Recuerdos de la Inquisición y la tortura

Una muestra, que se vio en Buenos Aires, sobre suplicios usados entre los siglos XIII y XVII reflejó el clima de terror que se generó de la mano de la Iglesia y de su influencia en el mundo. Esteban Ierardo analiza esta exhibición y explica las raíces culturales de una barbarie que nunca se detuvo.

POR ESTEBAN IERARDO en Revista Ñ

La Inquisición nació en la Edad Media como instrumento de control de las herejías, las desviaciones de la ortodoxia cristiana. Sus orígenes se encuentran en 1184, año en que, mediante la bula del papa Lucio III Ad abolendam, la Inquisición medieval fue establecida para debilitar la herejía cátara. Luego, el papa Inocencio III, considerando insuficiente las pesquisas inquisitoriales organizó una gran cruzada contra los cátaros en el sur de Francia, en ese momento la más importante herejía medieval. Encabezados originalmente por los dominicos, la Inquisición generó una estela de nefastos inquisidores (Tomás de Torquemada, Prior de los Dominicos de Segovia; Juan Pardo de Tabera, Arzobispo de Toledo; Juan Tomás de Rocaberti, Arzobispo de Valencia, y muchos otros) que redactaron meticulosos manuales de interrogación bajo tortura. El Malleus Maleficarum (1486), fue el más célebre tratado inquisitorial, aunque vinculado principalmente a la caza de brujas.
Además de los herejes, sus otras víctimas (que pertenecían al fin de cuentas también al grupo genérico de lo herético) fueron las brujas y hechiceros, los homosexuales, los blasfemos y los acusados de judaizar en secreto. La Inquisición se propagó a España, Roma, Portugal, o a México, donde se constituyó un Tribunal del Santo Oficio; y también se difundió entre los protestantes. Sin duda que la maquinaria inquisitorial debe ser entendida en su contexto histórico. Frente al peligro de la implosión del cristianismo occidental en una profusión de desviaciones del credo de Nicea avalado por Roma, la Iglesia estimó que era necesario velar por la única verdad cristiana monopolizada por la Santa Sede.
I. La uniformidad supuso no sólo una igualación del discurso teológico en torno a la verdad revelada, sino también un conjunto de prácticas de vigilancia y violencia para imponer la comprensión “correcta” de la buena nueva de Jesús. Aunque la Iglesia haya estado atenazada por la amenaza real de una multiplicación de cultos desobedientes al Papa, eso no aminora la feroz contradicción entre la retórica del amor de Cristo y el odio y destrucción vertidos como hierro caliente sobre quienes entendían el mensaje del Sermón de la Montaña de otras maneras.

