Persecuciones políticas: McCarthy y el Comité de Actividades Antiestadounidenses

en PRODAVINCI

¿Quién era McCarthy? Joseph McCarthy fue un senador republicano que, durante sus diez años en el senado, se dedicó casi exclusivamente a investigar a los funcionarios públicos del gobierno de Estados Unidos que pudieran resultar sospechosos de ser agentes soviéticos o comunistas infiltrados en la administración pública.

Mantuvo un bajo perfil, hasta que en 1950 sacó su lista de 205 supuestos comunistas que estaban trabajando en el Departamento de Estado. No pudo demostrar ningún caso, pero la Guerra Fría y el conflicto bélico en Corea lo convirtieron en una figura popular para los americanistas ultraconservadores. Eso le permitió ser Presidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado apenas llegó la mayoría republicana. O lo que es lo mismo: iniciar una cacería de brujas basada en comparecencias de funcionarios de la administración pública.

Con la excusa de autodenominarse como “el defensor de los auténticos valores americanos”, inició una desmedida cruzada anticomunista que contó con el apoyo de figuras como Richard Nixon. Quienes fueran sospechosos de coincidir con algunas ideas que pudieran vincularse con el comunismo eran presa segura de los perros de presa burocráticos de McCarthy. Tras la persecución a los funcionarios públicos, el macartismo pasó a acosar en los ámbitos militares y llegó hasta la industria de la cultura y el espectáculo. En todas las áreas donde hubiese contacto con el presupuesto público o se ejerciera alguna influencia en la sociedad, McCarthy veía trazas de espionaje y tendencias comunistas.

Los métodos. El problema con los excesos de poder es que suelen encontrar entusiastas seguidores. El anticomunismo que despertó el senador con sus cacerías de brujas alimentó un aparato de soplones y delatores en cada oficina gubernamental que basó sus operaciones en el chisme y obvió durante años la presunción de inocencia.

Cualquier denuncia al Comité del Senado era atendida con presunción de culpabilidad, obligando al acusado a desmentirla y probar que no tenía simpatías con el Partido Comunista. Fueron muchísimos los empleados públicos que no pudieron superar un férreo control de lealtad a la patria que terminó convirtiéndose en una manera de condenar.

El mayor miedo de los ultraconservadores era que los rusos experimentaban con la bomba atómica. El macartismo llegó a acusar a Ethel y Julius Rosenberg de haberle dado a URSS las claves para armarla. Y ya se sabe lo que sucedió con ambos: fueron ejecutados en 1953, tras un controvertido juicio.

Tal fue el alcance y el poder que adquirió esta suerte de Inquisición iniciada por McCarthy que el presidente Eisenhower, electo mientras el senador gozaba de toda su fama de policía del mundo libre, permitió que su secretario de Estado se deshiciera varios colaboradores para no tener que confrontarlo.

El Comité. El organismo que acompañó al apetito de McCarthy durante esos años fue el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Se trata de un grupo que se benefició de las investigaciones que señalaba McCarthy y su gente, aunque el senador nunca estuvo involucrado en el Comité.

Al principio de sus funciones, desde 1934 hasta 1937, el Comité investigaba y advertía sobre la propaganda nazi. Sin embargo, con el paso del tiempo sufrió varias transformaciones hasta convertirse en un ente permanente en el años 1945. En ese momento se decidió que el Comité vigilaría la forma de gobierno que garantiza la Constitución. Y eso significaba investigar a los comunistas.

En 1947, tanto el Comité como el macartismo se enfrentaron a su enemigo más poderoso: la industria de Hollywood. El caso conocido como “Los Diez de Hollywood” consistió en un grupo de personas vinculadas con el cine que fueron acusadas de obstrucción a las labores del Congreso por negarse a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Lo más grave era que los principales estudios apoyaban los excesos de McCarthy, sí que esto llevo a los profesionales involucrados a una lista negra que motivó despidos y condenas hasta que demostraran no ser comunistas, impidiendo ejercer su derecho al trabajo. La complicidad de los estudios ocasionó denuncias a casi cuatrocientos artistas, contando directores, actrices, actores, técnicos y sobre todo guionistas, a quienes muchos compañeros les cedieron su nombre para que pudieran seguir escribiendo y cobrando sin firmar.

El espectáculo contra el miedo. McCarthy basaba su manera de investigar en decir mentiras bien articuladas sobre los acusados y obligarlos a desembarazarse de ellas. Por eso lo denominaron “caza de brujas”, ya que prácticamente era como un inquisidor de la Edad Media. Esto lo fue convirtiendo en una figura más constante en los medios de comunicación, en una especie de fenómeno mediático que terminó encontrándose con los profesionales del sector de las cámaras y las interpretaciones de la ficción.

