Cartelera de Historia

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Bienvenida culposa

¡Bienvenidos a este blog! Lamento decir que comenzaré con una disculpa general: en primer lugar, que en la blogósfera hay demasiados blogs, y este no hace más que sumarse al alegre montón de vituperados amateurs de la cultura. (Me hago cargo de mi inexperiencia y falta de talento.) En segundo lugar, miren si habré dudado de esto que mi primer post es un artículo del gran Umberto Eco con un despliegue de muy razonables críticas a este medio de comunicación. (Me hago cargo de mis contradicciones.) Sigue leyendo


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11 factores que explican la guerra civil española según Julián Marías

Por Prodavinci | 10 de Abril, 2014

A continuación podrán leer los 11 factores que explican la guerra civil española de acuerdo con el resumen que hace Antonio Astorga del ensayo de Julián Marías «La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir?»:

“Frivolidad: «La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Ésta me parece la palabra decisiva. Los políticos españoles, apenas sin excepción, la mayor parte de las figuras representativas de la Iglesia, un número crecidísimo de los que se consideraban «intelectuales» (y desde luego de los periodistas), la mayoría de los económicamente poderosos (banqueros, empresarios, grandes propietarios), los dirigentes de sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían».

Irrealidad: «La lectura de los periódicos, de algunas revistas “teóricas”, reducidas a mera política, de las sesiones de las Cortes, de pastorales y proclamas de huelga, escalofría por su falta de sentido de la realidad, por su incapacidad de tener en cuenta a los demás, ni siquiera como enemigos reales, no como etiquetas abstractas o mascarones de proa». Sigue leyendo


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Las dos esposas incas de Francisco Pizarro

El conquistador tomó como esposa entonces a la viuda de Atahualpa, el inca a quién él había ordenado ejecutar, que le dio dos hijos.

por Jesús García Calero en ABC.es

¿Quiénes fueron las dos princesas que Francisco Pizarro desposó en Perú? Esta es su historia, según el relato de Carmen Martín Rubio: «La primera fue Quispe Sisa, hija del emperador Huayna Capac y de una poderosa curaca de Huaylas, del territorio de los Lucanas, llamada Contarhucho. No se sabe nada de su vida hasta que en 1533 se trasladó a Cajamarca para acompañar a su medio hermano Atahualpa. El Inca la entregó a Francisco Pizarro González, el jefe de los hombres recién llegados de tierras desconocidas y según el diario de Inés Muñoz, cuñada del conquistador, éste aceptó a la joven de muy buen grado; lo cual es comprensible pues tenía entre dieciséis y dieciocho años, era hermosa y muy alegre por lo que Pizarro la llamaba “Pispita”, que quiere decir “Alegre” y “Simpática”; fue bautizada con el nombre de Inés y llevó los apellidos de sus progenitores: Guaylas Yupanqui».

Como es sabido, dio dos hijos al conquistador: Francisca, nacida en 1534 y Gonzalo en 1535. Según la historiadora, «debió de tener gran ascendencia sobre él debido a que en Cajamarca resolvió graves problemas de abastecimiento y porque su madre, la curaca guerrera de Guaylas, en mayo de 1536 envió un ejército a la recién fundada Ciudad de Los Reyes, después conocida por Lima, que había sido sitiada por el general inca Quiso Yupanqui, y mediante su ayuda se puso fin al asedio».

Podría parecer que la unión estaba totalmente consolidada. Sin embargo no fue así. Se ignora qué causas propiciaron la ruptura: «Pudo ser que Inés se enamorara de Francisco de Ampuero, un apuesto joven que había llegado con Hernando Pizarro y que pasó a trabajar como paje del gobernador, o tal vez fue el mismo Francisco quien se enamoró de otra bella princesa llamada Cuxirimay Ocllo». Martín Rubio no tiene datos para ir más allá. Sigue leyendo


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Las dos vidas del asesino de Trotsky

Enigma obsesivo de la literatura y el cine, la figura del español Ramón Mercader, espía y brazo ejecutor de Stalin, es revisitada por la escritora Nuria Amat, emparentada con él y autora de la novela “Amor y guerra”.