II. Algunos observan que en realidad el terror difundido por la Inquisición no fue tan vasto como se suele suponer. Las penas de muerte no habrían superado el 1% de las sentencias.
La mayoría de las veces los condenados sufrían alguna flagelación o alguna humillación pública, como portar el bonete y una cruz, o peregrinar a Tierra Santa, o sufrir confiscaciones de bienes o cárcel.
Se habla de una “leyenda negra de la Inquisición española”, por ejemplo, surgida al compás de la persecución de los protestantes malquistados con Roma. Precisamente, plumas protestantes habrían lanzado especiales estiletazos contra la Inquisición para exagerar su maldad con el fin de desprestigiar al catolicismo romano. Fuentes de estas “leyendas con fines propagandísticos”, serían el inglés John Foxe y su The Book of Martyrs, y más aún, el Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes, firmado con el seudónimo de Reginaldus Gonzalvus Montanus, obra de gran éxito y que vigorosamente contribuyó a cincelar la imagen funesta de la Inquisición en Europa.
De todos modos, aunque su acción más letal no haya sido tan extendida, con el tiempo la Inquisición resultó intolerable para el horizonte moderno de los derechos naturales y la libertad de cultos. Aun así en la España archicatólica, las huestes de Torquemada recién se disolvieron en el siglo XIX.
La lógica inquisitorial medieval fue una amenaza no sólo para los vivos sino también para los muertos, dado que en ocasiones se ordenaba exhumar y remover los huesos en un camposanto de alguien que con posteridad a su muerte se determinaba que había sido un hereje; o incluso los procesos inquisitoriales podían alcanzar hasta a los animales que eran torturados por algún crimen o agresión al ser humano, y a los que se pretendía arrancar una confesión, aunque ésta nunca ocurriera… Y las confesiones bajo tortura eran parte fundamental del proceso contra el acusado de herejía porque lo confesado bajo violento castigo era convertido inmediatamente en recurso probatorio de la culpa por los tribunales del Santo Oficio.
Uno de los casos testigos de la poderosa maquinaria inquisitorial en pos del control y liquidación de la libertad de pensamiento fue, sin duda, el proceso de Galileo Galilei. Galilei se asoció a la tesis heliocéntrica copernicana. El desplazamiento de la Tierra del centro del universo aristotélico-tomista no era sólo una formalidad erudita. Suponía un violento disloque en la cosmovisión y el pensamiento teológico oficial.
Si la Iglesia es guardiana de la verdad revelada por Dios, la humanidad cristiana (la humanitas como tal) beneficiada por este hecho debe ocupar el centro del universo material, porque lo que está en el centro es la propia Iglesia que recibe y redistribuye los dones celestes. Galileo fue presionado a reconocer que la proposición heliocéntrica no tenía pruebas irrebatibles. Por lo que Galileo se comprometía a ya no hablar de ella.
En 1633 se le abrió un segundo proceso a instancias de la Inquisición en Roma. El año anterior había publicado su Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo tolemaico e copernicano (Diálogo sobre los principales del mundo), con peligrosas afirmaciones sobre la concepción copernicana. En esta ocasión, la Santa Inquisición lo procesó como hereje, y lo condenó a prisión domiciliaria el 22 de junio de 1633.
III. Por su especial saña persecutoria, la Inquisición española fue el emblema del celo inquisitorial. Fue fundada en 1478 por los Reyes Católicos. Estaba bajo el directo control de la monarquía. Sólo se abolirá de forma final en 1834, bajo el reinado de Isabel II, aunque antes las liberales cortes de Cádiz, en 1812, por aprobación unánime habían votado su cancelación. El escudo de la Inquisición española mostraba una cruz; una espada como símbolo del trato punitivo aplicado a los herejes; y la rama del olivo como prenda de reconciliación para los arrepentidos. Y todo rodeado por la expresión latina: “Exurge domine et judica causam tuam, psalm, 73” (“Álzate, oh Dios, a defender tu causa, salmo 73).
En teoría, la Inquisición española como tribunal eclesiástico, sólo tenía jurisdicción sobre los cristianos bautizados. Pero en España no existía libertad de cultos, por lo que en la práctica la actividad inquisitorial se derramó hacia todos los súbditos del rey español. En el momento del advenimiento de la Inquisición hispánica, la península Ibérica, en sus grandes ciudades como Sevilla y Valladolid en Castilla, o Barcelona en la Corona de Aragón, alojaba importantes poblaciones de judíos, las llamadas juderías. Junto a los musulmanes, que dominaban aún en el sur, en el reino de Granada, los judíos serían uno de los blancos preferidos de las pesquisas del Santo Oficio. Durante la Edad Media y principalmente el tiempo en que la marca musulmana fue la prevaleciente en España, se produjo la famosa concordia y diálogo entre las culturas cristiana, musulmana y judía. Pero ya en 1391, una furiosa ola de antisemitismo derivó en uno de los progromos que asesinó a cientos de judíos en Sevilla, Córdoba, Valencia y Barcelona.
Una de las principales causas del surgimiento de la Inquisición española sería el deseo de unificación religiosa. El vínculo entre política y religión es indisoluble en la historia de los últimos siglos del Imperio Romano o en el extenso milenio de la Edad Media. Ya Constantino, en el siglo III dC., habría decidido apoyar la religión de la cruz porque su fe sólida podría unificar la creencia religiosa dentro del imperio para así actuar como cemento cohesionador del estado.
La unidad religiosa como antecedente necesario de un estado fuerte e integrado. Y esa fortaleza del estado era fundamental en el programa político de los Reyes Católicos. Y para cimentar un estado compacto se debe antes derruir obstáculos o resistencias, como la tradición de las autonomías locales o los fueron de ciertas ciudades o regiones; y, también en este sentido, controlar la minoría judeoconversa. La intromisión de la Inquisición era útil para estos propósitos. Y nunca se debe expulsar de las causalidades relevantes las motivaciones económicas… las propiedades de los procesados y condenados por la Inquisición eran confiscadas.
Los autos de fe eran las ceremonias de la Inquisición en las que los condenados eran expuestos públicamente, con el fin de graficar de modo solemne su condena como hereje, en la mayoría de los casos. Había autos particulares, y los autos generales. Estos últimos se realizaban en grandes espacios públicos, por lo general en días festivos. En este rango, el auto general de fe era el más arquetípico, y se realizaba con numerosos reos quemados vivos por impenitentes.
La pintura, como documento histórico, y no en este caso como vehículo transmisor de belleza, nos legó la estampa de algunos de estos “autos” imponentes. Francisco Ricci pintó en 1683 el Auto de fe, que se exhibe en el Museo del Prado. Pero la pintura documento emblemática en este sentido es un Auto de fe de 1475 pintado por Pedro Berruguete, cuyo título reza: Santo Domingo presidiendo un auto de fe. En el extremo inferior derecho, unos infortunados semidesnudos esperan el encendido de la pira de fuego que los expurgaría de su estigma demoniaco. También es destacable, y muy conocido, el Auto de fe de la Inquisición, de Francisco de GoyaLas fogatas de la quema de hereje no se apagan en los lienzos.

