¿Quién fue el primer jefe de la Iglesia Católica?

Santiago el Justo –primer obispo de Jerusalén y líder de un grupo judeocristiano pionero– pudo ser, según esta investigación, el primer Papa de la comunidad cristiana.

Basílica de Santa María, Jerusalén. Allí dentro se guarda la Historia de los fundadores del cristianismo.

POR FRANCISCO GARCIA BAZAN en Revista Ñ

Pocos lugares sagrados de Jerusalén ejercen mayor atracción para los cristianos que la Basílica de Santa María (Hagia Maria) en el monte Sión. Entre sus muros se encuentran espacios que han albergado hitos fundadores del cristianismo: la última cena de Jesús con sus discípulos, el lavatorio de los pies, la aparición del Cristo Resucitado a Tomás, Pentecostés y la convivencia de los discípulos y discípulas con María madre, hasta la dispersión apostólica. Lecturas piadosas sostienen que María vivió aquí hasta su dormición y ascenso a los cielos.

Allí también surge la figura de Santiago el Justo como el primer obispo de Jerusalén y cabeza (papa) de una comunidad-iglesia judeocristiana anterior a Antioquía y Roma. Aquí se descubre la primera etapa del papado que no es “católico, apostólico y romano”, sino “ecuménico, davídico y judeocristiano”.

Por otro lado, la Basílica guarda un escrito gnóstico El evangelio de Judas –, que varía el cuadro familiar de los evangelios canónicos que ubican la entrega de Jesús por Judas Iscariote en el Monte de los Olivos, escribe: “Murmuraban sus sumos sacerdotes porque (Jesús) había entrado en la sala del primer piso para su oración. Algunos escribas estaban allí vigilando atentamente para arrestarlo en el lugar de oración…” Y se aproximaron a Judas y le dijeron: “¿Qué estás haciendo aquí? Tú eres el discípulo de Jesús. Judas en cambio les respondió como deseaban. Recibió, sin embargo, algo de dinero y se los entregó”.

El dramatismo de la entrega evangélica en el huerto de Getsemaní ha desaparecido, pero la sala del Cenáculo ha adquirido un nuevo protagonismo, que en los Hechos de los Apóstoles se extendía amortiguado hasta el año 42, cuando Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, es ejecutado por Herodes Agripa y Pedro después de algunas vejaciones se traslada a Antioquía de Siria. Los seguidores de Jesús siguen reuniéndose en la sala alta, hacen sus oraciones en el Templo y Santiago, el hermano del Señor y testigo de su Resurrección, es el reconocido como guía espiritual del grupo, cuyos miembros se mantienen unidos y se conocen como “nazarenos”.

Por el año 52, Santiago –un pariente–, con Pedro y Juan –protoapóstoles– integran una terna que está al frente de la comunidad de Jerusalén. Son “las columnas”, según escribe Pablo. Pero el guía de la Iglesia de Jerusalén va a correr en el año 62 la misma suerte que antes tuvieron el helenista Esteban y el aludido Santiago de Zebedeo va a ser condenado a la pena capital.

Lo importante en este momento es advertir que cuando los parientes de Jesús y los discípulos se reúnen para elegir al reemplazante se deciden por Simeón bar Kloppas, o sea, Simón hijo de Cleofás, el primo hermano de Jesús. Esto indica que en la comunidad de Jerusalén la sucesión de los guías espirituales, de los obispos que han de cuidar y dirigir al grupo, obtienen su legitimidad del parentesco.

Trece obispos judeocristianos

Esta explicación la confirma claramente el cronista judeocristiano Hegesipo, quien la escribe en sus Memorias , las que lee y transcribe el historiador cristiano y obispo también palestinense, Eusebio de Cesarea. Pero con esta sustancial noticia aparece otra información, si cabe más sugerente. Se aclara que en el trámite de la elección episcopal hubo una puntillosa diferencia. Entre los candidatos al cargo hubo un judeocristiano, Tibutis, que siendo sacerdote estuvo en desacuerdo con la elección, porque sostenía que el sacerdocio estaba por encima del parentesco y que a él le correspondía mantener la línea de sucesión.

Es probabilísimo que Tibutis formara parte del grupo de sacerdotes (kohanim) que se convirtieron al cristianismo en los primeros años y que estos sacerdotes fuesen de origen esenio. También sostiene Hegesipo, seguido por Eusebio que ocupa un lugar tardío en la fila de los heresiólogos comenzada por Justino de Roma e Ireneo de Lión (siglo II), que con la conducta díscola de Tibutis –porque él ambicionaba ser obispo– tuvo lugar el comienzo de las herejías, y que la iglesia que en sus orígenes era virgen, ahora aparecía corrupta.

