El Evangelio de María Magdalena

En las versiones de la vida de Jesús aparece la magdalena con distintos grados de intimidad. Más allá de los indicios sobre una posible relación amorosa, se refleja en ella un vínculo de lealtad.

POR FRANCISCO GARCIA BAZAN* EN REVISTA Ñ

Las noticias más antiguas sobre la enigmática figura de María la Magdalena provienen de los Evangelios canónicos. A partir de las informaciones de los Evangelios de Juan, Marcos y Mateo se deduce que el adjetivo toponímico de María, procede de Migdal o Magdala, una próspera localidad de Galilea a orillas del lago de Genesaret, entre Tiberíades y Cafarnaún. Es el nombre que aparece con frecuencia en el grupo de mujeres que seguían y atendían al Nazareno. Se trata de una mujer a la que el Maestro distinguía dentro del número de sus acompañantes y a quien también le correspondió el privilegio de ser la primera testigo de las apariciones de Jesús Resucitado.

Si estas informaciones aludidas figuran distribuidas en las páginas de los tres evangelios mencionados, el relato de san Lucas es más limitado, pero encierra también sugerencias incisivas para la pesquisa historiográfica. Este evangelista, lacónica, pero convincentemente, expresa: “Jesús iba por ciudades y pueblos proclamando y anunciando el Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc 8, 1-3). No hay otros datos. Pero casi al final del Evangelio y en el contexto de las apariciones del Resucitado, Lucas otra vez, sucintamente, pone de relieve a la sanada María cuando las mujeres, las primeras cronológicamente, anuncian la resurrección de Jesús: “Regresando del sepulcro anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían como desatinos (lêros ta rémata/deliramentum verba ista) y no les creían” (Lc 24, 9-11).

No obstante la concisión de los relatos lucanos se puede argumentar que en ellos se incuba la función de María Magdalena como guía femenina según los testimonios de la literatura gnóstica posterior e incluso con su confirmación en algún escrito gentil.

Llama la atención, sin embargo, que cuando Pablo de Tarso en la primavera del año 55 escribe sobre las apariciones de Cristo resucitado no haga referencia a testigos mujeres. Escribe a los cristianos de Corinto: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo… fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como un abortivo” (1 Cor. 15, 3-8). No se refiere Pablo a apariciones a mujeres, pero sí afirma con palabras inequívocas que se apareció a Santiago, el hermano de Jesús. En este momento podemos leer varios escritos gnósticos directos que constituyen una colección de textos jacobitas gracias a la exhumación y publicación de los textos de la Biblioteca de Nag Hammadi: La Carta esotérica de Santiago y dos Apocalipsis de Santiago. El Evangelio de Tomás confirma igualmente la autoridad religiosa de Santiago, al transmitir como doctrina secreta en su sentencia 12: “Los discípulos dijeron a Jesús: Sabemos que tú nos dejarás ¿Quién es el que será grande sobre nosotros? Jesús les dijo: Dondequiera hayáis ido, os dirigiréis a Santiago el Justo”. Santiago, una de las columnas de la Iglesia, ya por el año 52, según lo declara Pablo en la Epístola a los Gálatas. Pero también en Santiago se sustenta la tradición gnóstica de raíz naasena –adoradores de la Serpiente–, como eslabón judeocristiano de una de las ramificaciones del esoterismo judío, seguido por María Magdalena. Así informa Hipólito de Roma en su extracto sobre los gnósticos naasenos: “Estos son los puntos capitales de muchas enseñanzas que Santiago, el hermano del Señor, dicen que transmitió a Mariamne…” “… y el primer obispo de la Iglesia de Jerusalén, martirizado en el 62, ocho años antes de la destrucción del segundo Templo, como informa Josefo” (Refutación de todas la herejías V, 7,1).

Entre los hombres

Si tanto el testimonio indirecto de Hipólito como el directo de Dídimo Judas Tomás remiten a la autoridad magisterial de Santiago es normal que los testimonios sobre María de Magdala y los conflictos con la línea varonil exclusivista afloren en el Evangelio de Tomás: “Simón Pedro les dijo: Que María salga de entre nosotros, porque las mujeres no son dignas de la vida. Jesús dijo: Mirad, yo la impulsaré para hacerla varón, a fin de que llegue a ser también un espíritu viviente semejante a vosotros los varones; porque cualquier mujer que se haga varón, entrará en el Reino de los cielos” (114). La comprensión de la sentencia citada se completa con las 21 y 22 introducidas por María Magdalena: “Dijo María a Jesús: ¿A quién se parecen tus discípulos? El dijo: Son semejantes a unos niños pequeños, [ins]talados en un campo que no es suyo, cuando vengan los dueños del campo dirán: ‘Dejadnos nuestro campo’”. Ellos se desnudan en su presencia para dejárselo y devolverles su campo” (…) “Jesús vio a unos pequeños que mamaban. Dijo a sus discípulos: Estos pequeños que maman son semejantes a los que entran en el Reino. Le dijeron: Entonces, ¿haciéndonos pequeños entraremos en el Reino? Jesús les dijo: Cuando hagáis de los dos uno y hagáis lo de dentro como lo de fuera y lo de fuera como lo de dentro y lo de arriba como lo de debajo de modo que hagáis lo masculino y lo femenino en uno solo, a fin de que lo masculino no sea masculino ni lo femenino sea femenino… entonces entraréis [en el Reino]”.

