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¿Cómo impedir que Hitler llegue (hoy) al poder?

por Fernando Mires en Prodavinci

Transcribimos el excelente artículo del historiador y politólogo chileno, que plantea la inquietante posibilidad de pensar en una forma de prevenir la generación y -sobre todo- el triunfo de un autócrata populista al estilo del dictador alemán. ¿Quiénes “tuvieron la culpa” del éxito político de Hitler?

“Cuando la revista Perspectiva, del Instituto de Ciencia Política Hernán Echeverría Olózaga de Colombia me solicitó un artículo bajo el título ¿Cómo evitar que los Hitlers ganen en las urnas?, lo primero que pensé fue poner como condición un cambio de título. La sola idea de que Hitler pudiera regresar era y es para mí una distopía difícil de aceptar.

Una segunda vuelta de tuerca me hizo observar que el título no tenía un sentido literal. El ascenso de Hitler puede ser también utilizado como símbolo representativo de todos los gobernantes que utilizando instituciones republicanas han accedido al gobierno con el objetivo de desmontar la democracia y en su lugar establecer una dictadura, una autocracia o algo similar.

Es importante agregar que el ascenso de Hitler al poder no solo sirve para caracterizar un signo del fascismo. Esa misma “táctica” ha sido asumida, y no en pocas ocasiones, por grupos y partidos que se autodenominan socialistas, algunos de los cuales todavía entienden a la “democracia burguesa” como una  simple superestructura del capitalismo. Es historia muy conocida, sobre todo en América Latina. No insistiremos aquí sobre ella. Valga solamente mencionar que la táctica hitleriana de acceso electoral al poder fue compartida en su tiempo por el KPD (Partido Comunista Alemán). Sigue leyendo ¿Cómo impedir que Hitler llegue (hoy) al poder?

Barcelona 1936, capital olímpica antifascista

Por: María José Turrión en El País

Cartel de Cristobal Arteche anunciador de la Olimpiada Popular. Diario El País.

Antes de que se organizara en Albacete la base nodriza de las Brigadas Internacionales, fueron no pocos los extranjeros que participaron de manera activa en los primeros días del golpe militar en defensa de la legalidad constituida, la II República Española (1931-1939).

Desde el momento en que se conocen las consecuencias de la sublevación militar y,  provenientes de países como Italia o Alemania donde se sufría la persecución provocada por el el fascismo, llegan a España voluntarios a luchar junto al gobierno republicano. A muchos les sorprendió el golpe en nuestro país por motivos políticos, económicos o profesionales,  y deciden unir sus fuerzas a la de la República. También se unieron a ella buena parte de los atletas que se encontraban en Barcelona con la intención de participar  en la Olimpiada Popular, en los parajuegos olímpicos organizados por España entre los días 19 a 26 de julio de 1936.

La Olimpiada Popular, que estuvo financiada por el Gobierno español (250.000 pesetas), francés (600.000 pesetas) y la Generalidad de Cataluña (100.000 pesetas), con la implicación de partidos de izquierda y movimientos obreros, iba a tener a la ciudad mediterránea como  escenario en el que habría de desarrollarse la protesta más contundente ante la celebración de los XI Juegos Olímpicos que tendrían lugar en el Berlín de Hitler desde el día 1 al 16 de agosto de 1936, y en el que estaban representados 49 países con 4.066 deportistas.

En el mes de mayo de 1931, antes de acceder Adolf Hitler al poder,  Berlín había sido elegida por el Comité Olímpico Internacional, sede de los XI Juegos Olímpicos a celebrar en agosto de 1936. Aunque el ascenso de Hitler al poder hiciera que algunos países, como por ejemplo los EE UU, se plantearan renunciar a formar parte de los mismos, lo cierto es que al final decidieron estar junto al resto de los 48 países participantes. Muchos de estos países estuvieron inscritos en los dos juegos, los oficiales de Berlín y los parajuegos de Barcelona. Caso de Francia, presente en las dos citas, que por un lado presentaría a sus atletas a la oficial de Berlín y por el otro, concedería  subvenciones a la Olimpiada Popular de Barcelona. España a su vez presentó también en Berlín a algunos deportistas como los que integraban el equipo de hockey, si bien la asistencia a la ciudad alemana dependía de lo que las propias federaciones decidieran, y en 1936 la gran mayoría de la ellas renunciaron a estar en Berlín, por lo que España apenas estuvo presente en los juegos olímpicos oficiales.