POR NURIA AMAT en Revista Ñ

La policía mexicana exhibe el piolet con el que Mercader mató a León Trotsky.

La policía mexicana exhibe el piolet con el que Mercader mató a León Trotsky.

Siempre supe que Ramón Mercader, responsable de haber dado muerte al recordado dirigente de la Revolución Rusa, León Trotsky, era para mí un asesino muy especial. En primer lugar, mi padre estaba emparentado con María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica, y en lo que respecta a la familia, Ramón era poco menos que un demonio. Silencio sepulcral al respecto. Y, para añadir más misterio al enigma, la vida de Mercader ha sido uno de los más grandes secretos de la historia del comunismo soviético.
Elementos todos que, sumados, se convirtieron un buen día en tentación fulminante para una novelista entregada a descubrir intimidades, desvelar confidencias, atar cabos sueltos a personajes incómodos y poner sobre el tapete la luz reveladora de tanto misterio y manipulación política.
¿Cómo un joven catalán de veintisiete años, hijo de la burguesía barcelonesa, consiguió ser uno de los asesinos más conocidos y repulsados de la historia y con ello cambiar el curso de la misma? Para responder a fondo escribí una novela (Amor y guerra) y, posteriormente a su publicación, dediqué tres años más a una investigación sobre la verdadera personalidad del asesino, los motivos del crimen (ordenado, como es sabido, por Stalin) y el entramado de la importantísima red de espionaje soviético en la que Mercader llegó a ser considerado el agente más valorado.
Ramón Mercader ha pasado a convertirse en mi fantasma particular. Especialmente cuando el único nieto de Caridad Mercader consiguió comunicarse conmigo pidiéndome que en lo posible siguiera indagando y estableciendo claridad histórica sobre su tío y abuela. No he podido evitar desde entonces buscar la mejor respuesta a los datos ocultos ¿Fue Ramón Mercader el único ejecutor del crimen? ¿En qué consistió la sucesión de órdenes para que fuese un catalán el responsable del asesinato? ¿Por qué con la ayuda de un piolet, objeto primitivo, pudo perpetuar el crimen? ¿Llevaba otras armas mortíferas? ¿Cómo estos elementos, digamos surrealistas y sórdidos consiguen superar las estrategias criminales soviéticas más profesionales? ¿Cómo era Ramón? ¿Qué le indujo a hacer lo qué hizo? ¿Caridad Mercader del Río, madre del protagonista, estuvo realmente loca? ¿Amó a Stalin más que a sí misma? ¿Qué motivos hubo para que no fuera purgada y encarcelada por Stalin como todos los agentes soviéticos participantes del crimen? ¿Cuál era la relación entre madre e hijo antes del asesinato? ¿Por qué se negó Ramón a escapar a Moscú cuando su madre había articulado la estrategia para sacarlo de la prisión de Lecumberri? ¿Por qué concedieron a Mercader el Premio Lenin de la Paz? ¿Por qué “huyó” a Cuba? ¿El asesinato de Trotsky cambió, como dicen, la historia del siglo XX? ¿Fue Mercader asesor de Fidel Castro durante su exilio cubano? ¿Cuáles fueron los motivos de su muerte?
Y sobre todo: ¿por qué un silencio tan largo y espeso? Un riguroso silencio de sus protagonistas y de los testigos del hecho que persiste todavía pese a los cambios extraordinarios ocurridos en la antigua Unión Soviética y el mundo.
Mercader no es cualquier peón elegido al azar tal y como han querido presentarlo.

