Bombas sobre Guernica, la historia paso a paso

en MundoGeo.es

Decían que sólo querían destruir un puente. Pero el 26 de abril de 1937, cuando los pilotos alemanes de la Legión Cóndor bombardearon Guernica, devastaron toda la ciudad y mataron a cientos de civiles. Fue el primer gran crimen de guerra de la Luftwaffe, las fuerzas aéreas alemanas. Basándose en la obra de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts, El día en que murió Guernica, el autor recrea el antes, durante y después del ataque aéreo, en un relato cargado de emoción.

Lunes, 26 de abril de 1937, poco después de las cinco de la mañana. El cielo sobre Guernica está casi despejado, la borrasca de los últimos días se ha retirado por el golfo de Vizcaya. Sólo unos cuantos cirros reflejan los rayos del sol. El joven panadero Andoni Arzanegi ha dormido mal. Ha pasado la noche encima de los sacos de harina almacenados en el cobertizo detrás de su tahona, situada en la calle Goyen número 11. Estaba tumbado, dos de sus gatos le daban calor, y una y otra vez, el lejano ruido de cañones le arrancaba de su sueño. Pero al menos ha impedido que los ladrones se aprovecharan de la oscuridad para llevarse su harina. Los alimentos escasean en Guernica. Ya al principio de la Guerra Civil, en el verano de 1936, toda la región se había alineado con el Gobierno republicano. Pero ahora el ejército sublevado, encabezado por oficiales falangistas y nacionalistas, ha separado los territorios vascos del resto del país. Y el bloqueo empieza a surtir efecto.

Para comprar un kilo de café en Guernica

Un jornalero tendría que gastarse el sueldo de casi tres meses. Algunos carniceros han comenzado a sacrificar gatos y venderlos como conejos. La situación ha empeorado más con la creciente llegada de refugiados y soldados dispersos que se han retirado precipitadamente del frente y han ido hacia la ciudad. Hambrientos y con los uniformes andrajosos, cientos de ellos pasan el día en la plaza de la Estación. Invaden el Arrién y la Taberna Vasca, los dos mejores restaurantes de la ciudad, e interrumpen el baile vespertino en la plaza delante del colegio. De noche, cuando sopla el frío viento, buscan abrigo tras las lápidas del cementerio y hasta en el convento de monjas de Santa Clara. Ahora, Andoni Arzanegi tiene que constatar que también duermen en su Ford, un modelo de 1929 aparcado delante de la panadería. Han dejado sus fusiles, mochilas y cinturones de balas sobre el capó. Los exhaustos guerreros se han estirado sobre los asientos manchados con la sangre de sus camaradas heridos, para cuyo transporte requisaron el vehículo el día anterior. Diciendo maldiciones, Arzanegi tira el equipamiento al suelo y echa a los soldados del coche. Lo necesita para fingir que hoy es un lunes como cualquier otro. Primero conseguirá gasolina en el taller (a cambio de una tarta de manzana), después, como siempre, comenzará su ronda. 650 clientes están esperando el pan recién horneado. En la tarde de ese 26 de abril, un centenar de sus clientes estará muerto.

Guernica: la ciudad del Árbol

Cuando el bombero Juan Silliaco y su hijo de doce años cruzan el centro de la villa camino de la estación, apenas hay tráfico. Por las callejuelas de Guernica circulan menos carros de madera de lo habitual. En la esquina de la calle San Juan, como todos los días de mercado, espera el viejo vendedor de helados de fruta. Quizá haya venido por terquedad, quizá por costumbre: no tiene nada que vender, su caja está vacía. Silliaco ha madrugado porque quiere que su hijo se suba al primer autobús a Bilbao, un lugar ojalá más seguro. Dentro de pocos días, según cuenta la gente, el enemigo podría llegar a Guernica. Algunos esperan que la ciudad del Árbol, el viejo roble donde los reyes españoles juraban desde hace siglos guardar los fueros de Vizcaya, no será atacada por respeto a su gran tradición. Silliaco no opina lo mismo. Antes de partir, él y su hijo pasan por la estación de bomberos. El muchacho quiere despedirse de los dos caballos que han tirado del carro de los bomberos durante una misión la noche anterior. Con mangueras remendadas, Silliaco y sus colegas tuvieron que echar 300 litros de agua sobre una pensión en llamas.

