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Los médicos de la muerte

Los médicos de la muerte
Prof. Abraham Huberman
Origen ideológico de la política nazi en los ’30 para los enfermos mentales, que a partir de 1942 derivó en los grandes centros de matanza a escala industrial, donde el médico pasó a ser un asesino con diploma.

La combi-nación de estos dos térmi-nos parece una incon-gruen-cia, pues la esen-cia, la misión misma de la medici-na es salvar vidas, aliviar los sufrimientos. ¿Cómo pudo darse en la Alemania nazi tal monstruosa combinación?
Para ello es necesario remontarse un poco a épocas anteriores, especialmente al siglo XIX, que fue cuando se comenzaron a elaborar teorías que luego pudieron ser implementadas. Por supuesto que ya mucho antes se sabía que había seres humanos de diferentes aspectos. Cuando los europeos llegaron a América pudieron comprobarlo, pero recién en el siglo XIX, gracias al trabajo de ciertos antropólogos, se llegó a la conclusión que las diferencias implicaban también juicios de valor. Había seres humanos cuyas vidas valían menos que otras. Y de allí también una serie de conclusiones sociales: su estado de pobreza o atraso, no era circunstancial, sino algo orgánico que jamás podía ni debía ser cambiado, si no se quería violentar las “leyes objetivas” de la naturaleza.
La Revolución Francesa alteró esos conceptos al declarar como un principio universal la igualdad de los hombres ante la ley, además de sancionar los principios de libertad y fraternidad. Algunos círculos sociales consideraron que esos principios atacaban e intentaban destruir costumbres y modelos sociales aceptados desde tiempos inmemoriales. Además, el vertiginoso desarrollo industrial y urbanístico creó una serie de problemas sociales: hacinamiento, enfermedades sociales se hicieron presentes. Pero curiosamente, no se culpó a las nuevas condiciones creadas por el industrialismo de ser responsables. Los enfermos mismos, es decir, las víctimas, pasaron a ser los culpables, por ser pobres y enfermos, pues eso era una señal de su “inferioridad racial”, un signo de degeneración hereditaria. Se creó una nueva “pseudociencia” llamada higiene racial, cuyos ideólogos fueron psiquiatras y antropólogos. Ellos proporcionaron los instrumentos ideológicos para una solución biológica a un problema que era eminentemente social. No era la enfermedad la que debía ser eliminada, sino sus portadores. Con la llegada de los nazis al poder en 1933, se crearon las condiciones para que estas ideas asesinas pudieran ser puestas en práctica. Como es sabido, ya en 1933 se ordenó en Alemania que cierta categoría de personas fuesen esterilizadas a fin de que no pudieran reproducirse y propagar sus “taras hereditarias”. Ya en 1923 Hitler había anunciado que había que prohibir los matrimonios entre alemanes y extranjeros, en particular con negros y judíos.
Alemania requería remedios violentos, tal vez incluso “amputaciones”. Todas esas medidas producirían una depuración racial. En la última página de su libro Mi Lucha Hitler decía: “Un estado que en una época de contaminación de las razas vela celosamente por la conservación de los mejores elementos de la suya, un día debe convertirse en el amo de la Tierra”.
Estas ideas, por sí mismas no fueron la fuente del desastre. Cuando en 1947 se estaban juzgando a esos médicos asesinos, dijo Alexander Misterlich, el delegado oficial de la cámara de médicos de Alemania Occidental: “Antes de que tales ideas pudieran traducirse en hechos monstruosos y en rutina diaria, tuvieron que cruzarse dos corrientes cuyos resultado fueron que el médico pasó a ser un asesino con diploma, autorizado no para curar sino para matar. El ser humano dejó de ser una criatura sufriente: pasó a ser un “caso” o un número tatuado en el brazo.”
A esto hay que agregar las graves consecuencias de las crisis económicas y políticas que afectaron a Alemania durante buena parte de la década del veinte y sobre todo a comienzos de la década del treinta, con su secuela de reducciones presupues-tarias para atender la salud de la población. El resultado fue que miles de médicos comenzaron a afiliarse al partido nazi. Muchos que llegaron a dicha profesión llevados por el idealismo, rápidamente sintieron las limitaciones que la ciencia les imponía. Se comenzó a abrir paso la idea de que habían no solo seres inferiores que deberían ser esterilizados, sino que tenían que ser totalmente eliminados, porque eran “consumi-dores innecesarios e improductivos” a los que habría que mantener hasta que murieran naturalmente.
Aún hoy en día se escuchan opiniones de los herederos de tales ideas. Dicen, por ejemplo, que se debe proceder a la “discontinuación de tratamientos sofisticados aplicados a personas mayores de 75 años con el fin de prolongar sus vidas”.
Pero no se trata de la Alemania nazi de los años treinta sino de los Estados Unidos en las décadas del ochenta y noventa.
Ya durante los primeros años del régimen nazi, se comenzó a realizar una profunda campaña por medio de posters que demostraban la cantidad de dinero creciente que el Estado debía gastar para mantener a niños defectuosos, frente a sumas mucho menores que se dedicaban a los niños sanos. El objetivo era claro. Si ese dinero se dedicara a los niños sanos, estos podrían desarro-llarse mucho mejor. Eran los enfermos y porta-dores de enfermedades genéticas los culpables por esa situación. Y por si eso fuera poco, en otro poster había figuras humanas: un hombre adulto cargaba sobre sus hombros dos criaturas deformes, con rostros de monos. El peso de ambos niños lo agobia.

