La REALPOLITIK: la época de la Paz Armada y la Gran Guerra

CAMINANDO HACIA EL ABISMO.

 

El historiador David García Hernán publica en Punto de Vista Editores Historia universal. XXI capítulos fundamentales. Reproducimos a continuación un fragmento del epígrafe aparecido en la página Anatomía de la Historia .

[…]

La Gran Guerra

Su dimensión histórica

La Gran Guerra, por supuesto, tiene una extraordinaria importancia histórica y 1914 parece romper ese viejo esquema historiográfico de que una fecha es tan sólo un símbolo o punto de referencia, más didáctico que otra cosa, para dividir las etapas históricas. El mundo va a acudir por vez primera a un conflicto a escala planetaria, donde empieza ya a cobrar forma real aquella inquietante máxima de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre. Nunca antes se había estado tan cerca del abismo y, desde las grandes crisis de la Prehistoria, no se había presentado tan clara la posibilidad de la propia desaparición de la especie humana. Por eso, la Primera Guerra Mundial, por mucho que produjera menos víctimas que la Segunda, es la Gran Guerra, la madre de todas las matanzas y la que, se supone, debía dejar, ante el impacto producido, una huella marcada entre los hombres para que nada parecido pudiera suceder. Nada más lejos de la cruel realidad.

Para llegar a comprender cómo se pudo desatar aquel enorme desatino, hay que fijarse, en primer lugar, en los espacios abiertos por las tres ideologías que marcaron el devenir del siglo anterior, y que van a estar presentes también durante todo el siglo XX. El nacionalismo extremo, es decir, la exaltación de los valores patrios hasta extremos deshumanizadores, como tan magníficamente puso de manifiesto la extraordinaria película de Kubrick Senderos de gloria, se va a convertir en decisivo. Pero también el imperialismo, visible por ejemplo en los botines de guerra intercambiables de las potencias europeas, e incluso el liberalismo. Con respecto a este último, los conflictos político-sociales internos de los países y, especialmente, la cruzada por la democracia que emprende Estados Unidos frente a los regímenes autoritarios de las naciones centrales, tuvieron mucho que ver en la disposición estratégica de las potencias en la época de la Paz Armada, y serán determinantes en la Gran Guerra. De tal forma que, a la altura de 1914, no había una inmensa razón de conflicto, pero sí una muchedumbre de antagonismos y rivalidades más o menos graves que se encontraban a flor de piel para envenenarse. Y en tal extremo que sólo hacía falta un chispazo en cualquiera de las bases de los sistemas de alianzas para que todo estallara por los aires.

El asesinato a manos de un terrorista serbio en Sarajevo, en junio de 1914, del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona imperial austro-húngara, fue la provocación. Al principio parecía un incidente que se podía superar, pero ya el mismísimo Bismarck, con su finísimo olfato, había pronosticado poco antes de morir que “alguna maldita idiotez, que pasará en los Balcanes, desencadenará la próxima guerra”. Y en efecto, ante el ultimátum dado a Serbia por Austria para que los policías austriacos intervinieran en la investigación y la consiguiente negativa, se llegaría, en última instancia, a la guerra. Detrás de Serbia estaba Rusia, que jugaba desde hacía tiempo el papel de protectora de los pueblos eslavos del sur, y estaba muy atenta a sus ambiciones políticas, religiosas y de prestigio. Y detrás de Austria-Hungría, Alemania, que tenía la necesidad vital de que lo que quedaba del Imperio Austriaco fuera fuerte para no quedarse aislada, y que, incluso, barajaba la posibilidad de conseguir grandes avances merced a una victoria que nadie entre los germanos dudaba. Al fin y al cabo, Alemania no tenía la certeza de que Francia y Gran Bretaña iban —como lo hicieron más tarde— a intervenir. Pero se dio una especie de efecto dominó infernal, y todas las naciones fueron entrando, una a una, en el conflicto en virtud de los acuerdos firmados sobre la base, principalmente, de la Triple Alianza (los llamados países centrales) contra la Entente (los aliados), pero también, cómo no, con las miras puestas en los intereses particulares sobre los posibles beneficios que traería la guerra para cada uno.