El origen de la leyenda

En un mes de febrero gélido de 1913, año en que Stalin se verá por primera vez con Trotsky en Viena, nace en Barcelona Ramón Mercader del Río, el agente especialísimo que asesinará al Jefe de la Revolución Roja, obedeciendo el catalán la orden del tirano soviético. Mercader: el hombre más secreto de la historia reciente, leyenda mundial en hervidero sobre la que especularán voces célebres del arte y de la cultura (Losey y Semprún, entre ellos) pero sin conseguir demostrar la verdad de su vida. Se trata, sin duda, de un asesino muy particular. ¿Sicario? Por supuesto, no. Estalinista hasta los huesos, sí. Producto de un tiempo en el que el oficio de matar era práctica corriente de héroes, idealistas y belicosos. Espía modélico conforme al canon de agentes secretos de la época. Republicano, inteligente, cultivado, marxista, burgués, bien educado, intrépido que, a diferencia de otro agente famoso (alias 007) creado por Ian Fleming, con quien el catalán guarda más de un parecido, trabajará a las órdenes del servicio secreto de Moscú siendo el mismo el agente más valorado de la Unión Soviética.
Finales de los años treinta de un siglo que Kafka llamó “la época más nerviosa de la historia”. Una gran crisis económica ha afectado al mundo capitalista y se desatan guerras en diferentes países. Millones de muertos. Poblaciones destruidas. Hitler, Stalin, Mussolini y Franco establecen dictaduras absolutas y mortíferas, hasta terminar en una guerra fría entre dos bloques. El occidental capitalista, liderado por Estados Unidos, y el oriental comunista, liderado por la Unión Soviética.
¿Qué papel representa Mercader, hijo de un fabricante textil de Barcelona, en este escenario sombrío? Nadie sabe ni quiere saber. Su vida, su forma de actuar, su formación, la red de espionaje de la que depende su silencio y su gran personalidad (siempre bajo la bota del gran verdugo Stalin) contribuyen a que la fábula en torno al asesino de un solo hombre prevalezca sobre su historia real, sorprenda incluso a la maquinaria espía soviética y pase a transformarse finalmente en mito. Es decir: en una fatal quimera.
Los dioses de la guerra tienen su parte de responsabilidad en tamaña vida novelesca. Nacido Ramón para ser industrial, abogado, deportista, historiador, periodista, diplomático, militar o profesor (todo eso llegó a ser entre una cosa y otra) se convierte, como bien contó Javier Rioyo en su película (Asaltar los cielos), en el único asesino español de las enciclopedias universales sobre criminales gloriosos. Solo que en este caso su historia no es como han querido inventarla. Sino increíblemente mejor.
Héroe para unos, asesino para otros, el agente secreto Mercader, alias un sinfín de identidades, es conocido en el mundo por ser autor de su obra más significativa. Un 20 de agosto del que ahora se cumplen setenta y tres años, consigue matar al líder de la Revolución rusa con la ayuda de un piolet de niño que clava en la cabeza de su víctima sentada a la mesa de su despacho de la casa en el barrio de Coyoacán (México, D.F.) donde Trotsky vivía fortificado temiendo que su obsesionado enemigo consiguiera liquidarlo.

La mano que mueve la cuna Sigue leyendo


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¿Cómo impedir que Hitler llegue (hoy) al poder?

por Fernando Mires en Prodavinci

Transcribimos el excelente artículo del historiador y politólogo chileno, que plantea la inquietante posibilidad de pensar en una forma de prevenir la generación y -sobre todo- el triunfo de un autócrata populista al estilo del dictador alemán. ¿Quiénes “tuvieron la culpa” del éxito político de Hitler?

“Cuando la revista Perspectiva, del Instituto de Ciencia Política Hernán Echeverría Olózaga de Colombia me solicitó un artículo bajo el título ¿Cómo evitar que los Hitlers ganen en las urnas?, lo primero que pensé fue poner como condición un cambio de título. La sola idea de que Hitler pudiera regresar era y es para mí una distopía difícil de aceptar.

