En los malos tiempos, los niños crecen deprisa. (Ser un niño en un país en guerra: España en los años 40)

Nino es un niño de nueve años, hijo de un guardia civil, que vive en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra Sur de Jaén, en el verano de 1947. Nadie lo dice, pero él lo sabe: “esto es una guerra y no se va a acabar nunca”.

“(…) llegó mi padre, muy asustado, ¿qué pasa, Nino, qué hace Pepa en tu cama?, en la casa de Curro, le dije, tienen a Fernanda la Pesetilla, y están chillando, no podemos dormir…

El se fue corriendo y volvió enseguida, cuando ya no se oía más que silencio. No ha sido nada, me dijo, has debido tener una pesadilla, porque en casa de Curro sólo está él, durmiendo, duérmete tú también. Y habría tenido que preguntarle, ¿por qué los tapas, padre?, ¿por qué me mientes?, ¿por qué mañana no vas a ir a contarle nada de esto al teniente (…), ni a nadie? Pero no dije nada de eso. Sí, padre, ahora me duermo. Eso fue lo único que le dije, y él me dio un beso, y yo se lo devolví.

Eso era la vida, la única vida que yo conocía, una pesadilla rojiza y espesa, salpicada de gritos, salpicada de golpes, salpicada de sangre, que se desvanecía con cada amanecer, cuando salía el sol para que el teniente volviera a ser un pobre hombre manejado por su mujer, y Curro un buen chico, y mi padre un hombre bueno, que nos quería y cuidaba de nosotros (…). Eso era la vida en mi pueblo, donde las mujeres se levantaban pronto para encontrarse en la cola de la compra, y Fernanda despachaba en su carnicería y las saludaba a todas por igual, buenos días, ¿qué le pongo?, con los ojos hinchados y las manos temblando todavía. Esa era mi vida, una vida casi normal mientras el sol viajaba por el cielo, aunque mi hermana Pepa no entendiera por qué algunas niñas no querían jugar con ella, por qué le daban la espalda sin saludarla, por qué madre le decía siempre lo mismo, pues déjalas, si se han ido corriendo a su casa, será que las han llamado… Eso era la vida cuando la muerte no se cruzaba por medio, y la muerte llegaba siempre de noche, en las horas oscuras, las horas largas y feroces de los cerrojos y la luz eléctrica, las horas despiadadas de las vocales interminables y los hombres sin corazón, porque lo habían dejado en medio del pijama, doblado bajo la almohada, para recuperarlo sólo de madrugada, cuando volvían a ser lo que eran antes, pobres hombres, buenos chicos, hombres buenos. (…)

No se puede vivir así, pero así vivíamos, y los paréntesis de tranquilidad, los meses sin redadas, sin detenciones, sin entierros, no tenían más sentido que la espera, los minutos, los días, las semanas que faltaban para que todo empezara otra vez, para que regresaran los camiones, y las patrullas, y la ruleta rusa de las visitas inesperadas, unos nudillos tocando de noche en la puerta de al lado, quizás en la propia, y nos llevamos a su marido a declarar, señora, pero no se preocupe que se lo devolvemos enseguida, y ya te puedes ir, pero echa por ahí delante, que te veamos bien, y los tiros de madrugada, porque su marido intentó escapar, señora, salió corriendo y no nos dejó otra salida que disparar sobre él, siempre las mismas palabras, los mismos verbos, los mismos adjetivos, la repugnante sintaxis burocrática del terror, el comedido vocabulario de los falsos pésames, la cortesía templada de los asesinos y las ropas teñidas de oscuro que retornarían sin falta a los balcones antes o después, mientras durara aquella guerra que nunca se iba a acabar porque nadie pensaba todavía en rendirse (…).”

Almudena Grandes, El lector de Julio Verne: La guerrilla de Cencerro y el Trienio del Terror. Jaén, Sierra Sur, 1947-1949. 1° ed. Buenos Aires, Tusquets Editores, 2012, pp. 153-155.

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