IV. La imaginación en su altura positiva es acceso a nuevos mundos. En su rostro más grotesco, es descenso a formas de sufrimiento y de sadismo que flagelan la potencia aun de las más descriptivas palabras. La Inquisición cavó lo suficiente en el horror para ensayar sus descensos infernales. Para esto, afinó un diverso dispositivo de tortura, compuesto de una pléyade de ominosos instrumentos de castigo; cada uno de éstos suponía en sí un método de flagelación específico.

La lista de los instrumentos para la vejación es muy vasta. Aquí podríamos recordar sólo, por ejemplo, el aplastador de cabezas (dos barras de hierro que actuaban como una prensa o morsa que se colocaba sobre la cabeza del desdichado para ir aplastándole el cráneo hasta que reventara); el cepo chino (una caja de madera en la que se colocaban los pies, para presionarlos hasta el dolor indecible); el aplastapulgares (en este caso se buscaba el aplastamiento de uñas, falanges y nudillos); el collar de púas (con pinchos en todos lados, atenazaba y desgarraba el cuello de la víctima); la garrucha (se ataban las manos del reo, y por una polea se lo subía, luego se lo dejaba caer sin que tocara el suelo, lo cual provocaba dolorosas dislocaciones de las extremidades); el desgarrador de senos (una tenaza con cuatro puntas afiladas que, al rojo vivo, se hundían en los senos desgarrándolos); la cuna de judas (una pirámide puntiaguda sobre la que se subía a la víctima para dejarla caer repetidas veces, impactando violentamente en la zona anal o genital).

Sin duda, la Inquisición imaginó un infierno real, cuyo patetismo físico contrastaba con el infierno “literario” de la teología medieval, que recoge Dante en la Divina comedia.

V. La crueldad brotada a raudales a veces intenta su redención por la literatura. Redención imposible. Pero que, en ocasiones, es fermento para obras artísticas evocadoras de lo siniestro. La novela gótica El monje (1796), de Matthew Lewis, integra el terror y la represión inquisitorial al juego ficcional. Edgar Allan Poe, en El pozo y el péndulo, se inspiró en las torturas de la Inquisición, aunque alejado de la base histórica documental. En Los hermanos Karamázov de Dostoievski, se interpola como intertextualidad la famosa Leyenda del Santo Inquisidor, situada en tiempos de la Inquisición española. Jesús regresa a la tierra para escandir de nuevo en los cálices de la convivencia el dulce líquido de un amor espiritual. Pero el inquisidor le recomienda que se retire y no regrese porque su presencia es una amenaza. Con mucha saña, fuego y sermones, los inquisidores han construido el orden que en el fondo el hombre quiere: la obediencia y su bálsamo de seguridad, y no el difícil ejercicio de la libertad que proponía el hijo del Dios o de un carpintero. Miguel Delibes, en 1998, publicó El hereje, en torno a un grupo protestante en Valladolid, reprimido por la Inquisición.
VI. La Inquisición vibra en el lado siniestro de la Edad Media. Lo medieval rezumó sangre y horror por doquier, matanzas, saqueos, violaciones, masacre de las primaveras. Pero no fue sólo lo siniestro. En un ejemplo de la contradicción extrema del espíritu humano, lo más abyecto coincidió con un real deseo de divinidad, de plena justificación y sentido para la vida. Una alta estima de la aventura y lo épico, de lo mágico, lo misterioso, principalmente en la naturaleza del bosque y las montañas, avivó la percepción del mundo del hombre medieval. Junto con su arte de la luz y las catedrales, de la poesía visionaria de Dante y las gestas artúricas y el Cid.
Con el paso del tiempo, y ya sin su parafernalia de instrumentos de tortura y sus secuestros e interrogatorios, el celo por la ortodoxia se urde hoy por la Congregación para la Doctrina de la Fe, órgano estratégico del conservadurismo católico. Hoy, la Inquisición medieval es recuerdo que impele a pensar en los peligros que amenazan las libertades individuales y la integridad personal bajo el aborrecible expediente de Dios “así lo quiere”.
La actualidad de la Inquisición y sus instrumentos de suplicio conservados y expuestos en museos, son la memoria de las fisuras más oscuras del ser humano. Y son una paradójica demostración de la realidad del infierno que proyectó el catolicismo en valles de fuegos y lamentos. El infierno no fue sólo creencia para atormentar en el otro mundo sino en éste. Los gritos del infierno no eran las lamentaciones en la imaginación literaria de Dante y los nueve círculos infernales, o en las amenazas sacerdotales en los púlpitos. Los gritos infernales eran en realidad los que surgían de las entrañas reventadas, los cuellos sangrantes, los huesos fracturados, los músculos despedazados de las víctimas torturadas por la Inquisición en el fondo de las mazmorras.
Ese infierno sólo ha desaparecido en su forma inquisitorial medieval. Pero sobrevive bajo otras formas del terror y control social en la historia moderna. Sólo una escuela cívica de auténtico cultivo de la tolerancia disolverá alguna vez la perversidad de la mentalidad inquisitorial. Sólo la real valoración de universo del otro, infunde valor y respeto a las muchas interpretaciones del mundo.