Este dinámico y letal panorama se generalizó hasta tal punto que el conflicto llegó a tener límites mundiales y hasta los partidos socialistas y el movimiento obrero, que ideológicamente estaban enfrentados en principio antes de la guerra, tuvieron un repentino fervor patriótico que se olvidaba de la solidaridad internacional entre las clases oprimidas. La Segunda Internacional constituyó así un auténtico fracaso y se encontraron todo tipo de justificaciones para seguir la guerra y no hacer demasiado caso a la pretendida hermandad solidaria de los trabajadores. Además, las corrientes pacifistas que preconizaban, con mayúscula ingenuidad, que el progreso estaba inevitablemente, haciendo crecer a los pueblos en solidaridad y que, por fin, la inculta y bárbara guerra estaba siendo derrotada por el desarrollo de la ciencia y el decreciente estado de penuria económico-social, se estaban revelando como un auténtico espejismo. Ahora, el Estado y los militares controlan todos los sectores de la actividad de los distintos países en una administración de guerra, con un intervencionismo mucho mayor que otras épocas. Se dieron, entonces, otro tipo de hermandades y no precisamente con fines pacifistas. Por ejemplo, la de la unión patriótica de todos ante la amenaza de la guerra contra el propio país, la llamada Unión Sagrada en Francia o Paz Civil en Alemania, por ejemplo.

Por otro lado, si bien los condicionantes económicos mundiales eran importantes en aquellos momentos, parece que actuaron en los dos sentidos; es decir, tanto para distanciar las posiciones de los países por la competencia industrial y comercial, como para llegar a fructíferas colaboraciones, con objeto de experimentar un desarrollo basándose en la cooperación industrial. Entonces, la explicación del desencadenante principal del conflicto tiene que dirigirse hacia los aspectos políticos, en los que el clima de rivalidades llegó a un momento tan efervescente en las relaciones internacionales que nadie intentó buscar una solución de compromiso.

El viejo zorro de Bismarck tenía razón. No era casualidad que la guerra estallara en los Balcanes. Era allí, precisamente, donde más posibilidades había (incluso por encima de la rivalidad franco-alemana) de profundizar en una crisis ante el tenso panorama de hacía ya décadas. Y, a pesar de tener un origen localizado, los sistemas de alianzas se pusieron en funcionamiento bajo el interés de los Estados en defender su propia seguridad y, con ella, de su propia posición en las relaciones internacionales. En este momento clave de la Historia de la Humanidad, en la encrucijada de optar por la seguridad de los estados nacionales frente al dominio de la libertad, representado en este contexto por la solidaridad social internacional, la gran mayoría de los ciudadanos de la época, encauzados por sus dirigentes, no parecía que tuvieran dudas de que, lo primero, era lo más conveniente. Esto será lo que va a triunfar en Europa y en el mundo. Había tanto lastre en las relaciones internacionales del concepto nación llevado hasta extremos excluyentes (algunos autores apuntan hacia la educación como una de las primeras responsables) que la profundización en las vías democráticas que querían acabar con este sistema estaba muy restringida. Y no por la voluntad de un conjunto de ciudadanos que pudieran tener o no un proyecto común, sino por las potenciales fuerzas enemigas en un conflicto exterior. Eso es lo que hizo, en el caso que nos ocupa (pero también en otros muchos, incluso de nuestro mundo más actual), que el patriotismo nacional exagerado prevaleciera sobre la verdadera democracia y la pacífica convivencia entre los pueblos del mundo.