La guerra:
una oportunidad para el asesinato

El 1 de Septiembre de 1939, el mismo día en que Alemania atacó a Polonia, Hitler firmó un decreto que autorizaba a los médicos psiquiatras a solicitar informes a las instituciones para enfermos mentales y entregar a aquellos, que a su juicio, no tenían una cura previsible, no podían trabajar, pero también se incluían otras personas que en otra sociedad no hubieran sido considerados enfermos mentales: depresivos, no conformistas o incluso presos políticos. Ese programa, como todos los planes asesinos implementados por los nazis, recibió nombres en clave. Este mal llamado plan de eutanasia, recibió el nombre clave de T-4, porque la oficina central del mismo se encontraba en la calle Tiergarten 4 de Berlín. Curiosamente “Tiere” en alemán significa animal, fiera. El edificio fue luego totalmente destruido por bombardeos.
Los directores de instituciones psiquiátricas recibieron cuestionarios donde se les preguntaba acerca del tipo de enfermedad, tiempo de internación y capacidad para el trabajo. A los directores se les dijo que esas preguntas tenían que ver con la economía de guerra, pero no acerca del objetivo último. Luego de reunidos los cuestionarios, una comisión de tres médicos, sobre un total de treinta que formaba el equipo, visitaba los establecimientos y decidía quien viviría y quien moriría. Estos últimos inmediatamente eran transportados a centros de matanza donde eran asesinados por medio de gas. El proceso de matanza comenzó el 9 de octubre de 1939 y se prolongó hasta agosto de 1941, cuando estalló una ola de protestas, lideradas por el arzobispo von Galen. Según un cálculo estadístico preparado anteriormente, sobre una población de setenta millones con la que entonces contaba Alemania, se tenía por aceptado que el 0,01% eran enfermos mentales incurables. Hasta la fecha de la suspensión temporaria de los asesinatos, deberían haber asesinado a 70.000 enfermos. Con una típica pedantería germana informaron que lamentable-mente ese número ¡había sido superado en 243 personas!, es decir, habían superado la marca que habían establecido.
Sin embargo, las matanzas no cesaron, sino que fueron suspendidas para tomarse un tiempo y estudiar nuevas medidas. Se pensó en aplicar nuevos criterios de selección, incluyendo en las listas de futuros candidatos para ser asesinados a los enfermos tuberculosos, personas mayores incapaces de trabajar y que no podían permanecer mucho tiempo en un mismo trabajo. Todos fueron igualmente considerados minusválidos, cuyas vidas carecían de valor para la economía alemana. Existía además el formidable pretexto de que, debido a la guerra, se necesitaban más y más camas en los hospitales alemanes para atender a los heridos de guerra. Lógicamente quedaba abierta la pregunta: ¿Qué pasaría con esas víctimas de guerra que no pudieran trabajar o resultaran con una grave enfermedad mental, como conse-cuencia de su participación en la guerra? Matarlos resultaba más barato que mantenerlos con vida. Pero también corrían la misma suerte los pacientes que estaban detenidos legalmente por virtud de una condena o aquellos de origen judío, es decir personas que como resultado de su clasificación social o racial no necesitaban de ninguna resolución médica para ordenar su asesinato.
Mientras tanto, los responsables de la ejecución de dicho plan, ante el requerimiento de los médicos, se avinieron a emitir instrucciones más precisas a fin de reducir el número de pacientes mentales crónicos, aunque tomaron en cuenta la posibilidad de realizar previamente una terapia intensiva. Sigue leyendo Los médicos de la muerte

La “Noche de los Cristales Rotos” inició el horror nazi en Alemania hace 75 años

El pogromo de 1938 marcó un punto sin retorno en la política de persecución que Hitler había puesto en marcha al llegar al poder en 1933. Galería de imágenes.