Una segunda vuelta de tuerca me hizo observar que el título no tenía un sentido literal. El ascenso de Hitler puede ser también utilizado como símbolo representativo de todos los gobernantes que utilizando instituciones republicanas han accedido al gobierno con el objetivo de desmontar la democracia y en su lugar establecer una dictadura, una autocracia o algo similar.

Es importante agregar que el ascenso de Hitler al poder no solo sirve para caracterizar un signo del fascismo. Esa misma “táctica” ha sido asumida, y no en pocas ocasiones, por grupos y partidos que se autodenominan socialistas, algunos de los cuales todavía entienden a la “democracia burguesa” como una  simple superestructura del capitalismo. Es historia muy conocida, sobre todo en América Latina. No insistiremos aquí sobre ella. Valga solamente mencionar que la táctica hitleriana de acceso electoral al poder fue compartida en su tiempo por el KPD (Partido Comunista Alemán). Sigue leyendo


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“¿Qué es el amor?”, Famosas definiciones en 200 años de historia literaria

por María Popova en Brainpickings 

(traducido audazmente por Cartelera de Historia y con links agregados por nosotros también)

“El amor no tiene nada que ver con lo que estás esperando obtener, sólo con aquello que estás esperando dar -que es todo.”

(…) qué mejor forma de comenzar un año que con una selección de definiciones poéticas de un fenómeno particular que es al mismo tiempo más amorfo que el arte, más resuelto que la ciencia, y más filosófico que la filosofía misma? Reunidos aquí están algunas de los más memorables e intemporales percepciones sobre el amor, escogidas entre varios centenares de años de historia literaria. ¡Que lo disfruten!

Kurt Vonnegut, que de muchas formas fue un extremista sobre el amor pero también tuvo una saludable dosis de irreverencia sobre él, en Las Sirenas de Titán:

Un propósito de la vida humana, no importa quién está controlándola, es amar a quienquiera que esté alrededor para ser amado.

Anaïs Nin, cuya sabiduría sobre el amor no conoció límites, en Una pasión literaria: correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller, 1932-1953:

Qué es el amor sino la aceptación del otro, sea lo que éste sea.

Stendhal en su fantástica obra de 1822, Sobre el amor:

El amor es como una fiebre que viene y se va completamente independiente de la voluntad. …No hay límites de edad para el amor.

(Para seguir leyendo el artículo, que incluye frases de C. S. Lewis, Charles Bukowski, Susan Sontag, Shakespeare, Ambrose Bierce, Bertrand Russell, Dostoievsky, y muchos más, bellamente ilustradas con tarjetas victorianas, ver:

What Is Love? Famous Definitions from 200 Years of Literary History )

 

 

 


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La I Guerra Mundial, en la voz de sus sobrevivientes

Cinco centenarios nos hablan un siglo después de la guerra y de sus vidas a caballo entre dos siglos. Nos prestan sus recuerdos, un extraordinario y valioso eslabón con el pasado.

En El País

 

Dorothy Ellis junto a una foto de su marido, que combatió durante la I Guerra Mundial.

Dorothy Ellis, Reino Unido.

“Se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue”

Por Steven Morris (The Guardian)

Durante su noviazgo no surgió el tema de la Primera Guerra Mundial. Fue después de casarse cuando advirtió una cicatriz del tamaño de una moneda en la parte inferior de la pierna de su marido, Wilfred.

“Al principio no hablamos de la guerra”, dice. “Teníamos muchas otras cosas de las que hablar. Y, como a muchos otros hombres de la época, no le gustaba hablar de lo que había vivido. Pero cuando vi la herida le pregunté. Me dijo: ‘Es un agujero de bala’, y entonces empezó a contarme cosas poco a poco”.

Dorothy, de 92 años, es la última viuda superviviente de un soldado británico de la Primera Guerra Mundial. No nació hasta tres años después de la guerra y no se casó con Wilfred hasta 1942. Pero sus recuerdos de él, las conversaciones que mantenía y las escasas reliquias que conserva de cuando él era un adolescente que luchaba en el horror embarrado del Frente Occidental ofrecen un extraordinario, frágil y valioso eslabón con la Gran Guerra.