El 18 de julio de 1936 se encontraban los atletas en el estadio de Montjuic en Barcelona, ensayando sus actuaciones para el día siguiente en que se inaugurarían los juegos. Nerviosos todo el día por las noticias del levantamiento militar, intentaban los gimnastas prestar atención a los ejercicios, cuando una voz por megafonía les anuncia que se había producido un sabotaje fascista en las instalaciones eléctricas, hecho que obligó a suspender los ensayos. ¿Hubo relación entre el golpe militar que un sector del Ejército estaba llevando a cabo en otros puntos del País y ese sabotaje contra la red eléctrica, cuya autoría los responsables del estadio atribuían a sectores fascistas? Aunque por megafonía se anunciaba que todo estaría solucionado para el día siguiente, esa misma noche del 18 de julio quedaron suspendidos todos los actos del día 19 y por supuesto las Olimpiadas Populares, la afrenta más directa que se hizo al régimen nazi quedó anulada como consecuencia del levantamiento de una parte del Ejército. Sigue leyendo Barcelona 1936, capital olímpica antifascista

Anteo Zamboni, el niño que casi mata a Benito Mussolini

Símbolo de la lucha antifascista, este muchacho aprovechó una visita del dictador italiano a Bolonia para dispararle cuando pasaba con su descapotable. Pero la bala rebotó y una horda furiosa lo linchó.

en Infobae.com

“Nada puede sucederme antes de que mi obra sea terminada”, le dijo el dictador italiano Benito Mussolini al jefe del partido fascista boloñés, al hacerle entrega de la banda de San Mauricio agujereada por la bala que estuvo a punto de costarle la vida el 31 de octubre de 1926.

Se trataba del cuarto atentado que sufría el “Duce”, con la diferencia de que éste no fue perpetrado por un enemigo feroz, sino por un niño de 15 años que con el paso de los años acabó convirtiéndose en un símbolo de la lucha antifascista italiana.

Aunque tradicionalmente se consideró a Anteo Zamboni como un anarquista prematuro y convencido, esa definición jamás fue probada. Tampoco fueron esclarecidas las motivaciones que lo llevaron a intentar asesinar a Mussolini, que ya se había convertido en el hombre más poderoso de Italia como líder del Partido Nacional Fascista.

Mussolini había viajado a Bolonia para inaugurar el nuevo estadio Il Littoriale y, tras el solemne acto que llevaba semanas preparándose, subió a su coche oficial descapotable y se dirigió a la estación “entre ovaciones delirantes”, según recordó un artículo del diario español ABC.

Fue en ese instante cuando el joven Zamboni aprovechó para intentar llevar a cabo su magnicidio. “El criminal logró colocarse en primera fila entre la muchedumbre y, al pasar el vehículo presidencial, se adelantó e hizo fuego con una pistola que disimulaba en su bolsillo”, contaba el diario católico El Siglo Futuro, que relataba cómo el “Duce” se había salvado por milagro.

“El disparo partió la banda de San Marino y un pedazo de uniforme a la altura del pecho, luego atravesó la manga del chaqué al alcalde de Bolonia”, precisó el artículo periodístico.

A Zamboni no le dio tiempo a hacer ni un disparo más porque inmediatamente una horda de fascistas se le echó encima para lincharlo. Cuando se retiraron, su cuerpo presentaba 14 puñaladas, un balazo y signos de estrangulamiento.