La primera alarma desde hace seis meses

Los hombres sofocaron el incendio con facilidad. Pero Silliaco, un profesional curtido, duda de si los bomberos de Guernica serán capaces de enfrentarse a un incendio de dimensiones mayores. Las casas de la ciudad, con sus vigas de madera resecas, son auténticas trampas. Las estrechas callejuelas facilitarían la llegada de oxígeno a las llamas, que se alimentarían como a través de un canal de viento. Hace dos semanas, Juan Silliaco ha escrito una carta a la central de bomberos en Bilbao, quejándose de las piezas de unión torcidas de las mangueras y de la bomba de agua poco fiable. Hasta ahora no ha recibido ninguna respuesta. En la estación de bomberos, el mozo de cuadra se les acerca agitado, gritando que unos saboteadores han envenenado el agua potable de la villa. Bajo circunstancias normales, Silliaco haría caso omiso a semejantes rumores. Pero hace semanas que ya no sabe qué creer. En el convento de carmelitas a las afueras de la ciudad, la enfermera Teresa Ortuz se acaba de levantar de su esterilla de paja. La madre superiora la ha desper-tado después de concederle pocas horas de sueño, pues el médico militar Juan Cortés necesita ayuda en el hospital de campo. Teresa Ortuz admira a este cirujano por su tenacidad en la mesa de operaciones y por su manera de tomar el toro por los cuernos. Y lo odia cuando su aliento vuelve a apestar a alcohol y ajo, o cuando vierte cinismo sobre los conductores de ambulancias que le traen casos sin esperanza: hombres con cuerpos acribillados por las ráfagas de ametralladoras.

Hombres destinados a morir

Para ellos, como dice Cortés, no merece la pena malgastar la valiosa gasolina de las ambulancias. Desde hace algunos días, le traen soldados con quemaduras gravísimas: son víctimas de ataques aéreos con bombas incendiarias. También en Guernica crece el miedo ante una agresión desde el aire. Por la noche, las ventanas del convento son tapadas con la tela negra de los hábitos de las monjas. Una red camuflada con hierba oculta la ropa quirúrgica recién lavada y apilada en el patio. Y en el techo, a cualquier hora del día, dos monjas están sentadas espalda contra espalda, escrutando el cielo con prismáticos. De repente, las dos hacen sonar una campanilla. Un ayudante del hospital corre al convento gritando: “Avión, avión”. Pero el aparato ya ha virado y se está alejando. El médico espeta enfadado:

–Si detenemos el trabajo por cada avión que anuncian, no vamos a terminar nada.

Unos 50 kilómetros más al sur, en la ciudad de Vitoria, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, sobrino del legendario Barón Rojo de la Primera Guerra Mundial, ha terminado sus ejercicios matutinos de gimnasia, se ha afeitado y ha salido de su suite del hotel Frontón. Vestido con el sencillo uniforme color caqui de su unidad, atraviesa el hall donde la noche anterior, después de regresar del prostíbulo, sus hombres han brindado con retraso por el cumpleaños de Adolf Hitler, el 20 de abril. Al pasar, Von Richthofen deja caer un sobre en el saco del correo. La carta contiene las páginas más recientes de su diario y está destinada a su mujer.

Sin embargo, es enviada a una dirección ficticia, como todas las cartas de sus hombres. La misión que los 5.000 soldados de la Legión Cóndor desempeñan en España es altamente secreta. Nadie debe enterarse de que las jóvenes fuerzas aéreas alemanas, nacidas en 1935, acumulan experiencia bélica apoyando al ejército nacional español, junto a pilotos de bombarderos de la Italia fascista. En sus líneas, Von Richthofen le describe a su mujer con entusiasmo un ataque de la semana interior en el que los italianos también han sido muy eficaces: “Es fantástico: efecto muy bueno de las bombas, con impactos muy densos. Mejor que las nuestras. Cuando encuentran un objetivo y aciertan, lo que no siempre es el caso, lo arrasan todo”. Hoy, sin embargo, Von Richthofen quiere superar a sus aliados. En el aeródromo de Vitoria, los soldados se dan cuenta de que el teniente coronel está de un humor excepcionalmente bueno. A las 8.30 horas aterriza el avión meteorológico. La predicción para el espacio aéreo sobre el objetivo y el corredor de acercamiento es buena: se espera para esa tarde una nubosidad del 30 por ciento, vientos ligeros de sur a suroeste y una buena visibilidad. El objetivo es Guernica. Ha comenzado el día 271 de la fratricida lucha española. El día en el que la villa vasca se convertirá en el símbolo de una forma de guerra despiadada y hasta entonces desconocida.

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