“Cuando vi la cicatriz me contó cómo le dispararon en el tobillo y casi no podía andar”, recuerda Dorothy. “Se apoyó en el hombro de un amigo que le ayudó a atravesar la tierra de nadie. Llegaban balas de todas partes, pero consiguieron esquivarlas y llegar al otro lado. El amigo le dijo: ‘Aquí estamos, no puedo hacer más por ti’. Wilfred contestó: ‘Muchas gracias’”.

Estaban metiendo a los heridos en carromatos. Wilfred preguntó si podían llevarle y se las arregló para subir. “Ocupó la última plaza”, dice Dorothy.

Wilfred tenía 19 años y no le dejaron remolonear en el hospital. “Había tantos muertos que les ordenaban volver al frente incluso aunque todavía no estuvieran bien del todo”.

Dorothy sabe con exactitud la fecha de la herida porque Wilfred la anotó en la primera página de una Biblia diminuta que llevaba, hoy una reliquia delicada y llena de señales de su servicio. Escribió: “Herido en marzo de 1918”. La siguiente anotación es igual de breve: “Gaseado en agosto de 1918”.

“Fue el fosgeno”, explica Dorothy. El ataque con gas se produjo durante la segunda batalla del Somme. “No pudo eludirlo”, dice. “Fue una batalla terrible. Una vez más, uno de sus amigos le ayudó a llegar a una trinchera vacía. Wilfred me contó que se quedó allí, tendido, esperando y rezando para que se detuviera la lucha. Al cabo de un rato, apareció un soldado alemán que entró de un salto, armado con una bayoneta que apuntó al estómago de Wilfred. Este creyó que le había llegado la hora. Pero, por alguna razón, el alemán se fue. Seguramente, me contó mi marido, creyó que era un pobre diablo y que no merecía la pena el esfuerzo. Nuestros soldados se apoderaron de la trinchera y Wilfred se salvó”.

Una de las cosas que más lamentaba Wilfred era que los soldados supieron con retraso que se había terminado la guerra, en noviembre de 1918. “Al principio no se dio cuenta”, dice Dorothy. “Siguieron luchando, la guerra continuó para ellos. Se enteraron al día siguiente, y fue horrible, porque hubo hombres que murieron o resultaron heridos cuando la guerra ya se había terminado”. Sigue leyendo


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Historia de los reinos desaparecidos

en El País Cultura

por 

¿Existirá España como Estado dentro de un siglo? Más interesante que la respuesta que darían Artur Mas o Mariano Rajoy es la reflexión que plantea el historiador Norman Davies (Bolton, Reino Unido, 1939) en su libro Reinos desaparecidos (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), donde se adentra en el pasado de 15 Estados que ya no existen. Historias de lo que fue y no pudo ser. Lecciones de humildad política. “Tarde o temprano todas las cosas tocan a su fin. Tarde o temprano, el centro no puede aguantar más. Todos los Estados y naciones florecen una estación y luego son sustituidos”, afirma Davies, gran admirador de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, la obra de Edward Gibbon con la que en cierta medida se emparenta su libro. Gran experto en la historia del Centro y del Este de Europa desde tiempos en los que escaseaban tales expertos, Davies entremezcla relatos de antiguas superpotencias (Sacro Imperio Germánico, Aragón, Prusia , Bizancio o la URSS) con entidades débiles o efímeras como Rutenia, la república que duró un solo día (15 de marzo de 1939) y que ahora pertenece a Ucrania.

