Cartelera de Historia

Rincón de herramientas, información, textos, actualización bibliográfica y mucho más.

Bienvenida culposa

¡Bienvenidos a este blog! Lamento decir que comenzaré con una disculpa general: en primer lugar, que en la blogósfera hay demasiados blogs, y este no hace más que sumarse al alegre montón de vituperados amateurs de la cultura. (Me hago cargo de mi inexperiencia y falta de talento.) En segundo lugar, miren si habré dudado de esto que mi primer post es un artículo del gran Umberto Eco con un despliegue de muy razonables críticas a este medio de comunicación. (Me hago cargo de mis contradicciones.) Leer el resto de esta entrada »

¿Cómo navegar por “Cartelera”?

hombre-nervios-2En respuesta a las constantes demandas de nuestros visitantes, el equipo de “Cartelera” ha decidido publicar algunas pistas para navegantes perezosos, impacientes, temerosos, desconfiados o salames en general que vienen a parar a estas playas digitales y no encuentran lo que buscan.

“Cartelera”, como se puede observar, está dividida en 4 columnas que contienen: Leer el resto de esta entrada »

La política del pantalón

Sobre el valor simbólico de la ropa que eligimos según el libro “Historia politica del pantalón” de Christine Bard… 

POR RAQUEL GARZÓN en Revista Ñ

Mi hija muere por los vestidos. Tiene tres años y ya se perfila infartantemente coqueta: ensaya mohínes ante el espejo y la he visto practicar el efecto que causan lágrimas y medias sonrisas, con una expertise que envidiarían las quinceañeras. Su afición por el broderie y los volados ha saltado una generación –de mi madre a ella– ignorándome. Anticipo que mi placar cumplirá decepcionándola, cuando su adolescencia reniegue de mis gestos: para mí la sensualidad puede acampar sin culpa en un buen par de jeans (tiro alto, de esos que aún valoran el esfuerzo que hacemos por conservar la cintura, mal que le pese a la moda). En Historia política del pantalón (Tusquets), Christine Bard analiza las tres funciones reconocidas a todas las prendas –el atuendo, el pudor y la protección–, añadiéndole una cuarta dimensión que interactúa con las anteriores: el valor simbólico. “El pantalón es el marcador del sexo/género más importante para la historia occidental de los últimos dos siglos”, sostiene la académica francesa. Nació revolucionario en 1789 (antes de eso los varones usaban “calzones” que llegaban hasta la rodilla) y fue por largo tiempo emblema de virilidad, prohibido a las damas. “La conquista del símbolo por parte de las mujeres sólo puede expresar el deseo de igualdad de los sexos”, aunque en el ámbito individual quepa leerlo también como “la elección de una prenda práctica”. Bard analiza el proceso que nos trajo de entonces a ahora, pasando por los sentidos del travestismo en diversas épocas, el imperio del unisex hacia fines de los 60 del siglo XX y el presente de organizaciones como Men in Skirts, que defiende el derecho de ellos a colgar los pantalones. El traje es una expresión de identidad, algo que Catalina sabe cuando prefiere pasar frío a deslucir el suyo con un abrigo. Vestirse es un modo de elegirse, con la revolución que eso siempre implica. Entre su estilo y el mío hay encuentro y una deliciosa complicidad: acepta vaqueros con dibujos y bordados (“rosa, mami”) y por nada del mundo salimos a la calle sin perfume. 

“La década del 70 nos genera tanta fascinación como estremecimiento”

POR FABIÁN BOSOER en Clarín

La búsqueda de un enemigo interno como justificación de cierto accionar político ha tenido tremendas consecuencias en nuestra historia, señala esta investigadora.

13/05/12

La historiadora Marina Franco reconoce que los años 70 la fueron atrapando de a poco, desde que nació a comienzos de esa década hasta que empezó a investigar la temática de la violencia y, tirando del ovillo, se encontró con datos, situaciones, personajes y climas que la dejaron estupefacta. “Anonadada” es la palabra que utiliza; “ante lo que encontraba más de una vez me repetía a mí misma ‘no puedo creer esto’”.

