La dinastía negra del Congreso

La antropóloga Laura Colabella investigó el origen afro de muchos empleados que trabajaron en el Congreso de la Nación desde 1825 en adelante. Es un aporte al enigma sobre la “invisibilidad” de una comunidad.

por Inés Hayes en Revista Ñ

Fue su adolescencia en Salvador de Bahía lo que llevó finalmente a la antropóloga Laura Colabella a investigar sobre Los negros del Congreso. que derivó en un libro publicado por la editorial Antropofagia-CAS-IDES. Ella estaba, precisamente, en ese lugar considerado el “estado negro” del Brasil, donde la población negra y su pasado esclavista tenían una amplia visibilidad.

Los “negros del Congreso” son aquellos trabajadores de ascendencia africana que por filiación accedieron a cargos –en su mayoría tareas de limpieza y mantenimiento– en el Poder Legislativo. Aquella experiencia le impidió aceptar la tan extendida premisa de que en la Argentina la población negra había desaparecido en las guerras por la independencia o que había sido afectada por la epidemia de la fiebre amarilla. En su trabajo de campo, basado en entrevistas en profundidad, Colabella descubrió que el ingreso de estos trabajadores no obedecía a una ley que los incorporaba con carácter hereditario, como lo demostraban las crónicas periodísticas de la época, porque esa ley nunca apareció.

-¿Cómo se explica que si no había legislación que estableciera los cargos hereditarios, los medios de comunicación de principios y mediados de siglo XX, comunicaran que sí existía y el ingreso de los nuevos trabajadores se efectuara como si la hubiera?
-Los relatos de mis interlocutores coinciden en señalar que están “allí” por una ley. Pero no debemos perder de vista que los investigadores sociales y los periodistas no siempre tenemos los mismos objetivos. Los periodistas retrataban a estos trabajadores de manera pintoresca como quienes “honran a su raza” por ocupar los puestos de maestranza y mayordomía, y a quienes se presentaban como formando parte del decorado del palacio legislativo, al usar uniforme y guantes blancos en ocasiones extraordinarias. Su propósito no era más que ese, señalar el pintoresquismo que les provocaba la presencia de negros, en uno de los tres poderes de un Estado construido como “europeo” y “blanco”. Para así producir aquello que se conoce como “nota de color”: ¡qué casualidad! Por el contrario, para nosotros, antropólogos, ese pintoresquismo es un aspecto que hay analizar detenidamente. Por esa razón, mi primer propósito fue atravesar las puertas del Congreso para buscar “la ley” que, como decía, nunca apareció; y luego buscar a “los negros” para conocer a qué se referían con el término “ley”. 

-¿Cómo llegaste a determinar aquello que llamaban “ley”?
-Fue mediante sus relatos que pude descubrir que aquello que los protagonistas denominaban “ley” y, que los medios de prensa reproducían literalmente, cobraba otro sentido que el de las leyes sancionadas por las cámaras de diputados y senadores destinadas a legislar fuera del palacio legislativo, en el ámbito nacional. Por el contrario, lo que mis informantes referían como “ley” era más bien una “ley puertas adentro”, es decir, era la forma nativa de referir al reclutamiento por filiación, una práctica muy extendida y presente en diversas reparticiones estatales en la que el hijo primogénito pasaba a ocupar el puesto dejado vacante por el padre, un mecanismo no sólo restringido a los negros sino a todos los trabajadores estatales.