En el bloque de los países centrales se encontraban Alemania y el Imperio Austro-húngaro, y, más tarde, Bulgaria y el Imperio Otomano, con Italia, en principio, como neutral, esperando —lo daban a entender sus dirigentes abiertamente— venderse caro al mejor postor. Y entre los países aliados se contaba a Gran Bretaña, Francia, Rusia, Serbia y Bélgica; así como, más tarde, Italia. Por cierto, ésta última entraría en el conflicto, gracias, sobre todo, a una oleada de pacifismo popular que quería acabar cuanto antes con la guerra (a su favor, claro) entrando en ella, bajo el grito de “¡Viva la guerra!” Nada nuevo, si tenemos en cuenta que la guerra suponía una especie de ideal de recambio que sustituía las aspiraciones revolucionarias para aquellos infelices que querían cambiar de modo de vida. O, también, simplemente, volver con los laureles de la victoria (porque, desde luego, a nadie se le pasaba por la mente que no iba a ser una guerra rápida…). Se ha subrayado el hecho de que en Inglaterra hubo un millón de voluntarios para la guerra y lo mismo pasó en Estados Unidos. Y todo dentro de un contexto de guerra patriótica que hizo volverse loco al mundo. Al fin y al cabo, era otra generación la que tenía que hacer la guerra. Una generación que no había conocido un fenómeno que había estado —inusualmente— alejado de los campos de Europa desde hacía varias décadas, y que, en el caso de Francia, no había conocido tampoco la humillación de la derrota. Una generación que juzgaba a sus mayores como débiles y tímidos ante la experiencia de la vida. En este ambiente, el nacionalismo encontró vías suficientes para su expresión máxima.

Las principales operaciones

La primera fase del conflicto ha sido denominada tradicionalmente por los historiadores como la guerra de movimientos. En ella se producen los primeros grandes desplazamientos, con gigantescas maniobras envolventes que intentaban aislar a los ejércitos enemigos. Con un ejército bien preparado de 870.000 hombres se produce un gran movimiento alemán sobre Francia (dentro del denominado Plan Schlieffen, que preveía después una inmediata ofensiva contra Rusia). Será dirigido por el general Moltke, sobrino del gran Moltke de la Unificación. Pero dicho movimiento, que violaba la neutralidad belga (lo que hizo entrar formalmente en guerra al Reino Unido), se ve detenido por la victoria de las tropas francobritánicas, comandadas por el general Joffre y bajo la astuta visión del general Galliéni, en el Marne (septiembre de 1914). Esta victoria fue muy significativa, puesto que, no sólo se había neutralizado un plan que podía llevar a un desastre todavía mayor que el de Sedán, sino que va a permitir que se estabilice la guerra y, con ello, que los aliados tengan la posibilidad de poner en juego su lenta pero mejor arma: sus recursos humanos, económicos y estratégicos a partir de sus inmensos Imperios. Después, buscando envolver al enemigo y también no ser envuelto por éste, los dos ejércitos se dirigen hacia el norte en la llamada carrera hacia el mar. Se establece así una larguísima línea de trincheras (nuevo símbolo de la guerra total) en la que los ejércitos se miran cara a cara desde el mar hasta la frontera suiza. Paralelamente a esto, se produce también, por parte de los alemanes (que habían tenido que distraer cuatro divisiones de este principal teatro de operaciones) la detención del ataque ruso en el frente oriental en la batalla de Tannenberg (1914).

Una vez que se ha fijado de forma estable la situación de cada ejército en los grandes frentes, occidental y oriental, se produce la guerra de posiciones o, más gráficamente, la guerra de trincheras. En ella se ganaban con furibundos ataques unos centenares de metros a lo más, que sólo servían, prácticamente, para las fosas de los que habían muerto al conquistarlos. Bien es verdad que en el Frente oriental se dieron más movimientos bélicos que en el occidental (como las grandes pérdidas que infligieron Hindenburg y Ludendorff a los rusos), y que la línea de frente tuvo algunas transformaciones, pero los resultados nunca fueron decisivos. El espacio era demasiado grande para unos medios insuficientes de las potencias centrales.

Ante tal estabilización de los frentes se va a producir, a partir de ahora, una terrible guerra de desgaste en la que prima la potencia de fuego y, por tanto, la industrialización. Y en la que la Entente, con el dominio de los mares y las reservas humanas de ingleses y rusos, tiene muchas más bazas de cara a la victoria. Es realmente sintomático que fueran retirados del frente a los obreros especializados, para que fueran utilizados en una industria que ahora estaba ya orientada, casi en su totalidad, hacia la producción de material bélico. Bajo esta coyuntura tiene lugar, en una inmensa carnicería, la resistencia francesa de Pétain en Verdún (concebida por los alemanes como una batalla de desgaste) y también la ofensiva aliada del Somme, ambas en 1916. Y ambas son incapaces, después de centenares de miles de muertos, de romper el frente. En el caso de Verdún, con más de un millón de bajas, después de que la artillería hubiera arrasado colinas y rellenado valles, y de que, por ejemplo, la población de Fleury pasara dieciséis veces de unas manos a otras.