Curiosamente, el hombre que lo identificó como autor del disparo fue el oficial de caballería Carlo Alberto Pasolini, padre del revolucionario cineasta Pier Paolo Pasolini.

La prensa del mundo entero pronto se hizo eco del intento de aquel “niño de quince años de familia honrada” que pudo haber cambiado la historia y al que, años después, le dedicaron una calle en Bolonia.

“Fue identificado por su propio padre, que preocupado por la ausencia de su hijo, salió a buscarlo por la ciudad y, sin poder encontrarlo, se dirigió al retén de Policía, donde le fue presentado el cadáver”, contaba el diario El Sol.

Zamboni jamás pudo aclarar sus motivaciones porque no le dieron tiempo. Y sus padres tampoco, porque fueron acusados de “anarquistas militantes” y condenados a 30 años de prisión por instigadores.

 

“El fascismo no alcanza para explicar el Tercer Reich”

A propósito de la reedición de La dictadura nazi (Siglo XXI), el historiador inglés Ian Kershaw reflexiona sobre la condición excepcional del poder hitleriano y sus posibles orígenes.

Por Pablo Gianera  | LA NACION

Kershaw. Foto: Corbis

Cuando se publicó originalmente en 2000, La dictadura nazi. Principales controversias en torno a la era de Hitler parecía aprovechar el fin de siglo y de milenio para poner al día y pasar en limpio el estado de las cosas en la investigación sobre el tema. Pero lo interesante del libro de Ian Kershaw es la manera en que, a partir de una consideración más bien endogámica, ilumina el problema con una luz más inclusiva. Esto hay que atribuirlo en parte a la tensión ensayística de la prosa de Kershaw, aunque también a su visión personal del problema, que remonta vuelo a partir de lo ya escrito.

Acaso la mayor dificultad con que se enfrenta en este caso el historiador es el supuesto de la naturaleza excepcional del nazismo. Para Kershaw esta presunción merece ser discutida. “La cuestión de si el nazismo fue excepcional, y en el caso de lo haya sido de qué manera lo fue, ha sido desde siempre objeto de un debate muy intenso -explica-. Muy frecuentemente se tendió a meter el nazismo en la misma bolsa del estalinismo (y, de manera más general, del comunismo) y a considerarlo una forma más del totalitarismo, que imponía por lo tanto verlo como una variedad del fascismo parecida a la dictadura de Mussolini. Sin embargo, en cada uno de estos casos, la comparación resultó más exitosa para mostrar los aspectos singulares del nazismo que para subrayar las semejanzas. Del mismo modo, el exterminio judío ha sido ubicado en los estudios comparativos de genocidio, aunque también aquí nos enfrentamos con aspectos sumamente singulares del Holocausto y del régimen nazi que lo perpetró.”

-Justamente, aunque se usan dos palabras distintas, tendemos a considerar el nazismo y el fascismo como dos fenómenos similares. ¿Es decisiva la figura de Hitler en la distinction que usted establece entre ambos?

-Entre las tipologías de los sistemas políticos, el nazismo puede ser visto sin duda como una rama del fascismo. Pero esa categorización no explica de manera acabada la especificidad de un régimen capaz de semejante energía destructiva que constituyó la fuerza principal detrás de la peor guerra de la historia y el genocidio más sangriento que haya conocido el género humano. Creo que el elemento distintivo crucial reside en una ideología de la salvación nacional por medio de la limpieza racial, la conquista y la dominación encarnadas en la figura de Hitler y el culto al liderazgo que se organizó alrededor de él. A esto hay que sumar un poder estatal burocrático, moderno y militarista.

-¿En qué medida la llamada Historikerstreit, la disputa de los historiadores, logró influir en la percepción del nazismo?