Ninguna potencia cree que tiene los días contados. El ejemplo más cercano para Davies es su propio país, otro de esos imperios sin noche, donde nunca se ponía el sol. El mismo Davies creció creyendo que había nacido en un Estado tan poderoso que incluso era el dueño de la cima de la tierra, el Everest. Con el tiempo descubrió que nunca había sido británico, ni siquiera indio y que llamar al Chomolangma tibetano Everest en honor a un topógrafo británico había sido “un acto de autobombo”. “Los ingleses en particular ignoran felizmente que la desintegración de Reino Unido empezó en 1922 y que probablemente continuará”.

Federico Barbarroja ( 1162- 1190) emperador alemán y rey de Borgoña.

El siglo XX amparó la muerte de varios Estados europeos (Yugoslavia, Checoslovaquia, la URSS…). Lo más inquietante es lo que Davies vislumbra hacia el futuro: “Sin duda habrá más. La difícil pregunta es ¿quién será el siguiente? A juzgar por su disfuncionalidad actual, Bélgica podría convertirse en la siguiente (…), o quizás Italia”.

Un libro que recuerda a los perdedores y, por tanto, no paga peajes identitarios contemporáneos debería ser lectura obligada para gobernantes de miras cortas. “Los historiadores escriben habitualmente sobre el pasado de países que todavía existen, produciendo un tipo de batalla informativa que recuerda a la política de una potencia moderna”, explica por correo electrónico. Sobre ello se explaya en la introducción de su obra: “Los historiadores y sus editores dedican un tiempo y unas energías excesivas a repetir la historia de todo lo que les parece poderoso, importante e impresionante. Tan pronto como emergen grandes potencias, ya Estados Unidos en el siglo XX, ya la China en el XXI, crece la demanda de historia norteamericana o china, y suena una voz de alarma diciendo que los países que hoy son importantes son también aquellos cuyo pasado más atención merece… las grandes bestias siempre salen vencedoras. Los países pequeños o débiles lo tienen difícil para hacerse oír y los reinos muertos casi no tienen ningún defensor”.

Casi nadie los recuerda cuando sobre ellos han caído siglos con sus avatares bélicos y dinásticos, como ocurre con Tolosa, el primer reino visigodo —totalmente olvidado en Francia— con el que Davies inicia su ensayo. Otro tanto ocurre con Alt Clud, el reino de la Roca (Dumbarton) entre los siglos V y XII, “un mundo que floreció antes de que se inventaran Inglaterra o Escocia”. Dumbarton pertenece a Escocia, y Escocia —de momento— a Reino Unido, “pero no siempre fue así y puede que no siempre sea así en el futuro”. Cuando visitó el lugar descubrió que ni siquiera el guía del museo local sabía de qué le hablaba.

“Luego fui a Perpiñán, en Francia, y fue interesante descubrir que la herencia catalana es ahora recuperada”, explica en alusión al fructífero periodo del reino de Aragón (al que se unió el condado de Barcelona) como una gran potencia mediterránea militar y cultural. “Los estragos del tiempo son implacables, pero nunca completos”, cuenta. Al finalizar el capítulo dedicado a Prusia, todopoderoso reino independiente durante siete siglos, afirma: “Todas las naciones que alguna vez existieron dejaron sus huellas en la arena. Las huellas desaparecen con cada marea, los ecos se van debilitando, las imágenes se fragmentan, el material humano se atomiza y se recicla. Pero si sabemos dónde mirar, siempre hay un rastro, un recuerdo, un residuo irreductible”.

Cada capítulo arranca con una descripción actual del territorio que una vez fue autónomo. Aunque no se desplazó a todos, visitarlos ayudó al autor a captar las diferencias entre ayer y hoy. Al lector le facilita algunos pasajes humorísticos dignos de la gran literatura de viajes como el recorrido en coche por el oeste de Ucrania en pos de las huellas del antiguo reino de Galitzia (1773-1918), con el chófer Volodymyr: “En verdad se podría hablar de un estilo de conducción Ejército Rojo: extrema intrepidez e indiferencia total ante la vida humana”.

Nota: los enlaces en color rosa fueron agregados por Cartelera de Historia.

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