* Esteban Ierardo es Licenciado en Filosofía por la UBA. Docente y escritor.

– Este texto fue elaborado por Ierardo a raíz de la inauguración de la muestra “Inquisición, antiguos instrumentos de tortura” traída de Italia por un grupo de coleccionistas europeos, con el reconocimiento del Ministerio de Patrimonio Cultural. Se exhibió en Buenos Aires a fines de 2012 en un espacio de 500 m2 donde se dispusieron más de 50 piezas originales y restauraciones.

(Los enlaces fueron agregados por Cartelera de Historia)

2 comentarios en “Recuerdos de la Inquisición y la tortura

  1. La historia muestra que los inquisidores acudían al suplicio para arrancar la confesión a los presuntos herejes. En su empeño por atenuar la responsabilidad de la Inquisición, los comentaristas católicos han escrito que la tortura también era corriente en los tribunales seculares de la época. Ahora bien, ¿justifica ese hecho semejante actuación de parte de ministros que afirmaban ser los representantes de Cristo? ¿No debieron haber mostrado la misma compasión que Cristo mostró a sus enemigos? Para ver el asunto con objetividad, reflexionemos en una simple pregunta: ¿Habría torturado Jesucristo a los que discrepaban de sus enseñanzas? Él dijo: “Continúen amando a sus enemigos, haciendo bien a los que los odian”. (Lucas 6:27.) La Inquisición no le garantizaba ninguna justicia al acusado. En la práctica, el inquisidor gozaba de poderes ilimitados. “Las sospechas, las denuncias, incluso los rumores, bastaban para que el inquisidor citara ante sí a la persona afectada.” (Enciclopedia Cattolica.) Italo Mereu, historiador de Derecho, afirma que fue la propia jerarquía católica la que concibió y adoptó el sistema inquisitorial de justicia, abandonando el antiguo sistema acusatorio que crearon los romanos. El Derecho romano exigía que la parte acusadora probara su alegato; de existir dudas, era preferible exculpar al acusado a correr el riesgo de condenar a un inocente. La jerarquía católica sustituyó este principio fundamental por la idea de que la sospecha presuponía la culpabilidad y que era al acusado a quien le tocaba demostrar su inocencia. Los nombres de los testigos de cargo (delatores) se mantenían secretos, y el abogado defensor, cuando lo había, se exponía a la infamia y a la pérdida de su puesto si triunfaba en la defensa del presunto hereje. Como consecuencia, admite la Enciclopedia Cattolica, “los acusados se hallaban indefensos. Lo más que podía hacer el abogado era aconsejar al culpable que confesara”.
    http://listas.20minutos.es/lista/el-peor-metodo-de-tortura-de-la-inquisicion-1328/
    http://listas.20minutos.es/lista/metodos-de-tortura-de-la-santa-inquisicion-343777/
    http://listas.20minutos.es/lista/lo-que-la-iglesia-oculta-1-312445/

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