Pero lo que más va a caracterizar a esta fase de la guerra es la irrupción de nuevas armas en el escenario bélico, que se van a revelar como extraordinariamente mortíferas desde sus primeros rudimentos. Unas armas que van a anunciar, ya para siempre, el predominio de la guerra tecnológica. Se empieza a utilizar de forma masiva la artillería pesada, el gas (quizás el arma más emblemática del conflicto), el carro de combate, etc.; y ahora, con el submarino y el avión, los espacios del fondo del mar y de los aires entran también en acción.

Otra característica muy importante, y que, a la postre, se va a mostrar como decisiva, es la guerra económica. Se va a producir, por parte de los aliados, y especialmente de Inglaterra, la instauración de un bloqueo encaminado a arruinar el comercio marítimo de las provincias centrales y a impedir la llegada de armas y provisiones a Alemania, lo que redunda en grandes sufrimientos para la población urbana. Esta táctica lleva consigo que Alemania intente neutralizar el bloqueo con su cada vez más potente flota de submarinos; una vez que, tras la batalla naval de Jutlandia (mayo de 1916), se ve claro que no se va a poder romper la superioridad marítima británica y, por tanto, el asfixiante bloqueo. Son las llamadas jaurías de lobos de los submarinos germanos, que, según ya había anunciado Alemania, no iban a respetar la navegación neutral. Las acciones son ciertamente brillantes, pero van a tener una contrapartida nefasta para los alemanes. Después de varios ataques poco convenientes, en abril 1917, se hunde el navío Vigilantia, ocasionando numerosas víctimas americanas, lo que hace que la opinión pública estadounidense esté ahora a favor de la intervención en la guerra. Una opinión que va a verse espoleada por la publicación del famoso telegrama Zimmermann (el ministro de Asuntos Exteriores alemán de tal nombre proponía a México una alianza contra Estados Unidos). Esto, en última instancia, hace que Estados Unidos entre en guerra junto a la Entente. Aunque también es muy importante el hecho de que los americanos estaban muy interesados en que la Entente ganara la guerra para poder cobrar las enormes partidas de armamento que había suministrado ya a estos países. Había, además de la pretendida cruzada por la democracia y del interés económico concreto, otras razones de peso para entrar en guerra: su preocupación por el expansionismo alemán y el consiguiente desequilibrio de poder en Europa, y por la defensa de la libertad de los mares, ante la generalización de la guerra naval. El caso es que esta intervención norteamericana va a reforzar, más que considerablemente, el bando aliado, y ya nada será igual en el conflicto. La superioridad industrial y de recursos americanos se manifiesta en todos los campos.

De nada va a servir a las potencias del eje ni la victoria de los austro-húngaros frente a los italianos en Caporetto, en el frente sur, en octubre de 1917, ni que los rusos firmen por separado, a raíz del triunfo de la revolución bolchevique, la famosa Paz de Brest-Litovsk. Incluso teniendo en cuenta que este tratado era bastante favorable a los intereses de las potencias centrales, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos (empezando por la propia desaparición del frente oriental, lo que permitía concentrar las energías en otros puntos). Ante la generalizada y creciente superioridad de recursos de los aliados, se va produciendo el desmoronamiento, primero austriaco y luego alemán. Hubo algunas últimas victorias en el frente occidental, pero los alemanes no consiguieron alzarse con un triunfo decisivo; y, en Austria, en la parte más débil, es donde se empieza a ceder terreno, merced también a las malas cosechas y la crisis económica generalizada. Se tiene que hacer la paz con Ucrania para poder importar trigo de sus enormes reservas. Pero, además, la compleja situación de las nacionalidades del Imperio Austro-Húngaro vuelve a estallar una vez más, y esta vez con un ingrediente nuevo: las esperanzas nacionalistas de liberación merced al programa de la Entente y, sobre todo, de los llamados Catorce Puntos de Wilson. En octubre de 1918 los italianos vencen en Vittorio Véneto, y pronto los Consejos Nacionales del Imperio se convertían en gobiernos independientes: Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, y la propia Austria se convertía en una república.

