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Las mejores fotografías de la II Guerra Mundial

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La actualidad tiene la fastidiosa costumbre de transcurrir al ritmo que le da la gana y no al que convendría a los medios, así que puede haber largas temporadas sin que ocurra nada demasiado relevante y luego en unos pocos días acumularse una extraordinaria sucesión de acontecimientos de gran trascendencia. Ahora estamos viviendo lo segundo. Los conflictos en Ucrania, Palestina, Siria o Irak están proporcionándonos a diario fotografías impactantes que retratan el horror de la guerra. Sin embargo no podremos aún conocer el valor histórico de cada una de ellas, el significado y la carga simbólica que puedan contener, hasta que los relatos de esas guerras estén concluidos. Por ello es interesante remitirse a la Segunda Guerra Mundial. Ya quedó perfectamente terminada, sabemos qué acontecimientos en ella fueron decisivos y qué imágenes son las más descriptivas de cada uno. Muchas de ellas las hemos visto en numerosas ocasiones, así que aquí las reunimos para saber un poco más qué hay tras ellas.

Niño entre las ruinas de Varsovia

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La fulminante invasión de Polonia en septiembre de 1939 dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Su capital fue duramente bombardeada por la Luftwaffe y el fotógrafo estadounidense Julien Bryan estuvo presente aquellos días, lo que le permitió retratar a un niño entre las ruinas que es la viva imagen de la tristeza.

San Pablo sobrevive

La noche del 29 de diciembre de 1940 tuvo lugar otro de los incontables bombardeos sobre Londres, con los que Hitler quería doblegar a la población inglesa, forzar su rendición y poder centrar así su atención en el Este. Tras el ataque, el cineasta y fotógrafo Herbert Manson se subió al tejado de la redacción del Daily Mail y fotografió entre el humo la catedral de San Pablo, que parecía erigirse intacta sobre la destrucción. La imagen ocupó la portada del periódico y se convirtió en un esperanzador símbolo de resistencia ante un enemigo que por entonces parecía imbatible. Sigue leyendo Las mejores fotografías de la II Guerra Mundial

Las dos esposas incas de Francisco Pizarro

El conquistador tomó como esposa entonces a la viuda de Atahualpa, el inca a quién él había ordenado ejecutar, que le dio dos hijos.

por Jesús García Calero en ABC.es

¿Quiénes fueron las dos princesas que Francisco Pizarro desposó en Perú? Esta es su historia, según el relato de Carmen Martín Rubio: «La primera fue Quispe Sisa, hija del emperador Huayna Capac y de una poderosa curaca de Huaylas, del territorio de los Lucanas, llamada Contarhucho. No se sabe nada de su vida hasta que en 1533 se trasladó a Cajamarca para acompañar a su medio hermano Atahualpa. El Inca la entregó a Francisco Pizarro González, el jefe de los hombres recién llegados de tierras desconocidas y según el diario de Inés Muñoz, cuñada del conquistador, éste aceptó a la joven de muy buen grado; lo cual es comprensible pues tenía entre dieciséis y dieciocho años, era hermosa y muy alegre por lo que Pizarro la llamaba “Pispita”, que quiere decir “Alegre” y “Simpática”; fue bautizada con el nombre de Inés y llevó los apellidos de sus progenitores: Guaylas Yupanqui».

Como es sabido, dio dos hijos al conquistador: Francisca, nacida en 1534 y Gonzalo en 1535. Según la historiadora, «debió de tener gran ascendencia sobre él debido a que en Cajamarca resolvió graves problemas de abastecimiento y porque su madre, la curaca guerrera de Guaylas, en mayo de 1536 envió un ejército a la recién fundada Ciudad de Los Reyes, después conocida por Lima, que había sido sitiada por el general inca Quiso Yupanqui, y mediante su ayuda se puso fin al asedio».

Podría parecer que la unión estaba totalmente consolidada. Sin embargo no fue así. Se ignora qué causas propiciaron la ruptura: «Pudo ser que Inés se enamorara de Francisco de Ampuero, un apuesto joven que había llegado con Hernando Pizarro y que pasó a trabajar como paje del gobernador, o tal vez fue el mismo Francisco quien se enamoró de otra bella princesa llamada Cuxirimay Ocllo». Martín Rubio no tiene datos para ir más allá. Sigue leyendo Las dos esposas incas de Francisco Pizarro

La delirante historia de Hipólito Bouchard, por Osvaldo Soriano

La California argentina

Osvaldo Soriano

“Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha, aunque los oficiales de su estado mayor se llamen Cornet, Oliver, John van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.

El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la “Argentina” y la “Chacabuco” van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, 30 hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y pestes.

Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la “Chacabuco” en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes.

Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California. El capitán de los piratas anota: en la bodega lleva doce cañones recién robados, y se adelanta con la noticia a Monterrey -la capital de California-, podrá venderlos a cinco veces su precio.

El rey de Atoy no sabe donde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de la nacionalidad argentina y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno, y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir el bote para dar la buena nueva.

El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer reconocer la soberanía argentina. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado.

“Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza”, cuenta Bouchard en sus Memorias. En realidad, basta con amagar. El rey manda un emisario a parlamentar a la “Argentina” y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí nomás fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar “doce docenas de azotes”. El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone 200 hombres de refuerzo en la corbeta “Chacabuco”, les hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las ordenes de William (o Guillermo) Shipre.

Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosaantes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la “Chacabuco” queda a la deriva. Desde el fuerte le tiran diecisiete cañonazos y no fallan ninguno. La “Chacabuco” empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. “A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria”.

Todo es desolación y sangre en la “Chacabuco” pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación esta asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamento para las presas (art. 67, inc. 22). Sigue leyendo La delirante historia de Hipólito Bouchard, por Osvaldo Soriano

Una rara colección de fotografías de niños en las calles de Londres en 1901

El diario inglés The Guardian publica un grupo de tomas fotográficas de excelente calidad que constituyen tanto un sorprendente testimonio histórico como una fuente reveladora de dramas sociales y humanos conmovedores.

Entre 1901 y 1902, Horace Warner tomó fotografías a niños de la calle del East End londinense, a quienes llamó “Chiquillos de Spitafields”. Un fotógrafo autodidacta en su vida personal -que trabajaba como impresor de empapelados para William Morris-, Warner tomó 240 fotografías de niños locales, de las que sólo sobreviven unas 30.

Anteo Zamboni, el niño que casi mata a Benito Mussolini

Símbolo de la lucha antifascista, este muchacho aprovechó una visita del dictador italiano a Bolonia para dispararle cuando pasaba con su descapotable. Pero la bala rebotó y una horda furiosa lo linchó.

en Infobae.com

“Nada puede sucederme antes de que mi obra sea terminada”, le dijo el dictador italiano Benito Mussolini al jefe del partido fascista boloñés, al hacerle entrega de la banda de San Mauricio agujereada por la bala que estuvo a punto de costarle la vida el 31 de octubre de 1926.

Se trataba del cuarto atentado que sufría el “Duce”, con la diferencia de que éste no fue perpetrado por un enemigo feroz, sino por un niño de 15 años que con el paso de los años acabó convirtiéndose en un símbolo de la lucha antifascista italiana.

Aunque tradicionalmente se consideró a Anteo Zamboni como un anarquista prematuro y convencido, esa definición jamás fue probada. Tampoco fueron esclarecidas las motivaciones que lo llevaron a intentar asesinar a Mussolini, que ya se había convertido en el hombre más poderoso de Italia como líder del Partido Nacional Fascista.

Mussolini había viajado a Bolonia para inaugurar el nuevo estadio Il Littoriale y, tras el solemne acto que llevaba semanas preparándose, subió a su coche oficial descapotable y se dirigió a la estación “entre ovaciones delirantes”, según recordó un artículo del diario español ABC.

Fue en ese instante cuando el joven Zamboni aprovechó para intentar llevar a cabo su magnicidio. “El criminal logró colocarse en primera fila entre la muchedumbre y, al pasar el vehículo presidencial, se adelantó e hizo fuego con una pistola que disimulaba en su bolsillo”, contaba el diario católico El Siglo Futuro, que relataba cómo el “Duce” se había salvado por milagro.

“El disparo partió la banda de San Marino y un pedazo de uniforme a la altura del pecho, luego atravesó la manga del chaqué al alcalde de Bolonia”, precisó el artículo periodístico.

A Zamboni no le dio tiempo a hacer ni un disparo más porque inmediatamente una horda de fascistas se le echó encima para lincharlo. Cuando se retiraron, su cuerpo presentaba 14 puñaladas, un balazo y signos de estrangulamiento.

Curiosamente, el hombre que lo identificó como autor del disparo fue el oficial de caballería Carlo Alberto Pasolini, padre del revolucionario cineasta Pier Paolo Pasolini.

La prensa del mundo entero pronto se hizo eco del intento de aquel “niño de quince años de familia honrada” que pudo haber cambiado la historia y al que, años después, le dedicaron una calle en Bolonia.

“Fue identificado por su propio padre, que preocupado por la ausencia de su hijo, salió a buscarlo por la ciudad y, sin poder encontrarlo, se dirigió al retén de Policía, donde le fue presentado el cadáver”, contaba el diario El Sol.

Zamboni jamás pudo aclarar sus motivaciones porque no le dieron tiempo. Y sus padres tampoco, porque fueron acusados de “anarquistas militantes” y condenados a 30 años de prisión por instigadores.