Lo descrito ha girado sobre un grupo de judeocristianos cuyo centro de concentración fue la antigua casa del Cenáculo, pero que cuando en la guerra del 66-70 Vespasiano destruye Jerusalén y el Templo, emigran con Simón de Cleofás a Petra, al otro lado del Jordán. Concluidas las hostilidades parte del grupo vuelve a su antigua residencia en la cima de la colina que ellos han redenominado de Sión y que reconstruyen como una casa-sinagoga.

Parcialmente han levantado la construcción con piedras abandonadas del Templo desmantelado. El tiempo que sigue es un período de normalidad durante el que se han sucedido trece obispos judeocristianos. Pero cuando tiene lugar la rebelión de Simeón bar Kohkeba, estos seguidores de Jesús, siguen siendo tan judíos de cultura, como cristianos de religión, por eso se niegan a pelear a favor de Bar Kohkeba, porque aceptar su mesianidad equivalía a renegar de Jesús el Nazareno, el verdadero Mesías, y soportan valerosamente las torturas a que los someten (Justino, 1 Apol. 31,6). Posteriormente estos judeocristianos continúan observando discretamente sus normas religiosas durante los años en que Jerusalén se ha transformado por decisión del emperador Elio Adriano en Aelia Capitolina.

Durante estos casi dos siglos si bien la existencia y religión de los judíos está prohibida en Jerusalén, los cristianos pueden proseguir una existencia reservada.

En efecto, algunas de sus huellas sagradas arcaicas han desaparecido. El ejemplo más notable es el complejo edilicio de la Basílica de la Resurrección, rescatada y reconstruida por Constantino el Grande gracias a los desvelos de su madre, Santa Elena y de su suegra Eutropina, pero la iglesia sinagoga de Hagia María transmisora de la forma de piedad judeocristiana, se conservó ininterrumpidamente hasta fines del siglo IV, constituyendo la reliquia más antigua del cristianismo de los creyentes judíos emparentados con el Señor.

Por eso durante el siglo IV todavía se conservaba: “El trono de Santiago, el primero que recibió del Salvador y de los apóstoles el episcopado de la iglesia de Jerusalén”. Fue décadas después del Concilio de Nicea, cuando estos insólitos cristianos que la normalidad ortodoxa de la Roma de la mitad del siglo II observaba como una extraña especie cristiana casi extinguida (Justino, Diálogo con Trifón 46-48) y un poco más adelante como de difícil identificación en Alejandría, comienza también a desaparecer en Israel.

El mensaje mesiánico

Durante los tres siglos anteriores, cuando se inició la aparición pujante del cristianismo romano, el motivo de la pérdida de la primacía judeocristiana fue diverso y es posible detectar su rápido deterioro. Mientras que Santiago, el Hermano del Señor, y primer obispo de Jerusalén estuvo al frente de la comunidad primitiva hierosolimitana con sede en el Cenáculo, su matriz fue judeocristiana; con su sucesor Simeón de Cleofás, se mantuvo el estatuto, aunque con altibajos fuera de Palestina.

Efectivamente, durante la década del 70 surge en Antioquía de Siria impulsada por Pablo una corriente antijacobita que se comprueba fortalecida en la tradición del Evangelio de Mateo, es ésta la corriente que enaltece a Pedro, que apoya, agregando el elemento antidocético, al episcopado antioqueno (Evodio, Ignacio de Antioquia) y a la pareja apostólica Pedro-Pablo (Roma, I Carta a los Corintios de Clemente), dando fundamento histórico al estilo de pontificado bimilinario que sigue teniendo vigencia.

Se puede concluir, por lo tanto, que el papado cristiano que mantiene vigencia es “católico, apostólico, romano”, es decir, universal, apoyado en Jesucristo por medio de los apóstoles, como el primer eslabón de la transmisión, y que se continúa desde la sede romana iniciada por Pedro (Pablo). Mientras que el papado que le precedió cronológicamente y que quedó sumergido en la sombra, el de la tradición judeocristiana, fue “ecuménico, davídico y jerosolimitano”. Su fin era que el mensaje mesiánico llegara hasta el último habitante de la tierra, a través del linaje davídico –una dinastía de reyes y sacerdotes–, y con sede en la ciudad santa de Jerusalén.

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