Se refiere, sobre todo, a las distintas justificaciones del ejercicio de un poder represivo ilimitado por parte del Estado -o de quienes decían actuar en su nombre desde la ilegalidad- que terminó desembocando en la ferocidad organizada de la última dictadura. Marina Franco es doctora en Historia por la UBA y la Universidad París 7 Denis Diderot. Es docente e investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM e investigadora del CONICET. Es además codirectora de la Red Interdisciplinaria de Estudios en Historia Reciente (RIEHR). Es autora de los libros El exilio. Argentinos en Francia durante la dictadura (2008) y Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976 , del FCE. Señala que todavía “falta pensar globalmente el problema de cómo se ejerce la violencia estatal en nuestro país” El período 73-76 es motivo de constante revisión e inagotable interés histórico. ¿Cuál es su caracterización de esa etapa? Mi interés en esos años se centra en el problema de la violencia represiva del Estado. Desde luego, hay otras cuestiones, como la violencia de las guerrillas. Sin duda, son temas interrelacionados, pero creo que la violencia de Estado ejercida por el peronismo debe pensarse con alguna autonomía de la acción de las guerrillas. Por empezar, porque éstas no fueron las culpables de esa represión. Enfocando entonces en la violencia estatal, mirando esos años puede advertirse la complejidad y la gravedad del fenómeno represivo cuando se gesta en marcos democráticos y es consensuado por los más diversos sectores, empezando por la propia oposición política. Y esto es esencial: el gobierno peronista no estuvo solo, fue un proceso colectivo. Esos tres años muestran una aceleración brutal de las prácticas autoritarias y represivas desde mediados de 1973. Esa violencia no se produce sólo con la Triple A, sino que esa es la cara clandestina de un fenómeno estructural que se da a través de la acción legal del Estado. Mucho de eso pretendía justificarse con el problema más visible de las guerrillas, pero igualmente apuntaba a controlar otra serie de actores movilizados y conflictos sociales, gremiales y políticos, que, a su vez, estaban completamente imbricados con las luchas internas del peronismo. Todo eso terminó de conformar una escalada autoritaria y represiva realmente escalofriante. Leer el resto de esta entrada »

Tutankhamón, el faraón salvado del olvido

Rendidos a la fiebre onomástica tutankamónica, vamos a desenmascarar al bello faraón niño. Es preciso decir que, dada la insignificancia de su papel en la historia del Antiguo Egipto, para hablar de él deberemos remontarnos a su antecesor, el revoltoso faraón Akhenatón (1372-1344 a.C.).

Este fue el famoso monarca de Egipto originariamente conocido como Amenofis IV. Soñador y poco aficionado a los tecnicismos del gobierno de su imperio, parece que estaba poseído por un espíritu pacifista e idealista que, como suele suceder, lo impulsó a llevar a cabo la más radical transformación religiosa conocida en aquel reino de imágenes perfiladas: la religión exclusiva del disco solar, Atón, de quien se declaró fanático inmediatamente después de su advenimiento como faraón.

Poseído por su nueva fe, abandonó la antigua capital de Tebas y la llevó a la nueva Tell el-Amarna, cambió su propio nombre a Akhenatón (El que es agradable a Atón) -y así hizo que todos los funcionarios se vieran obligados a imitarlo-, tras lo cual se abocó a la creación de la novedosa religión atoniana de tendencia monoteísta y bastante simple que predicaba el amor a las criaturas y la alegría de vivir (un hippie avant la lettre, diríamos). En tren de imponer la doctrina solar, no sólo relevó a los antiguos sacerdotes de Amón, sino que se le dio por perseguir el culto de las otras divinidades, obsesionado con suprimirlas. La víctima principal de su manía exclusivista fue el gran dios Amón, cuyo nombre fue borrado de todas partes. Suprimió el culto de los otros dioses, y sus nombres jamás volvieron a ser pronunciados. Ay, pero fue demasiado.

Entonces resultó que al final de su turbulento reinado, Akhenatón renunció a su exclusivismo religioso, lo que le causó un altercado con la reina Nefertiti, su esposa, aún más apegada al nuevo culto. La desairada consorte se separó de su marido, causando una división en el seno de la familia. La pareja real tenía sólo hijas mujeres, dos de las cuales estaban casadas. La mayor, Meritatón, con un tal Semenkhkare′ y la segunda, Ankhesenpaatón, con… ¡sí, con nuestro chico Tutânkatón! De los yernos reales se sabe casi nada. Parece que el favorito era el impronunciable primero, pero al parecer murió tiempo antes de su suegro, así que, ¿quién fue el sucesor del rebelde Akhenatón? Pues parece que la reina Nefertiti proclamó a Tutânkhatón y los sacerdotes de Amón, por su cuenta, habían hecho lo mismo. El elegido de todos.

Se sabe que durante los primeros tres años de su reinado, Tutânkhatón prosiguió con el culto al disco solar. Por algún motivo hasta hoy desconocido, luego volvió a la adoración del viejo Amón-Re′, abjuró de sus faltas y adoptó el nombre que lo haría famoso.

El chico vivió seis años en Tebas y murió unos 18 años más tarde, luego de un reinado de 9 años, nos cuenta el viejo libro de Drioton yVandier, Historia de Egipto. Esa es la razón de su deslucida memoria. Fue enterrado en el Valle de los Reyes y su tumba, ya lo sabemos, escapó de la codicia de los saqueadores, llevando a su morador a una fama imperecedera que le queda grande a su persona. Parece ser que tras la muerte temprana del faraón T su viuda, ahora Ankhesenamón, intentó desposar a un príncipe hitita, pero éste no llegó vivo a la boda.

