El cráneo de Lombroso

Al fundador de la psicopatología forense, Cesare Lombroso, se lo recuerda sobre todo por sus teorías que vinculaban la delincuencia con determinados rasgos físicos, y estos, a su vez, con el atavismos de ciertas formas de vida.

POR IVANA COSTA en Revista Ñ

El hombre delincuente. Obra de Lombroso.

A fines de 2009, la Universidad de Turín abrió al público el Museo de antropología criminal Cesare Lombroso, que reúne la que fue inicialmente una colección privada del fundador de la psicopatología forense, enriquecida por donaciones públicas y privadas, a lo largo de más de un siglo de vida exclusivamente universitaria.

A Lombroso se lo recuerda, sobre todo, por sus teorías que vinculaban la delincuencia con determinados rasgos físicos (fisiológicos y fisonómicos) y estos, a su vez, con el atavismo de ciertas formas de vida. Cabal representante del positivismo decimonónico –que influyó también las teorías de otros positivistas, como el argentino José María Ramos Mejía—desarrolló con metodología analítica un sistema científico “hoy definitivamente superado”, según aclara, terminante, el portal del museo. Pero la que no ha sido ni remotamente superada es la herida infligida por el médico veronés a la corrección política de algunos de sus connacionales, que ven al Museo no como lo que es –la exhibición de un modo de hacer ciencia (esto es: conocimiento hipotético, provisorio y “superado”)– sino como el oscuro paradigma que rige, inconscientemente, la conflictiva relación Norte-Sur. Como una amenaza a la convivencia democrática y a los valores de la equidad y la justicia social.

El “comité científico No Lombroso” nació, de hecho, a poco de abierto el Museo con la firme convicción de ser la encarnación de “una ética, una escuela de pensamiento, un proyecto unísono”. La suya es, dicen, “una lucha que compromete a intelectuales, investigadores, ciudadanos, criminólogos, instituciones”. Su primera victoria es la orden que libró el año pasado un juez de la localidad calabresa de Lamezia Terme, reclamando al Museo el cráneo del campesino Giuseppe Villella, quien inspiró a Lombroso la teoría del “delincuente nato”.

Condenado “tres veces por robo y por el incendio de un molino, con fines de robo”, anota Lombroso en Etnografía y medicina social en Italia, Villella murió en prisión, en 1864, “de tisis, escorbuto y tifus”. Sus restos no fueron entonces –ni hoy—reclamados por su familia. Los reclama el juez como reivindicación de toda la localidad de Motta Santa Lucia (878 habitantes), de donde Villella era oriundo.

El cráneo pasó a ser tema de Estado y disputa ideológica. “Lombroso no se apropió del cráneo de forma abusiva: respetó la ley, que permitía emplear restos de fallecidos en la cárcel sometidos a autopsia”, protestó Giacomo Giacobini, director de la Asociación de Museos Científicos y profesor de Anatomía para el área de Neurociencias de la Universidad de Turín. Pero sus argumentos no fueron convincentes. En un manifiesto del “comité científico No Lombroso”, se compara al cráneo de Villella con una moderna Antígona, que clama por un derecho natural más sagrado que el derecho positivo. (El contraargumento del juez Gustavo Danise, aunque exagerado, es más estimulante: ante la defensa del Museo, que manifiesta no tener intenciones de promover concepciones erradas sino de documentar un modo de hacer ciencia, Danise replica que eso sería como retener a un inocente que terminó en la cárcel, aun después de admitido el error judicial, “como testimonio de los errores que puede cometer la justicia penal”).

El “comité científico No Lombroso” instaló un eslogan: “Museo de los horrores”. Y un ignoto integrante de Cinque Stelle –el partido político del ex cómico Beppe Grillo, que funda su legitimidad en un manifiesto desprecio por los demás partidos políticos—propone ahora sumar al programa de Cinque Stelle “la clausura definitiva del Museo”.

¿Sobrevivirá el Museo Lombroso? Chi lo sa. Por lo pronto, la polémica sirvió para que Bompiani se decidiera a publicar, por primera vez en forma íntegra, las más de dos mil páginas de El hombre delincuente , obra cumbre de Lombroso, escrita entre 1876 y 1897.

Otros se tomaron el asunto con simpatía: La Vita Felice publicó un divertidísimo texto, Bycicle and Crime, donde Lombroso advierte sobre “la extraordinaria importancia de la bicicleta, ya sea como causa o como instrumento del delito”.

Si te interesa el tema, podés leer:

Este texto de Manuel Seixas.

LA CLASIFICACION DE LOS DELINCUENTES SEGUN LOMBROSO

El artículo correspondiente de la Wikipedia Criminológica.

Vida de Lombroso, por Gina Lombroso de Ferrero (pdf)

También podés leer alguno de estos excelentes textos de la historiadora argentina Lila Caimari.

La Ciudad Y El Crimen. DELITO Y VIDA COTIDIANA EN BUENOS AIRES 1880 – 1940. Editorial: SUDAMERICANA, 204 páginas

Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la. Argentina, 1880-1955, Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, 2004.

Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945. Siglo XXI, Buenos Aires, 2012.

Mientras la ciudad duerme es un ensayo sobre la cuestión del orden en la Buenos Aires de las décadas de 1920 y 1930. En plena expansión demográfica y urbana, modernizándose rápidamente, la ciudad exhibe los frutos de la movilidad social, pero también sus límites y puntas disonantes.

Lila Caimari reconstruye los extraordinarios cambios de la época a partir de dos puntos de observación. Por un lado, la crónica del crimen, jalonada por persecuciones, tiroteos y fugas vertiginosas, a la manera de la historieta de aventuras. Por el otro, los archivos de la policía porteña, que permiten observarlas mutaciones del delito y también las de la ciudad. Al incursionar en el universo de la Policía de la Capital (futura Policía Federal), este ensayo observa a los agentes que dicen conocer como nadie lo que ocurre en las calles, que documentan lo grande y lo nimio, que informan sobre la circulación entre la ciudad y su entorno.

Historia del delito e historia desde el delito, el libro sigue la ruta de los pistoleros “modernos”, aquellos que munidos de armas y autos se esfumaban de la escena del crimen “como en el cinematógrafo”. Y se interesa también en el punto de vista del “vigilante de la esquina”, aquel que permite inferir cómo se organiza un orden callejero, cómo operan las tecnologías estatales de percepción del desorden, cuán porosas son las fronteras entre lo legal y lo ilegal.

 

 

 

 

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