Por Darío Silva D’Andrea (*) en Perfil.com

El 9 de noviembre de 1938 ocurrió la primera gran matanza organizada por los nazis contra los judíos, conocida como la “Noche de los Cristales Rotos” (Kristallnacht), durante la que unas miles de sinagogas, comercios y viviendas de judíos fueron dañadas o destruidas. Unos 90 judíos murieron y otros 30.000 fueron detenidos y después internados en campos de concentración, donde durante los años siguientes fueron eliminados seis millones de personas.

La noche del 9 de noviembre, Josef Goebbels, ministro de Propaganda nazi, se encontraba reunido la cervecería de Munich para conmemorar un nuevo aniversario del frustrado Putsch (golpe de 1923) con miembros de la dirigencia nazi cuando le llegó la noticia de la muerte de Ernst von Rath, diplomático miembro del partido nazi. Dos días antes, Von Rath había sido atacado a tiros por Herschel Grynszspan, un joven judío alemán refugiado que quería vengar la expulsión de su familia de Alemania junto con otros 15.000 judíos polacos ante la indiferencia del mundo.

Para la cúpula nazi, la muerte de Von Rath sería la excusa ideal para acelerar la soñada exclusión de la comunidad judía, considerada culpable de los problemas económicos. Para ello se habían preparado fervientemente: a lo largo del verano anterior se realizaron trabajos de ampliación en los campos de concentración de Buchenwald, Sachsenhausen y Dachau -donde hasta entonces sólo se habían recibido presos políticos- y se dio la orden de confeccionar miles de uniformes con estrellas de David como insignia.

“A lo largo de 1938, dentro del partido nazi había malestar puesto que muchos consideraban que la política contra los judíos no era lo suficientemente drástica”, explicó el historiador Armin Fuhrer. “¡Los judíos tienen que ser y serán eliminados! Ésta es nuestra creencia sagrada”, declaraba Robert Ley, jefe del nacionalsocialista Frente de los Trabajadores Alemanes. Sigue leyendo La “Noche de los Cristales Rotos” inició el horror nazi en Alemania hace 75 años

70 años del Gueto de Varsovia. El levantamiento de los chicos

Excelente especial de Clarín sobre el gueto de Varsovia

por Gustavo Sierra

18/04/13 – 20:40

Imagen del gueto tras la II Guerra Mundial.

El primer cañonazo se escuchó alrededor de las nueve de la noche, en el momento en que partían el Matzá, el pan sin levadura, para celebrar el Pesaj de ese 19 de abril de 1943. El segundo cañonazo terminó por destruir la parte superior del primer edificio ubicado justo frente a la entrada del gueto, por la actual calle Minow, en pleno centro de Varsovia. Los muchachos de la resistencia liderados por el delgado e hiperactivo Mordecjai Anielewicz, estaban esperando este momento desde hacía tres meses. Los mensajeros comenzaron a correr por las cloacas y desagües dando el alerta a todos los activistas. Los partisanos de las dos principales organizaciones judías clandestinas del ZOB y la ZZW, habían recibido algunas pistolas y fusiles de la Armia Krajowa, el Ejército Territorial Polaco, que resistía la ocupación en la “zona aria”. Pero la fuerza alemana era devastadora: 2.054 soldados y 36 oficiales del ejército, 821 comandos de las SS y 363 colaboracionistas polacos.

“Me acuerdo de los que estaban en la resistencia. Eran chicos muy jóvenes, apenas un poco mayores que yo que tenía 13 o 14 años. Les faltaba ya la familia o se los estaban llevando. No tenían nada que perder”, cuenta Eugenia Unger, sobreviviente del gueto de Varsovia y de cinco campos de concentración, que vive en Buenos Aires desde 1948. Me muestra el número tatuado por los nazis que aún es perfectamente visible en su brazo y sigue contando: “Se escondían en casas clandestinas y para moverse se metían por las alcantarillas”.

