escuela, en tren, siguiendo el camino del oeste hasta llegar a Nueva York. La práctica de la gimnasia para chicas apasionó al educador (al bárbaro). “Vuelve este país a los tiempos de la Grecia, dando a los juegos gimnásticos una grande atención. Los que vi ejecutar a las niñas aseguran la mayor perfección de la raza, por la fuerza, la belleza y la gracia”, escribió en una carta de 1883 a Aurelia Vélez Sarsfield. Las alumnas yanquis hacían ejercicios con varas, pesas y movimientos de brazos y piernas. Usaban pantalones holgados, botas altas, falda amplia recogida y coronas de metal pintadas con colores vivos, prescriptas para que se acostumbraran a llevar un porte majestuoso (el miriñaque estaba prohibido). Allí mismo decidió incorporar la gimnasia como materia obligatoria en nuestras escuelas. En Nueva York socializó sus últimas 22 guineas y unos 30 pesos con un joven español rico y jovial que le propuso retornar juntos a Chile: “Hagamos bolsa común. Todavía me quedan 400 pesos”.

Durante el viaje entabló una relación de íntimo afecto con Mary Mann. En Concord, después de compartir con la familia Mann el pavo del Día de Acción de Gracias del año 1865, ella se comprometió a ayudarlo en la empresa. Se convirtieron en confidentes a tal punto que su copiosa correspondencia alcanza un libro entero. Él admiraba desde hacía tiempo a su hermana, Elizabeth Peabody, quien había iniciado los primeros jardines de infantes en Estados Unidos. En 1870, con la ayuda de maestras de Cambridge, estableció jardines de infantes públicos en Buenos Aires. Cuando Dominguito fue abatido en la guerra contra el Paraguay, Sarmiento se encontraba en Nueva York en misión diplomática y Elizabeth fue a saludarlo para brindarle conforto. Él no pudo dejar de notar que en cada visita al hogar de los Mann el retrato de su hijo adoptivo lucía rodeado por una corona de flores.

Sarmiento logró que entre 1869 y 1898 setenta y cinco maestras norteamericanas fundaran, organizaran o dirigieran dieciocho escuelas argentinas. Él había planeado traer a un millar, inspirado en el éxodo de 600 maestras norteamericanas que habían viajado a Oregon en un buque de vela, rodeando el Cabo de Hornos. La expedición había sido reseñada en un Harper’s Weekly de 1866: las ilustraciones mostraban a damitas con miriñaque tocando el piano en la sala del barco, y a otras no menos atildadas leyendo en la cubierta. Con ese modelo, comenzó a entrevistar maestras. El sueldo de las jóvenes en Seattle era de cincuenta pesos oro mensuales: él les ofrecería el doble. Debían provenir de buenas familias, ser jóvenes, solteras y bien parecidas. Tales requisitos apuntaban a que las norteamericanas actuaran como sebo para atraer hacia la profesión docente a las niñas argentinas de las mejores familias.

Un comentario en “Niñas (sobre las maestras norteamericanas traídas por Sarmiento)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s