Mientras tanto, en la retaguardia, tanto en los países que iban a vencer como en los que iban a conocer el amargo sabor de la derrota, las penurias y las tensiones sociales eran constantes. Por supuesto, se estaba abriendo una gran brecha entre los que se sentían pertenecer a la clase de los sacrificados y los que estaban en sus casas con la única preocupación (así es como lo percibían los soldados) de esperar a que cayera madura —que ya se estaba retrasando demasiado— la victoria. Ahora no había esa situación de entusiasmo, sino de completo hastío de la guerra, que explica algunos episodios de rebelión de los soldados, y que no puede por menos que recordarnos aquella máxima clásica en boca del gran Erasmo de que la guerra sólo gusta a aquellos que no la conocen. Pero, además, como fenómeno todavía más trascendente, la escasez y el alza de los precios hicieron que las clases medias, especialmente aquellos que percibían ingresos fijos, vieran derrumbarse su nivel de vida. La guerra hizo de estas clases, en su mayor parte, un nuevo proletariado con lo que eso significaba para los derroteros del movimiento obrero.

Alemania, la gran potencia de los Imperios Centrales, se fue resquebrajando también en el orden interno. Ya no existía esa unanimidad hacia la guerra que tanta libertad de movimientos había dado a los líderes germanos. En junio de 1917, el Reichstag ya había votado por mayoría una resolución de paz, pero el alto mando la había rechazado. En la llamada segunda batalla del Marne no se encontró el éxito esperado y, para colmo de males, se dio tiempo para que las divisiones americanas llegaran a Europa y dieran la superioridad a la Entente. En agosto de 1918, ésta consigue, por fin, romper el frente, lo que hace también que se rompan los frentes secundarios, rindiéndose Turquía y Bulgaria. El alto mando alemán pide entonces un armisticio y se pretende la conservación del régimen del Káiser con la introducción de los socialdemócratas en el Gobierno. Pero era ya demasiado tarde. Los aliados exigen la abdicación de aquél. Tras varios tumultos internos, entre los que destaca el motín de los marinos de Kiel al negarse a iniciar una nueva batalla naval, Alemania se convierte en República y el 11 de noviembre acepta las condiciones del armisticio.

Ganar la guerra, perder la paz

Caricatura de 1929 que representa a Alemania como un paciente aquejado de diversos males y atendida por un perverso doctor judío. Cada vendaje hace alusión a un tratado internacional y la sangre que vierte en el cubo se refiere a reparaciones de guerra. La traducción del texto sería: “Puedo administrarle otra inyección. En el estado en que se encuentra no sentirá nada”. Fuente: claseshistoria.com

En París se lleva a cabo, en 1919, la ansiada paz, con el tratado de Versalles (se firmó en la famosa galería de los espejos del impresionante palacio) como elemento central del proceso. Una paz que va a tener mucha importancia en la distribución territorial, prácticamente por todo lo que quedaba de siglo, y que, en último extremo, va a ser el lejano condicionante de las sangrientas guerras de los Balcanes de finales de la centuria, que tanto nos han horrorizado en nuestros días.

Sobre ocho millones y medio de cadáveres esparcidos por los campos de batalla de Europa se imponen las condiciones de la paz. Va a triunfar el principio de las nacionalidades expuesto en los famosos Catorce puntos de Wilson, en los que se recogía el derecho al respeto de las mismas, concretamente en los casos de Rusia, Austria-Hungría, Alsacia-Lorena y el Imperio Otomano; aunque esto casaba mal con la discriminatoria política de inmigración americana (lo que fue aprovechado por Japón para conseguir condiciones más ventajosas). Además, dentro de aquellos Catorce puntos de Wilson se recogía la intención de crear una Sociedad de Naciones que garantizara a los Estados su independencia y su seguridad. Se estaba en lo cierto cuando se consideraba que, por encima de todo, había que impedir que volviera a suceder algo parecido. Pero los resultados, a pesar de la creación de dicho organismo, con sede en Ginebra, fueron bastante decepcionantes, sobre todo porque no se pudo cumplir aquel objetivo fundamental y trascendente. Casi no podría ser de otro modo, ya que había demasiados obstáculos para organizar la paz en hechos tan incontestables como la paradójica ausencia de Estados Unidos (el Senado americano no ratificó el tratado de Versalles), la también ausencia —obvia— de la Unión Soviética, y la de los países vencidos, y, en principio, de los que habían permanecidos neutrales. No tenía, pues, mucha autoridad moral este limitado club de vencedores para encauzar el futuro.