-¿Pero, entonces, cómo funcionó la raza en la incorporación de los trabajadores de ascendencia africana al Congreso de la Nación en el contexto del Estado invisibilizador argentino?
-Quien habló de invisibilidad, para la población afrodescendiente de Buenos Aires, fue el historiador norteamericano George Reid Andrews, en su célebre Los afroargentinos de Buenos Aires (1989). Con ese término, designó al mecanismo por el cual se logró eliminar gradualmente la categoría racial en los censos y estadísticas oficiales. Ese “ardid estadístico” consistió en reemplazar las categorías raciales de “pardo” y “moreno” por la de “trigueño”, primero y “blanco”, después. Algo similar descubrí en el Congreso cuando pedí consultar los legajos de los ordenanzas en el Archivo del Senado. Uno de sus funcionarios, me indicó que debía tener los nombres de “los negros” puesto que en los legajos no se registraba si el ordenanza era “blanco”, “negro” o “amarillo”. Sin embargo, dichos trabajadores eran notablemente visibles para el resto de los trabajadores congresales. Cuando al inicio de mi investigación, preguntaba por el nombre de alguno de ellos en diversas dependencias del Palacio, me solían responder “ah, el negro” o “el morocho”; indicándome también la cámara y la dependencia a la que pertenecían. En definitiva, si bien la raza al interior de un poder del Estado cobraba visibilidad, no era absolutamente definitoria ni operativamente significativa en términos prácticos de la vida de estos empleados estatales. Pues en sus relatos, ellos revelan ingresar del mismo modo que el resto de los trabajadores del Congreso: en el puesto dejado vacante por el padre. Un procedimiento que incluía mecanismos formales e informales como ir a ver a “fulano”.

-¿Cómo se concretaba ese procedimiento de ver a “fulano”?
-Esto es, ir a ver a un legislador que concrete el ingreso, en caso de haber puestos disponibles en el escalafón legislativo. Dado que éste último es quien legitima filiación entre el solicitante y el agente fallecido. Era una práctica ancestral que se remontaba a los orígenes mismos de la organización estatal moderna. En suma, los “negros del Congreso”, por su visibilidad racial, lograban añadir, con su presencia, una visibilidad extra; que correspondía al modo en que el Estado argentino reclutaba a sus trabajadores entre los hijos de sus agentes fallecidos. Lo que dio lugar a la constitución de verdaderos linajes en diversos sectores de la burocracia estatal.

-¿Por qué los entrevistados se refieren a su ingreso a la planta legislativa con los términos “dinastía” o “tradición”?
-Las nociones de “dinastía” y “tradición” son los términos con que ellos denominan su pertenencia a un linaje. La idea de “dinastía” es referida por una de las familias de trabajadores negros más renombrada del Congreso, cuyos miembros reconocen su antepasado negro en un sirviente que se desempeñó como esclavo en la casa de un marino genovés, que llegó al Río de la Plata en 1825; y participó junto al almirante Brown en la guerra contra el Brasil. Dicho marino le concedió el apellido a su sirviente y con él también honorabilidad por haber participado en las luchas y enfrentamientos por la organización nacional, leal a la causa de Buenos Aires. Fue el apellido lo que se tornó clave para el ingreso de estos descendientes al Congreso, constituyéndose en una de las primeras familias “de morochos” en el Poder Legislativo. Por el contrario, el término “tradición”, es utilizado por otra de las familias de trabajadores afrodescendientes que traza su descendencia ya no de un antepasado esclavo, sino de un antiguo ordenanza de la Cámara de Diputados reconocido por su plena dedicación al parlamento y por haber servido a destacadas figuras de la política nacional. En suma, las nociones de “dinastía” y “tradición” son los modos en que estas familias vinculan su condición de negros al interior del Palacio y de la planta burocrática.

-¿Por qué los negros del Congreso te han permitido recuperar la noción de “teodicea secular”?
-La noción de “teodicea” fue acuñada por el sociólogo alemán Max Weber. Weber vinculó ese término a la religión más concretamente a la idea de creencia, a la forma general de resolver la contradicción entre la concepción de un dios perfecto con poderes infinitos y un mundo imperfecto creado por él. Se trataba de un concepto que buscaba justificar el lugar que cada agente social ocupaba en un universo social pensado en términos nacionales. En ese sentido, la “teodicea” de “los negros del Congreso” es un relato en que las nociones de “dinastía” y “tradición” pueden leerse como los modos en que estos interlocutores justificaron su ingreso a la planta burocrática y que se extendía a todos los trabajadores estatales más allá de su adscripción racial.

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