-No mucho, por lo menos no inmediatamente. Fue una disputa bastante activa hacia mediados de la década de 1980 que no ejerció un efecto duradero en las interpretaciones. Pero, con todo, implicó un giro importantísimo en la historiografía alemana, en el sentido de que llamó la atención de manera directa sobre el Holocausto. Esto dividió las aguas: antes de 1980, el tema no había sido nunca central; después, no dejaría, hasta ahora, de serlo.

-En ese sentido, está de acuerdo con la idea de Max Horkheimer y Theodor W. Adorno de que, lejos de la irracionalidad, el nazismo es una derivación de la razón iluminista? ¿Sería en todo caso ese el punto irreductible del nazismo?

-La verdad es que no creo que esa idea nos ayude a pensar mejor la emergencia del nazismo. La racionalidad de la Ilustración había recibido ya fuertes ataques intelectuales antes de la aparición del nazismo. Por lo demás, no había ningún motivo lógico por el que estas reacciones contra la Ilustración derivaran en el nazismo y, en consecuencia, decir que se trató de una consecuencia entre otras no explica demasiado. Me parece que lo mejor es mirar las cosas más de cerca y concentrarse en las innumerables perturbaciones políticas, económicas y sociales que sobrevinieron después de la Primera Guerra. Fueron ellas las que decidieron el destino de Alemania.

 

El caldo de “cultura” del nazismo

La conversión al dogma de Hitler de un reconocido salón literario de Munich es el eje de un libro que retrata la Alemania previa al ascenso totalitario de 1933.

POR MARIANA DIMOPULOS

Adolf Hitler. Saliendo de la cárcel de Landesberg el 20 de diciembre de 1924. Tenía 35 años. Revista ÑA pesar del estilo neoclásico, típico de la época nazi, el edificio fue mantenido en pie. Sin dudas, se trataba de un lugar emblemático de Berlín. Pero en 2008 el gobierno alemán decidió cerrar el aeropuerto de Tempelhof. ¿Qué harían con el gran edificio? Algunos temieron que lo tiraran abajo. Ahora está protegido como patrimonio cultural, y hay un pedido para que la Unesco también lo reconozca. A pesar de haber sido construido durante el régimen de Hitler por uno de sus arquitectos preferidos, y tener bien visibles las águilas imperiales.

De modo que cultura y nazismo pueden ir de la mano. Hace un tiempo que también los estudiosos del modernismo se preguntan si esto, que se creía una contradicción, lo es sólo en apariencia. Bajo esta premisa el crítico literario Wolfgang Martynkewicz escribió un libro curioso: Salón Deutschland (Edhasa). Al parecer, retrata la conversión al nazismo de un reconocido salón literario de la ciudad de Munich, regenteado por una princesa caída en desgracia y un rico editor de libros de arte: el matrimonio Bruckmann. Tras una segunda mirada, el libro plantea con gran detalle las imbricaciones no tan paradójicas entre los intelectuales, los artistas, y el fermento de ideas que acabaría en el nazismo. Los Bruckmann fueron parte de esa alta burguesía que a principios de los años veinte terminó apoyando ideológica y materialmente el surgimiento del partido nacionalsocialista, y a su debilitado líder tras el fallido golpe de Estado de 1924: Adolf Hitler. Este hecho no es llamativo si consideramos que el acceso definitivo de los nazis al poder, en 1933, se dio a través de la alianza con el partido conservador. Pero lo que el libro de Martynkewicz muestra es que ese mismo salón había sido, treinta años antes, uno de los corazones del enorme movimiento artístico e intelectual de la ciudad. Los poetas Rilke y Hofmannsthal fueron visitadores asiduos; Stefan George, una suerte de gurú de la poesía y las artes de fines del siglo XIX, también era recibido de vez en cuando. Otros del círculo de los cósmicos, como Karl Wolfskehl, frecuentaron a la princesa, y también el grafólogo y cosmógono Ludwig Klages, admirado por Walter Benjamin, y amigo personal de la dueña de casa. Sigue leyendo El caldo de “cultura” del nazismo