En la tumba no profanada, se encontró un moblaje funerario compuesto por vasos de alabastro de dudoso gusto (dicen los historiadores franceses), a tono con el exceso de motivos decorativos, materiales preciosos e incrustaciones. Sin embargo, nada puede opacar la magnificencia del trono, adornado con las efigies del rey y de la reina y el delicado cofre ilustrado con la cacería de los leones y la batalla donde reluce la figura gallarda del rey en su carro de combate. De la extraordinaria máscara mortuoria no diremos nada, sólo hay que detenerse a contemplarla.

Nora V. Iglesias

El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires: advertencias para viajeros italianos

Entre 1870 y 1929, la Argentina recibió alrededor de 6 millones de inmigrantes. De ellos, 3.250.000 se radicaron en nuestro país. Este asombroso movimiento humano tuvo un peso decisivo en nuestra demografía.

Desde 1810 se había intentado proveer al alojamiento de los recién llegados. Después de utilizar varios edificios en distintas ubicaciones (desde el asilo de La Chacarita de los Colegiales al “Hotel de la Rotonda”), en 1906 la empresa Udina y Mosca comenzó a construir en Buenos Aires un edificio destinado a recibir, alojar y distribuir a los recién llegados. El proyecto del llamado Hotel de Inmigrantes, elaborado por el Ministerio de Obras Públicas, comprendía un complejo de pabellones destinados al desembarco, colocación, administración, atención médica, servicios, alojamiento y traslado de los extranjeros arribados a nuestro país.

Muchos de los recién llegados provenían de Italia. La inmigración italiana, junto a la española, conformó más del 80% del total de esos hombres jóvenes, solteros y en edad de trabajar que integraron aquella marea humana que tanto contribuyó al carácter nacional. Desesperados, audaces, ambiciosos o buscavidas, provenían de regiones del joven estado italiano donde la idea de abandonar el país estaba en el aire, como Lombardía, Piamonte, Calabria y Sicilia.

En aquellos años de aventuradas travesías, las Guías y Manuales destinados a aquellos campesinos o muchachos de suburbios que aspiraban a cruzar el océano se sumaron a tantas sociedades laicas, ordenes religiosas y organismos públicos que intentaron organizar la gran escapada general. Entre ellos apareció en 1913 El Manual del Emigrante Italiano a la Argentina, escrito por el profesor Arrigo De Zettiry por cuenta del R. Commisariato dell′Emigrazione. En seis capítulos, con un lenguaje de aire moralista, desplegaba consejos prácticos para el inadvertido viajero. “Con lenguaje sencillo y coloquial -dice Diego Armus-, se les explica cómo adquirir el pasaje, qué equipaje llevar, qué precauciones tomar contra timadores y “cuenteros”, cómo conseguir empleo o aprender el idioma.”

Decía allí sobre el Hotel de Inmigrantes: “Será huésped del Hotel por el lapso de cinco días. El actual edificio no es más el antiguo caserón de madera que estaba en la estación Retiro; ahora se encuentra junto a la Aduana y es de material más decente y mucho más cómodo.” Pero no todos son rosas, pues “El Hotel no tiene camas ni colchones. Le podrá parecer extraño, pero yo le aseguro que no es así. Aún más, es mejor que no los tenga ya que sería muy difícil mantener la higiene con colchones que no se cambiaran todas las semanas.” (Obsérvese el tranquilizador tono coloquial.)  No se haga el delicado, adviertía: “No será la primera vez que duerma en el piso y recuerde bien que es necesario tener paciencia. De todos modos se trata de un sacrificio que dura poco tiempo.” (Fomentaba la esperanza…)

El Manual recomendaba cumplir el reglamento del Hotel a rajatabla: diríjase al Hotel inmediatamente después de desembarcar, no lleve alcohol, limpie sus cubiertos, no sea promiscuo, no haga alboroto. “¡Bien alto el buen nombre italiano!”  Advertía que el establecimiento estaba abierto a “todo tipo de nacionalidades” y por ello era necesario que sus “maneras educadas y respetuosas” honraran a su patria de origen frente a extranjeros y nacionales.

Fuente:  Diego Armus (Traducción, selección y prólogo), Manual del emigrante italiano, Historia Testimonial Argentina, Documentos vivos de nuestro pasado, 8, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983.

Enlaces recomendados: Infografías sobre el Hotel de Inmigrantes.

Nora V. Iglesias

Cómo fue el hundimiento del General Belgrano

No te pierdas la excelente infografía animada presentada por La Nación explicando el ataque al crucero General Belgrano durante la guerra por Malvinas.  Hacé click en la siguiente imagen:

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