El primer momento de superación consiste en la extinción del deseo generativo que mantiene el fluir de la vida biológica gracias al apetito natural, sostenido por el deseo sólo femenino, con sede en la matriz, que se encauza a “tener un hijo”. El varón carece de este deseo connaturalmente femenino, por eso la referencia a “hacerla varón”. Después se insiste en hacerse “como niños”, libres de deseo generador y, finalmente, llega el remate unificador del andrógino. Con él hay retorno al “macho-hembra”, reintegración unitaria superior a la dualidad del “varón/mujer”, previa a la separación Adán-Eva –el Hombre Celestial o de lo Alto– que incluye sin separación a la colectividad de las personas espirituales.

Palabra de María

Absorbiendo la doble línea de la curación o liberación de los “siete demonios” que torna a la Magdalena digna de la ogdóada (nombre del conjunto de ocho deidades primordiales, también llamadas “las almas de Thot”, que constituían una entidad indisoluble y actuaban juntas, según la mitología egipcia) y la noética (todo lo que tiene que ver con el pensamiento, especialmente, el objetivo e inteligible) dentro de la tradición jacobita, el Evangelio de María, confirma el mensaje gnóstico de liberación de la autora y hace presente que esta característica espiritual la distingue de la dimensión psíquica masculina de los “doce”. El diálogo del texto, ofrece la constatación: “Pero los discípulos estaban afligidos y muy tristes, al decir: ‘¿Cómo iremos a los gentiles y anunciaremos el evangelio del reino del Hijo del Hombre? Si no han tenido compasión de él, ¿cómo la tendrán de nosotros?’. Entonces María se levantó, los abrazó a todos y dijo a sus hermanos: ‘No os lamentéis ni aflijáis y tampoco dudéis, pues su gracia estará entera con vosotros y os defenderá… Pedro dijo a María: ‘Hermana, sabemos que el Salvador te amó más que a todas las otras mujeres. Dinos las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces y nosotros no y que ni siquiera las hemos escuchado’”. Este recuerdo aquí registrado sobre la repetición de las palabras del Señor, es uno de los usos más antiguos de la primera generación cristiana en la celebración de la comida comunitaria –“fracción del pan” y “acción de gracias” (eucaristía)– y su reflejo escrito se conserva en la serie de dichos del Documento Q y el Evangelio de Tomás. Un estilo de redacción que es anterior al de los cuatro Evangelios. Las palabras de Jesús transmitidas por María son sobre la primacía del intelecto y el viaje de ascenso del alma que la despoja del dominio de los siete poderes hasta alcanzar el reposo. Concluido el recuerdo, María queda silenciosa, “puesto que el Salvador había hablado hasta aquí con ella”. Pero entonces Andrés y después su hermano Pedro arremeten contra ella, hasta hacerla llorar. Leví amonesta a Pedro por su “arrebatamiento”, y agrega: “Ahora veo que estás disputando contra la mujer como los adversarios. Pero si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Seguramente el Salvador la conoció muy bien. Por esta razón la amó más que a nosotros. Más bien deberíamos estar avergonzados y revestir el Hombre Perfecto… y anunciar el Evangelio sin establecer un mandamiento diferente ni otra ley más allá de lo dicho por el Salvador” (14, 10-18, 25).

El lazo estrecho con lo referido sobre la Magdalena por el Evangelio de Lucas y su inserción en el cristianismo gnóstico-jacobita queda bien marcado en las palabras escritas por María, pero asimismo las referencias a los conflictos anteriores entre círculos de creyentes masculinos y femeninos, hasta erradicar a estos últimos.

El Evangelio de Felipe

Otros manuscritos gnósticos más recientes acentúan la proximidad de Jesús con la Magdalena, poniendo la exégesis gnóstica espiritual a su servicio. Esto es lo que ocurre con el valentiniano Evangelio de Felipe, que dice: “El hombre [recibe alimento] a través de la promesa del lugar superior […] por la boca. Y si la palabra hubiera salido de allí, se nutriría por la boca y se haría perfecto. Pues los perfectos conciben mediante un beso, y engendran (igualmente). Por eso nos besamos unos a otros, recibiendo la concepción por la gracia mutua que hay entre nosotros. Tres (mujeres) caminaban siempre con el Señor: María, su madre; la hermana de ésta; y Magdalena, que es denominada ‘su compañera’. Pues María es su hermana, y su madre; y es su compañera” (58, 30- 59, 10). En estos párrafos están las claves hermenéuticas gnóstico-valentinianas para poder interpretar correctamente lo que unos folios más adelante se registra en la misma fuente y que Dan Brown ha hecho arbitrariamente famosos en el Código Da Vinci: “La sabiduría denominada ‘estéril’ es la madre [de los] ángeles. Y la compañera del [Salvador es] María Magdalena. El [Salvador] la amaba más que a todos los discípulos, y la besaba frecuentemente en la [boca].

