Kennedy dijo: “Soy un berlinés”, y dio a la ciudad una nueva esperanza.

por Stephen Evans en BBC News, Berlin

El discurso “Soy un berlinés” de John F. Kennedy fue un mensaje de solidaridad hacia Berlín Occidental en el apogeo de la Guerra Fría. Unos 50 años después, una serie de fotografías nunca vistas de esta visita a la ciudad tienen el poder de recrear el drama del momento. No hay duda de que el discurso de Kennedy fue uno de los grandes discursos de la Historia.

Ahora es difícil imaginar aquellos tiempos apremiantes, pero hace 50 años el mundo estaba dividido en dos bloques: el Oriental y el Occidental, cada uno con arsenales de misiles nucleares apuntando hacia el otro. El campo de batalla de esta contienda nuclear sería Europa, y Berlín era su centro. Berlín Occidental, integrado por los sectores norteamericano, inglés y francés, era una isla de capitalismo en el sector comunista soviético de Alemania, también conocido como República Democrática Alemana. Había un muro rodeando la ciudad -el alambre de púa y las primeras etapas del Muro de Berlín habían sido erigidas sólo 22 meses antes del arribo de Kennedy.

Y justo ocho meses antes del discurso, Kennedy había puesto cabeza abajo al líder soviético, Khrushchev, con los misiles en Cuba. Había una posibilidad real de guerra nuclear. Realmente el miedo estaba en el aire.

Una persona ya había sido derribada tratando de volar desde el Este hacia Berlín Occidental. Y estaba fresco que las autoridades de Alemania Oriental y de la Unión Soviética habían cancelado los suministros para los sectores occidentales de la ciudad, provocando que se debieran arrojar desde el aire dichos suministros -cerca de 5.000 toneladas al día.

En medio de estos tiempos tensos y peligrosos apareció el carismático Kennedy, joven líder de 46 años. Pasó cuatro días en Alemania, pero fue su visita a la isla de Berlín Occidental el 24 de junio de 1963 lo que cautivó los ojos del mundo.

Y los ojos del joven fotógrafo Ulrich Mack fueron comisionados por la revista Quick para cubrir el viaje. Mack tomó 400 fotografías con seis cámaras Leica, cada una con diferentes lentes, pero sólo seis de ellas fueron publicadas, y ninguna en la portada. Mack le dijo a la BBC que el resto había permanecido en una caja en su hogar hasta que un amigo le preguntó de dónde eran. Aquellas fotografías fueron reunidas por los editores Hirmer en un libro, Kennedy en Berlín, editadas por Hans-Michael Koetzle.

De aquel día, cuando 400.000 personas escucharon a Kennedy pronunciar la cita inmortal: “Ich bin ein Berliner”, Mack recuerda poco, excepto que hacía calor y que él estaba frenético por tomar la mejor foto: “Estaba loco por la fotografía”, dice.

Mack fue ubicado en un camión para dispositivos novedosos llamados cámaras de televisión. Esto significaba que tenía una mejor perspectiva que la mayoría de otros fotógrafos de prensa y que tenía mayor movilidad. El camión se movía adonde Kennedy iba y Mack se movía con ellos.

Lo que impresiona es que cuando uno habla hoy con Mack es cuán indiferente estaba él de la significación histórica de ese momento. Para él no era un gran momento en la Historia sino una gran oportunidad de tomar fotografías, particularmente unas que fueran mejores que las de sus rivales. Por ejemplo, ¿habló el fotógrafo alguna vez con el presidente? “Habría obtenido algo mejor si hubiera hablado con él? No.”, responde. “Hacía mucho calor y yo estaba buscando la mejor foto. Yo era sólo un gran ojo con seis Leicas. Y éste fue el mejor trabajo que he hecho.”

Las imágenes capturan la intensa excitación de lo que es por momentos una escena frenética -la muchedumbre surgiendo para darle la mano al joven presidente. Por entonces pocos estaban preocupados por la seguridad -tendría que suceder Dallas casi cinco meses después para revelar cuán en peligro estaba Kennedy.