Uno de los nombres más relevantes involucrados en estos hechos es el de Charles Chaplin. Acusado e interrogado, cuenta en su autobiografía que una de las causas de su incriminación era haber dicho en una ocasión la palabra “camarada” mientras daba un discurso. Cuando le preguntaron qué había querido decir con eso, Chaplin respondió: “Pues precisamente eso. Ya busqué la palabra en el diccionario y los comunistas no tienen la exclusiva de esa palabra”.

Dos de los gestos de repudio al macartismo más importantes tuvieron su origen en Hollywood. En una ocasión, de 41 personas convocadas a comparecer se negaron 19 por considerar que eso iba en contra de la Constitución. Y luego vino la creación del Comité de la Primera Enmienda que conformaron varios ciudadanos, entre ellos casi quinientos profesionales del cine. La difusión de esta acción terminó de convencer a los ciudadanos de que podían oponerse al régimen de miedo y persecución instaurado por McCarthy, gracias a la influencia de figuras como Humphrey Bogart, Katharine Hepburn, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Gene Kelly, John Huston, Orson Welles y Frank Sinatra. Pero también hubo quienes prefirieron colaborar con la causa de McCarthy, como Gary Cooper y Ronald Reagan.

“Buenas noches y buena suerte”. La leyenda del periodismo Edward R. Murrow fue la piedra en el zapato de McCarthy. Lo atacó desde los medios que durante años el senador usó para darle publicidad a su causa: la televisión. El periodismo audiovisual de Murrow consiguió otra pasión dentro de los valores americanos: la libertad de expresión.

Una serie de programas que tuvieron el trabajo de Joseph R. McCarthy, emitidos en 1954, fueron el hito que marcó el fin del poder del senador. Es memorable parte de uno de esos programas: “El principal logro del senador McCarthy es haber confundido a la opinión pública en medio de las amenazas del comunismo. No debemos confundir desacuerdo con traición. Es necesario recordar que una acusación no es una prueba y que una condena depende de la evidencia y del debido proceso de Ley. […] No vamos a seguir caminando temiéndonos unos a otros. No venimos de hombres miedosos, que tenían miedo de escribir, de hablar, de asociarse ni de defender causas que fueran, en su momento, poco populares”. Murrow puso en evidencia que el instrumento que utilizó McCarthy para tener éxito fue el miedo: hacer que los ciudadanos se temieran entre sí, por diferencias políticas o por ser soplones potenciales. Y lo dijo en su momento: “¿De quién es el veredicto? La verdad es que no es suyo. Él no creó las circunstancias para el miedo: él tan sólo las explotó y lo hizo con éxito”.

Al mermar el miedo y salir a la luz la cacería de brujas como una táctica predecible, las estrategias de McCarthy envejecieron rápidamente. Uno de sus errores fue olvidar la influencia de la industria del espectáculo, a la que había empezado a investigar precisamente por ese motivo. La difusión de la resistencia mostrada por estas figuras públicas inspiró a los funcionarios y al resto de los ciudadanos a vencer el miedo y hacer valer sus derechos.

Una moción de censura contra McCarthy en 1954, que muchos atribuyen a su empeño en investigar al Ejército, fue el principio de su ocaso. Y en su caída se llevó también al Comité. Ya en 1959, el presidente Harry S. Truman hizo pública una opinión determinante: “El Comité de Actividades Antiestadounidenses es lo más antiestadounidense que tenemos en la nación”.

Las víctimas anónimas. La épica de los trabajadores del cine es la versión más feliz y conocida del macartismo. Lejos de las cámaras se sufría mucho más, pues los funcionarios públicos que no tenían acceso a los medios fueron durante muchos años las presas preferidas de McCarthy. Las acusaciones infundadas llegaron a causar suicidios, rupturas familiares, despidos injustificados, pérdidas de identidad legal, producto de una actitud fascista que funcionaba en complicidad con el miedo.

A más de cinco décadas de la cacería de brujas, se publicaron más de cuatro mil páginas de transcripciones de interrogatorios secretos. Incluso su política de terror traspasó las fronteras y llegó a influir en procesos similares en países como Canadá, que repetían el modelo macartista de asedio y registro pormenorizado de datos incluso íntimos de los sospechosos ideológicos. La historiadora Ellen W. Schrecker ha dicho que “el macartismo pudo hacerle más daño a la Constitución que lo que jamás hizo el Partido Comunista”.

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