La cuestión más importante de la paz era la desmembración de Austria-Hungría, cuyo poder va a ser sustituido por una serie de Estados en los que triunfaba el principio de autodeterminación nacional, salvo para los alemanes que vivían en Checoslovaquia y Polonia. Se establecía así también una especie de zona fronteriza de Estados, cuya misión era contener la expansión del comunismo hacia Occidente. La Paz de París va a abusar del modelo de humillación al vencido, empezando por el hecho de que —cosa nunca vista en las relaciones internacionales— los vencidos no participaban en las negociaciones, sino que debían aceptar las decisiones que se tomaran sobre ellos. Se imponen así una serie de condiciones muy gravosas para Alemania: crecidas indemnizaciones de guerra y reparaciones; cesión de las minas del Sarre a Francia, así como, Alsacia y Lorena; división del territorio alemán a través del pasillo de Dantzig, etc. Los alemanes sentían con ello que se les estaba dando una puñalada por la espalda, después de haber firmado el armisticio, sobre todo porque éste no había venido de una gran victoria militar. Esto será, no hace falta decirlo, el caldo de cultivo para Hitler. Por su parte, el Imperio Turco, junto con los demás Imperios, desapareció también, creándose una república que quedaba reducida a la milenaria Constantinopla y la península de Anatolia. Además, distintos territorios de Oriente Próximo pasaron como mandatos a Francia e Inglaterra.

Pero, más allá de las estipulaciones concretas de la Paz, va a salir un nuevo orden mundial con importantes condicionantes, muchos de los cuales han llegado hasta hoy. En Europa, mediante esta paz se pasaba de un continente de dieciocho Estados a otro —de momento— de veintiséis. Estados Unidos quedaba ya, clarísimamente, como primera potencia mundial; Japón se va a situar, desde entonces, en una situación privilegiada en Asia, y la Unión Soviética empezaba a servir de escaparate y esperanza —fallida— para las clases desfavorecidas del planeta. En definitiva, se empezaba a ver claro que la vieja Europa (cuyos últimos vestigios aristocráticos habían desaparecido finalmente con la disolución del Imperio Austro-Húngaro) ya no iba a dirigir la orquesta en el gran concierto internacional de naciones. Era claro que estaba llegando la hora del mundo extraeuropeo.

Pero, además, la guerra había terminado, sí, pero, sin duda, la había perdido Europa entera, que ya no miraba al futuro con la suficiente determinación. Sólo un dato: al comienzo de la guerra el comercio europeo representaba dos terceras partes del mundial, mientras que, en 1919, tan sólo alcanzaba las dos quintas partes. Y también un símbolo: los aristocráticos generales y jefes de Estado europeos seguían anclados en el pasado al ir a firmar la paz a caballo, cuando habían hecho la mayoría de sus movimientos en vehículos motorizados. Los americanos serán infinitamente más prácticos (recuérdense las mangas de camisa de MacArthur al firmar la paz con los japoneses al final de la siguiente guerra mundial). Europa había dejado de ser la dueña del mundo.

Se suele decir que los aliados perdieron la paz en el mismo momento que ganaban la guerra. Y además, con unos tintes de derrota que traspasarán la propia circunstancia histórica de la primera conflagración mundial. Al fin y al cabo, Alemania va a quedar humillada, pero prácticamente intacta. Su potencial económico estaba todavía listo para ser desplegado todavía más, y las reparaciones que le va a imponer la paz no van a restringir su desarrollo, mientras que Francia, por ejemplo, quedaba lastimada y exhausta. El verdadero vencedor va a ser Estados Unidos, que no habían sufrido daños en su propio territorio, y que, además, eran los opulentos acreedores de los países de la guerra. Con los alegres años veinte parecía que el fantasma de Marte había desaparecido por fin del mundo, pero, sencillamente, se estaba adaptando a estas nuevas realidades.

Leer más en Anatomía de la Historia.

Nota: los enlaces fueron agregados por Cartelera de Historia.

 

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