Los diarios han sostenido que a Kennedy no le gustó Alemania -él había luchado en la guerra y estaba inseguro sobre el progreso económico que estaba logrando el perdedor de la guerra. Spiegel puso en titulares: “A John F. Kennedy no le gustan los alemanes”. Pero Berlín cambió eso. Recibió la bienvenida de cientos de miles de personas. Este líder magnético pareció tan diferente del austero Konrad Adenauer de Alemania o del británico Macmillan -remilgado, aristocrático y hombre del viejo mundo-, o de la falta de gracia del brutal Khrushchev.

Como describió por entonces el New York Times. “A lo largo de la ruta desde el aeropuerto de Tegel hasta la sede de la misión de los Estados Unidos en el rincón sudoeste de Berlín, multitudes ondulantes aplaudían alineadas a cada paso del camino. Las multitudes debieron igualar aproximadamente la población de la ciudad, pero muchas personas saludaron una vez y luego se adelantaron para saludar al Sr. Kennedy nuevamente.”

El presidente norteamericano no ofreció el discurso ante la Puerta de Brandenburgo, a diferencia de Reagan en 1987 y de Obama en el 2013. El icónico monumento que simboliza a Berlín estaba justo en la ruta del Muro.

Kennedy iba en el asiento trasero de una limusina con el techo abierto, sentado al lado de Willy Brandt, por entonces alcalde de Berlín y más tarde Canciller de Alemania, y de Konrad Adenauer, el Canciller titular.

La Puerta de Brandenburgo en sí misma estaba dentro de Alemania Oriental y las autoridades habían cubierto sus arcos con insignias rojas, tapando la vista del lado oriental. También estaban alertas a toda oportunidad de tomar alguna fotografía y habían ubicado allí un cartel, apuntando hacia el oeste, que enumeraba, en inglés, una serie de objetivos: “Para desarraigar el militarismo alemán y el nazismo; para arrestar a los criminales de guerra y llevarlos ante la justicia, etc.”, y luego una pregunta directa. “¿Cuándo serán cumplidos estos compromisos en Alemania Occidental y Berlín Occidental, Presidente Kennedy?”

Hubiera sido altamente provocativo para Kennedy dar este discurso allí, en la Puerta de Brandenburgo. En cambio, lo hizo en los escalones de la alcaldía del suburbio berlinés de Schoneberg. Alrededor de 400.000 personas se reunieron en la plaza cuando él habló. Y ellas estallaron al escuchar la línea que resonó alrededor del mundo. Había estado jugando con la frase durante algunas semanas previas. La había discutido con su escritor principal de discursos y con asesores que lo ayudaban con su alemán pronunciado con su acento arrastrado bostoniano, que, según es admitido generalmente, era bastante pobre.

Pero esta frase no estaba en la transcripción tipiada del discurso -él la agregó con su propia letra. Parece que estaba improvisando, yendo más allá de lo que sus asesores le habían sugerido.

Por cierto, al líder soviético Nikita  Khrushchev le pareció provocativo. Unas semanas antes, Kennedy había dado un discurso que parecía -al menos para Khrushchev- sugerir una relación más constructiva y cooperativa entre las dos grandes potencias. Se dijo que el líder soviético afirmó después del discurso de Berlín que ambos discursos debían haber sido escritos por dos personas distintas.

¿Es que, insertando la palabra “ein” en “Ich bin Berliner” -la forma normal conversacional de decir “Soy un berlinés”- dijo sin querer que era un buñuelo de mermelada (jam donut)? A menudo se ha dicho esto, pero los berlineses de la variedad humana te dirán que un buñuelo de mermelada en Berlín no se llama un “berlinés” (aunque sí en el sur del país), así que aquel día nadie se rió. Y de cualquier modo, la palabra agregada “ein” puede ser utilizada para añadir énfasis.

Y de cualquier modo, ¿quién puede dudar de la grandeza de ese discurso? Kennedy se conectó con un pueblo sitiado y que eran los sobrevivientes de una guerra mundial que sus parientes habían comenzado y seguido hasta la mayor destrucción y derrota. Los berlineses lo amaron. Y él cimentó la visión -en el mundo y en el Kremlin- de que la ciudad era parte irrevocable de Occidente.”

Kennedy in Berlin, editado por Hans-Michael Koetzle, fotografías de Ulrich Mack, es publicado por Hirmer.

(Traducción ad hoc por Cartelera de Historia.)

 

 

 

 

 

 

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