Las Falkland/Malvinas: ¿pueblo o población?

LUIS ALBERTO ROMERO (*) en el RIONEGRO.COM.AR

Según el canciller Timerman, los habitantes de las Falkland –las islas que nuestro Estado denomina Malvinas– son solamente “población implantada”. En su criterio, en la Argentina hay “pueblo”, con valores, aspiraciones y sentimientos. En las Falkland, los implantados tienen apenas “intereses”. El “pueblo” argentino existe desde siempre. En las Falkland, los “implantados” –unos advenedizos– están desde 1833.

En rigor, los argentinos no lo somos desde siempre. Mis abuelos llegaron a principios del siglo XX. Quienes ya estaban aquí los consideraron advenedizos, pero en general ellos habían llegado a fines del siglo XVIII. En ese mismo siglo, un poco antes, llegó una buena parte de los aborígenes que se instalaron en las pampas del sur. En el noroeste algunos llegaron antes, por ejemplo con la expansión de Estado inca, en el siglo XV. Todos ellos, y otros antes que ellos, se abrieron paso a los empujones, y rompieron las cabezas de algunos que ya estaban. El Estado argentino les dio un buen empujón a los aborígenes pampeanos, cuyos imperios le disputaban la soberanía. Los isleños de las Falkland, en cambio, sólo expulsaron a los tripulantes de una corbeta, y ni siquiera se quedaron con el barco.

La Constitución de 1853 convocó a los “hombres de buena voluntad” a poblar el suelo argentino. Resultó muy conveniente para el país. Seguramente los isleños tuvieron sus razones para ser reticentes frente a la posible instalación de argentinos. Al igual que los hombres de 1853, pensaron qué era lo que les convenía. A los argentinos nos pareció que se equivocaban, que se estaban perdiendo algo bueno para sus intereses. En 1982 tratamos de convencerlos. Por algún motivo, no cambiaron de opinión.

¿Los isleños son un pueblo o meramente unos implantados? En la cultura política occidental, desde el siglo XVIII la noción de “pueblo” es tan central como equívoca. En rigor, nunca nadie vio ni tocó al pueblo, pues es un objeto ideal. Decimos que es de una cierta manera y lo creemos, o no.

Hay dos grandes maneras de definir al “pueblo”. Una es la que menciona nuestro canciller, cuando habla de sus sentimientos. Es una versión de raíz romántica, de amplia vigencia en el siglo XX y en el actual, principalmente entre los llamados populismos. El pueblo es uno, homogéneo e irrenunciable. Su esencia –el famoso volksgeist– impregna a los auténticos argentinos y, por defecto, marca a quienes no lo son pero viven mezclados con ellos: la antipatria, en sus variadas apariencias, que debe ser denunciada, denostada y eventualmente eliminada. Como es homogéneo, ese pueblo se expresa políticamente a través de una persona, que lo encarna. Un pueblo, un conductor, solía decirse.

La otra concepción de pueblo remite a los individuos y el contrato social. Un conjunto de ellos deciden vivir juntos, bajo una ley. Pertenecen a esa comunidad en tanto lo decidan o lo consideren conveniente. Pueden ingresar o salir. Pero, cuando están, tienen el deber de acatar el contrato y el derecho de ejercer su ciudadanía. En ese marco, la diversidad del conjunto se expresa en opiniones distintas, que dialogan, confrontan y acuerdan. Sin drama ni ánimo agonal.

En lo personal, esta concepción coincide con mis valores, pero, además, me parece adecuada para explicar lo que ocurre en la historia. Mis abuelos dejaron de ser españoles o italianos y decidieron ser argentinos. Quizá nuestros hijos o nietos decidan otra cosa.

Los isleños están en las Falkland/ Malvinas desde hace casi doscientos años. Desde el punto de vista de la idea de pueblo ciudadano y contrato, no veo cómo puede discutirse su derecho a decidir qué quieren hacer con su vida. Con intereses, sentimientos y valores, igual que cualquier grupo humano.

Naciones Unidas sostiene el criterio de la “descolonización”, y hay acuerdo sobre él. Pero se refiere a “pueblos sojuzgados”, como en su momento fue el caso de Indochina o Argelia. Claramente no se aplica al caso Falkland/Malvinas, a menos que uno multiplique por miles la figura del semimítico “gaucho Rivero”. Es insostenible.

El Estado argentino habla en cambio de “tierras sojuzgadas”. Sostiene que, por razones geográficas e históricas, esas islas pertenecen indiscutiblemente al territorio argentino. Es una idea ampliamente establecida en la conciencia de los argentinos, pero quizá porque no han reflexionado lo suficiente sobre ella. No tengo noticias de que, durante la Creación, Dios haya adjudicado las tierras a los respectivos Estados. Si Él no lo hizo, el resto son cuestiones humanas, históricas; argumentos, derechos alegados, sobre los que puede haber acuerdos o no.

Lo cierto es que los derechos geográficos con los que argumentamos –el mar epicontinental, la plataforma submarina– sólo son aceptados por algunos países. Son argumentos buenos, casi diría muy buenos, pero sólo eso: una base para negociar y no la verdad revelada. A mi juicio, tienen una envergadura menor que las razones fundadas en el derecho de las personas, los individuos, a decidir lo que han de hacer con su comunidad. Ése es el caso del pueblo isleño.

Por eso, pese a todo lo que me enseñaron en la escuela y después en el Ejército, prefiero llamar a las islas Falkland. Y en cuanto a su incorporación a la Argentina, me gustaría que ocurriera. Pero sólo cuando nuestro país llegue a merecerlas y reciba un pedido por parte de los isleños. No es tan difícil. Bastaría con ser un país normal.

 (*) Profesor de Historia. Investigador. Miembro del Club Político Argentino

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