Los demás [discípulos] para preguntar [se acercaron a ella]. Dijeron al Salvador: ‘¿Por qué la amas más que a todos nosotros?’ El respondió y les dijo: ‘¿Por qué no os amo a vosotros como a ella?’. Un ciego y un vidente, estando ambos a oscuras, no se diferencian entre sí. Cuando llega la luz, entonces el vidente verá la luz y el que es ciego permanecerá a oscuras. El Señor dijo: ‘Bienaventurado el que es antes de llegar a ser, pues el que es, ha sido y será’. La supremacía del hombre no es manifiesta, sino que yace en lo oculto” (63. 31- 64.15). María, personalmente liberada, ve su interioridad luminosa permanente que participa de la naturaleza de lo oculto. El resto de los discípulos no está abierto a esa perfección. Porque el Espíritu circula libremente entre el Maestro –rabbuní: “Maestro mío” le hace decir Jn 20,16 ante el Jesús redivivo–, el Salvador la besa a menudo, fluidamente, sin impedimento de tipo psicofísico, en la boca. Posteriormente el rol central de María Magdalena se reitera y fortalece en el medio egipcio alejandrino en originales gnósticos tan significativos como la Péstis Sophía y especialmente en un preciado manuscrito del Códice de Bruce, el Libro del gran discurso iniciático, el que menciona la Pístis Sophía bajo el título de Los dos libros de Ieu. En este escrito se comprueba que el círculo femenino ha escalado una posición numérica que supera a la de los varones y que el sustantivo genérico “discípulo” incluye indistintamente a discípulos y discípulas. Literalmente: “Jesús dijo a sus discípulos que estaban reunidos con él, los doce discípulos y las discípulas: Rodeádme, mis doce discípulos y discípulas, para que os hable de los grandes misterios del Tesoro de la Luz, éstos que nadie conoce, que están en el Dios invisible” (7, 99 [54], 7-10).

En realidad este escrito denunciaba a sus espaldas una trayectoria que siglos antes habían marcado dos textos también encontrados en la Biblioteca de Nag Hammadi y que se refieren a “las siete mujeres” que después de la Resurrección seguían la enseñanza de Jesús, la Sabiduría de Jesús, que dice: “Después que se levantó de entre los muertos, sus doce discípulos y siete mujeres seguían su enseñanza” (90, 1-5). El otro escrito, el Primer Apocalipsis de Santiago, era menos avaro en la información, pues facilitaba cuatro nombres del grupo: Salomé, la Magdalena, Marta y Arsinoe. Afortunadamente, más recientemente, el Códice Tchacos (2007) que también contiene El evangelio de Judas, conserva el mismo escrito con el título de Santiago, el que abiertamente registra y completa al grupo: “Salomé y María y Marta y Arsinoe… Sapfira, Susana y Juana”. Siempre con constancia aparece en el conjunto la Magdalena, la primera que en contacto directo con Jesús experimentó la liberación de los siete arcontes cósmicos, o su contracara, la vivificación de los siete dones del Espíritu Santo.

Modelo femenino cristiano completo y difundido, cuando el filósofo platónico Celso en torno al 170 escribe su sarcástica diatriba contra los cristianos que lleva el título de La doctrina verdadera, al referirse al dogma cristiano de la Resurrección de Jesús, el escritor eclesiástico Orígenes en su Contra Celso, lo refuta con estas palabras: “Luego, ya que se ha dicho, tomándolo del Evangelio, que Jesús, resucitado de entre los muertos, mostró las señales de su suplicio y las manos taladradas, pregunta así Celso: ‘¿Y quién lo vio?’. Y a renglón seguido, calumniando a María Magdalena, de la que se escribe haberlo visto, contesta: “¡Una mujer exaltada (pároistros), como vosotros decís! Mas como no sólo se escribe haber visto ella a Jesús resucitado, sino también otros, asimismo trata de insultar a éstos diciendo: ‘O algún otro de la misma banda de hechiceros’” (Orígenes, Contra Celso, II, 59). Celso podía confundir las noticias cristianas, pero no se equivocaba al distinguir la conducta exaltada (pároistros) de la histérica (de hystéra/matriz).

*Investigador Superior del CONICET. Autor de “Jesus el Nazareno y los primeros cristianos” (Lumen).

Los links son agregados nuestros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s