Los chicos lograron detener el avance por cuatro días. Los mejores tiradores estaban apostados en los altillos de los edificios. Los más forzudos eran los encargados de lanzar las granadas y las molotov. Cuando avanzó el primer pelotón alemán a marcha forzada y cantando un himno hitleriano, cayó sobre ellos una verdadera lluvia de proyectiles. Una chica, de no más de 18 años, se había colgado con una soga de la balustrada de una terraza y se lanzaba hacia el vacío para arrojar granadas sobre un tanque nazi.

El gobernador alemán de Polonia había ordenado el confinamiento de todos los judíos el 16 de octubre de 1940 en un sector del centro de la ciudad. Llegaron allí unos 380.000 judíos, el 30% de la población de la ciudad, en un territorio que ocupaba apenas el 2,4% de su superficie. Las familias se tenían que hacinar en departamentos de a siete personas por habitación. Las enfermedades como la fiebre tifoidea y el hambre diezmaron a miles. La ración de comida que entregaban los alemanes era oficialmente de 180 calorías al día cuando la de los polacos era de 1.800 y la de los alemanes de 2.400. Un muro de tres metros de altura y 18 kilómetros de largo los separaba totalmente de la llamada “zona aria”, el resto de la ciudad donde vivían los polacos católicos. Sigue leyendo 70 años del Gueto de Varsovia. El levantamiento de los chicos

Recuerdos de la Inquisición y la tortura

Una muestra, que se vio en Buenos Aires, sobre suplicios usados entre los siglos XIII y XVII reflejó el clima de terror que se generó de la mano de la Iglesia y de su influencia en el mundo. Esteban Ierardo analiza esta exhibición y explica las raíces culturales de una barbarie que nunca se detuvo.

POR ESTEBAN IERARDO en Revista Ñ

La Inquisición nació en la Edad Media como instrumento de control de las herejías, las desviaciones de la ortodoxia cristiana. Sus orígenes se encuentran en 1184, año en que, mediante la bula del papa Lucio III Ad abolendam, la Inquisición medieval fue establecida para debilitar la herejía cátara. Luego, el papa Inocencio III, considerando insuficiente las pesquisas inquisitoriales organizó una gran cruzada contra los cátaros en el sur de Francia, en ese momento la más importante herejía medieval. Encabezados originalmente por los dominicos, la Inquisición generó una estela de nefastos inquisidores (Tomás de Torquemada, Prior de los Dominicos de Segovia; Juan Pardo de Tabera, Arzobispo de Toledo; Juan Tomás de Rocaberti, Arzobispo de Valencia, y muchos otros) que redactaron meticulosos manuales de interrogación bajo tortura. El Malleus Maleficarum (1486), fue el más célebre tratado inquisitorial, aunque vinculado principalmente a la caza de brujas.
Además de los herejes, sus otras víctimas (que pertenecían al fin de cuentas también al grupo genérico de lo herético) fueron las brujas y hechiceros, los homosexuales, los blasfemos y los acusados de judaizar en secreto. La Inquisición se propagó a España, Roma, Portugal, o a México, donde se constituyó un Tribunal del Santo Oficio; y también se difundió entre los protestantes. Sin duda que la maquinaria inquisitorial debe ser entendida en su contexto histórico. Frente al peligro de la implosión del cristianismo occidental en una profusión de desviaciones del credo de Nicea avalado por Roma, la Iglesia estimó que era necesario velar por la única verdad cristiana monopolizada por la Santa Sede.
I. La uniformidad supuso no sólo una igualación del discurso teológico en torno a la verdad revelada, sino también un conjunto de prácticas de vigilancia y violencia para imponer la comprensión “correcta” de la buena nueva de Jesús. Aunque la Iglesia haya estado atenazada por la amenaza real de una multiplicación de cultos desobedientes al Papa, eso no aminora la feroz contradicción entre la retórica del amor de Cristo y el odio y destrucción vertidos como hierro caliente sobre quienes entendían el mensaje del Sermón de la Montaña de otras maneras. Sigue leyendo Recuerdos de la Inquisición y la tortura

Siete mil jóvenes en Auschwitz por las víctimas del Holocausto

Se movilizaron para mantener vivo el recuerdo de quienes murieron en campos de exterminio.

en Diario Clarín

Alrededor de 7 mil personas , fundamentalmente estudiantes judíos de diferentes nacionalidades, participaron ayer en Auschwitz de la denominada “Marcha de los vivos” , un acto que se realiza desde hace veinte años para mantener vivo el recuerdo de quienes perecieron a causa del antisemitismo nazi. Sigue leyendo Siete mil jóvenes en Auschwitz por las víctimas del Holocausto